Una tortilla de patatas, en una imagen de archivo

Una tortilla de patatas, en una imagen de archivoCharly Morlock / iStock

Semana Santa

La tortilla de Resurrección: el plato contundente que marcaba el fin de la abstinencia en Cataluña

Hasta la reforma de Pío XII en la década de 1950, la Resurrección de Cristo se celebraba el sábado a las 12h​

El Sábado Santo, o Sábado de Gloria, era el día de la explosión de la vida en los siglos XVIII y XIX. En aquella época, la Resurrección no se celebraba el domingo por la mañana, sino el sábado a mediodía, lo que generaba un contraste radical entre el luto sepulcral de la mañana y la alegría desbordante de la tarde.

Hasta la reforma de Pío XII, en la década de 1950, la Resurrección se celebraba el sábado a las 12h. Con Pío XII el sábado pasó a ser un día de sepulcro vacío y silencio total hasta la medianoche. Pues bien, en la época de la cual hablamos, cuando el sacerdote cantaba el Gloria in Excelsis Deo ocurrían tres cosas simultáneas.

Tras dos días de silencio absoluto todas las campanas repicaban a la vez con una fuerza ensordecedora. Era costumbre tirar por la ventana platos viejos, cacharros de cerámica rotos y muebles inservibles. Era una forma de limpieza ritual para sacar lo viejo y dejar entrar la nueva vida. Los hombres salían a los balcones o a las calles con trabucos y escopetas para disparar al aire, celebrando que Cristo ha resucitado.

En las iglesias se realizaban dos bendiciones que los fieles llevaban a sus casas. Se encendía una hoguera fuera de la iglesia con pedernal, conocido como «fuego virgen». Los fieles encendían pequeñas velas o teas para llevar ese fuego a sus hogares y encender la chimenea, que estaba apagada desde el Jueves Santo. Se creía que este fuego protegía la cocina de incendios y que la comida cocinada con él era más nutritiva.

También se bendecía el agua de la pila bautismal. Las mujeres hacían largas colas con cántaros. Se creía que esta agua tenía un poder especial contra las tormentas y los rayos. Durante el verano, cuando había tormentas, se rociaba un poco de esta agua en el umbral de la casa. Pensaban que el agua creaba un escudo invisible que desviaba los rayos.

Ruido y música

Si el viernes el ruido era de duelo, el sábado por la mañana el ruido de las matracas era de persecución final. Los niños corrían por las calles golpeando las esquinas con palos. Amades apunta que en el siglo XVIII esta práctica era tan violenta que a menudo terminaba en peleas. Por la tarde, cuando la normalidad volvía a las villas, pueblos y ciudades de Cataluña, la música volvía a sonar. Se abrían los salones de baile y los teatros.

Desde lo alto de los campanarios o el coro de las iglesias se lanzaban miles de papelitos de colores con imágenes impresas. Estas eran dibujos de la pasión, flores o escenas costumbristas. Los niños competían por recoger el máximo número posible, y luego los intercambiaban como si fueran cromos.

Una de las tradiciones era la Salpassa. ¿En que consistía? El cura de la parroquia, acompañado de un monaguillo con una campana y un cubo de agua bendita, iba casa por casa. Con un hisopo, rociaba la entrada de la vivienda y se le entregaba un donativo, que consistía en dinero o huevos. Era un momento de gran orgullo para las familias tener la casa impecable para recibir al rector.

Un sacerdote bendiciendo un domicilio en la celebración de la salpassa en Pego (Alicante) en 2009

Un sacerdote bendiciendo un domicilio en la celebración de la salpassa en Pego (Alicante) en 2009Maria Carmen Lloréns / Wikimedia

Tras 40 días de Cuaresma donde el consumo de carne estaba técnicamente prohibido, salvo para quienes compraban la Bula de la Santa Cruzada, el mediodía del sábado marcaba el fin del imperio del bacalao y el inicio de la orgía cárnica. A partir de las 12h abrían las carnicerías. Había una creencia popular de que la primera carne cortada tras el Gloria tenía propiedades casi milagrosas para la salud.

La pieza reina era el cordero. Mientras las casas adineradas compraban un cordero de leche, las clases populares solían guisar el cap-i-pota. Por la tarde se empezaba a vender butifarras y en las casas se cambiaba el aceite de oliva por la manteca.

La tortilla de Resurrección

El regreso gastronómico a la normalidad era esperado por todos. El primer plato que se consumía era la tortilla de Resurrección, que llevaba butifarra blanca, negra y trozos de tocino frito, además del huevo. Era la merienda o cena de aquel sábado. Luego como hemos dicho, el rey era el cordero, porque significaba el fin del sacrificio. Se preparaba al horno con patatas, ajos y hierbas aromáticas. En barrios como la Barceloneta era típica la zarzuela de pescado.

Si bien es cierto que la escudella y la carn d’olla era una comida típica de la Navidad, ese día se preparaba una versión de Pascua para consumirla el domingo. La diferencia era que se incluían los primeros vegetales de primavera, como habas tiernas o guisantes, junto con toda la carne de cerdo que había estado prohibida, como la oreja, el morro, o el pie.

Las panaderías de Barcelona elaboraban unos panecillos especiales, más blancos y finos que el pan de diario, a menudo decorados con una cruz o una flor. Se utilizaban para acompañar la primera comida de carne tras el ayuno. Además se comían buñuelos del Empordà rellenos de crema o bañados en anís y azúcar. También, de haber sobrado, se terminaba con los restos del roscón del Domingo de Ramos. Otros comían frasulies, que eran galletas secas que se mojaban en vino para celebrar la alegría de la Resurrección.

Los niños salían el sábado por la tarde a pedir huevos por las casas o a sus padrinos. Con esos huevos, las madres preparaban los dulces del día siguiente. Era el inicio de la transición hacia la Mona de Pascua de chocolate que conocemos hoy, pero que entonces era un bizcocho con huevos duros.

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