(Foto de ARCHIVO) Varias personas disfrazadas bailan durante la ‘Dansa de la Mort’, a 28 de marzo de 2024, en Verges, Girona, Cataluña (España).. Glòria Sánchez
La resurrección del campo y los ritos ocultos tras la Semana Santa
Rituales de origen pagano que perviven en las tradiciones de la Semana Santa
Cuando el cristianismo comenzó a expandirse por el Imperio romano y Europa, no siempre eliminó las creencias anteriores por completo. En lugar de eso, la Iglesia a menudo optó por cristianizar fechas, lugares y costumbres paganas para que la transición fuera más fluida para los nuevos conversos. Esto es lo que pasó con algunos rituales que se celebran durante la Semana Santa.
Si empezamos por el principio, el Domingo de Ramos es la cristianización de una fiesta mucho más antigua dedicada al despertar de la savia. Antiguamente, la gente no veía la palma o el laurel solo como un símbolo bíblico, sino como un elemento mágico y protector. Existía la creencia de que las ramas bendecidas protegían las casas de los rayos y las plagas. Por eso era común colgarlas en los balcones durante todo el año para blindar el hogar.
Antiguamente, tras la bendición en la iglesia, la gente corría a los campos para clavar trozos de estas ramas en la tierra. Este gesto buscaba transferir la fuerza vital de la primavera directamente a las cosechas, un rito de fertilidad puramente agrario. Aunque la tradición cristiana habla de palmas, en Cataluña se usaban masivamente el laurel, el olivo y el romero. Estas son plantas perennes que, para los antiguos, representaban la victoria de la vida sobre la muerte invernal.
Uno de los aspectos más fascinantes es el uso de matracas, carracas y el «fer fressa» (hacer ruido) durante el Jueves y Viernes Santo. Bajo el pretexto religioso de castigar, simbólicamente, a quienes condenaron a Jesús, se puede ver una práctica de limpieza comunitaria. El ruido ensordecedor de estos instrumentos servía para expulsar el mal acumulado durante el invierno en el pueblo. Estos ruidos sustituyen a los antiguos ritos de animación de la tierra. Tras el letargo invernal, el estruendo tenía la función mágica de despertar a los espíritus de la vegetación y a la tierra misma para que empezara a producir frutos.
Durante el Triduo Pascual, las campanas, sonido sagrado y celestial, callaban. En su lugar entraba el sonido de madera y hierro, terrenal y rudo. Este cambio se puede interpretar como un retorno temporal al caos primitivo antes del orden que trae la Resurrección. En algunas zonas rurales, los niños golpeaban las paredes de las casas y el suelo de las iglesias con varas mientras hacían ruido con las matracas. Este acto de golpear la tierra es uno de los ritos de fertilidad más antiguos que existen, destinado a fecundar simbólicamente el suelo.
La Vigilia Pascual, la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección, es la adaptación directa de las grandes fiestas del equinoccio de primavera, cuando el día empieza a ser más largo que la noche. Antiguamente existía la costumbre de apagar todos los fuegos del hogar durante el Triduo Pascual. La casa se quedaba «muerta», a oscuras y fría. Se corresponde con la creencia de que, al final del invierno, el fuego viejo estaba sucio o agotado. Era necesario extinguirlo para purificar el espacio. La Iglesia institucionalizó esto con la bendición del Fuego Nuevo en la puerta del templo, encendido con pedernal y eslabón. De ese fuego se enciende el Cirio Pascual y, con él, los fieles encendían velas para llevar el fuego bendito de vuelta a sus casas y reencender sus hogares.
El Cirio Pascual lo podemos simbolizar como los antiguos monolitos o símbolos solares. En la tradición popular catalana, el cirio no solo representa a Cristo resucitado, sino que es un sustituto del Sol. Al encenderlo en medio de la oscuridad de la noche, se realiza una especie de acto simbólico: se ayuda al sol a recuperar su fuerza para que la primavera sea próspera. La cera del cirio era considerada milagrosa; la gente guardaba gotas de esa cera para proteger las cosechas, uniendo de nuevo la religión con la supervivencia agrícola.
Aunque en Cataluña las hogueras más famosas son las de San Juan, que forman parte del solsticio de verano, en muchas localidades se encendían grandes hogueras en las plazas durante la noche de Pascua. Estas hogueras servían para quemar simbólicamente lo viejo: muebles rotos, trastos o restos orgánicos. Esto no es más que la destrucción del invierno o del mal para dejar paso a la luz. Los agricultores recogían las cenizas de estas hogueras de Pascua y las esparcían por los campos. Creían que, nacidas del fuego sagrado de la primavera, tenían el poder de dar vigor a las plantas, una práctica puramente pagana de culto a la fertilidad del suelo.
El paso de la oscuridad total, el luto por la muerte de Jesús, a la explosión de luz, la Resurrección, coincide exactamente con el momento astronómico en que la naturaleza estalla. La liturgia católica de la luz es, por así decirlo, una capa de barniz sobre una necesidad humana ancestral: celebrar que el sol ha vencido a la oscuridad invernal.
En muchos pueblos catalanes se fabricaba un muñeco de paja, conocido como el Judas, que se colgaba en la plaza y era apedreado o quemado por la multitud. Bajo la figura bíblica del traidor se identifica al espíritu del invierno. Destruir al Judas no era solo un castigo religioso, sino un rito de chivo expiatorio. Al aniquilar al muñeco, la comunidad eliminaba físicamente los restos del año viejo y la esterilidad de la tierra, dejando el espacio limpio para que la nueva vida, la Resurrección, pudiera germinar sin obstáculos.
La Danza de la Muerte la podemos vincular con antiguos ritos ancestrales. Los esqueletos bailando al son de un tambor rudo no son solo un recordatorio de la brevedad de la vida, sino una forma de domesticar la muerte. Al hacer que la muerte baile ante el pueblo, se le quita su poder terrorífico, integrándola en el ciclo natural. Es el paso necesario: la muerte debe desfilar y retirarse para que, el Domingo de Resurrección, la vida recupere su trono.