Una mujer adorando al Santo Cristo en Viernes Santo, en Barcelona, en 1930
Semana Santa
Así se vivía el Viernes Santo en la Cataluña de antaño: silencio, solemnidad y duelo absoluto
Del Oficio de Tinieblas al Sermón de las Siete Palabras
El Viernes Santo era –y es– el punto culminante del duelo colectivo por la muerte de Jesús. Sin embargo, antaño era un día de rigidez absoluta en el comportamiento, y de un dramatismo visual que hoy en día ha desaparecido, pero que formaba parte de las costumbres de los siglos XVIII y XIX.
Si el Jueves Santo reinaba el silencio, el Viernes Santo se paralizaba todo. Era obligatorio que los hombres y las mujeres vistieran de riguroso negro. Las mujeres lucían la mantilla de blonda y los hombres, la levita. Incluso las joyas se tapaban con telas negras. En las casa no se podía barrer, para no molestar a las almas, cantar o hablar en voz alta. Se evitaba cocinar platos que requirieran mucho ruido de mortero o sartenes.
La procesión más importante de ese día en Barcelona corría a cargo de la Archicofradía de la Purísima Sangre, que estaba en la Iglesia de Santa María del Pino. Era una procesión solemne. Los armats y los manaires abrían la procesión, cuyos pasos rítmicos y el golpe seco de sus lanzas contra el suelo eran el único sonido permitido en las calles. Esta procesión incluía el paso de la Virgen de la Soledad y el Cristo Yacente. Los gremios de Barcelona competían por llevar los pasos más pesados y decorados.
El ritual principal era el Oficio de Tinieblas. El ritual giraba en torno al Tenebrario, un candelabro triangular de 15 velas de cera amarilla, sin refinar, signo de luto. A medida que se cantaban los salmos, se iban apagando las velas una a una, simbolizando el abandono de los apóstoles, hasta que solo quedaba la vela superior, Cristo, que se escondía detrás del altar.
Al quedar la iglesia en oscuridad los fieles golpeaban con furia los bancos, usaban carracas, matracas y mazas. Ese estruendo representaba el terremoto y los trastornos naturales que, según las escrituras, ocurrieron tras la muerte de Jesús. En la Barcelona, el ruido en la Catedral era tan ensordecedor que las autoridades tenían que intervenir para evitar daños en el mobiliario.
Las Siete Palabras
Durante el siglo XIX, el Sermón de las Siete Palabras se convirtió en el gran evento de oratoria. Duraba tres horas, desde las 12h a las 15h, durante la agonía de Cristo. En las iglesias se montaba un escenario con un Cristo crucificado de tamaño natural que, en ocasiones, tenía mecanismos para inclinar la cabeza en el momento exacto de la muerte. Los comercios cerraban por completo. No era solo devoción, era una convención social donde el predicador más elocuente era la estrella de la ciudad.
En las casa se llevaban a cabo una serie de costumbres místicas, e incluso supersticiosas. Los espejos se cubrían con paños negros para que el alma de Cristo no se viera reflejada y para que la vanidad humana desapareciera. En algunas zonas rurales y barrios antiguos de Barcelona, se evitaba hacer la cama de forma perfecta como signo de desolación.
El Santo Cristo de la Sangre, destruido en 1936
Se apagaban las chimeneas y no se encendía fuego nuevo hasta la noche de la Vigilia Pascual. Se decía que el aceite de las lámparas que habían iluminado el Monumento durante la noche del jueves al viernes tenía poderes curativos. Las mujeres llevaban pequeños frascos para recoger las sobras, usándolo después para curar el mal de ojo o dolores de oído. Se creía que un huevo puesto este día nunca se pudría y servía para curar quemaduras. Se prohibía coser o usar tijeras, pues se creía que cada pinchazo hería simbólicamente el cuerpo de Cristo.
Si hablamos de gastronomía, aquel día era el de la gran abstinencia. Era el día de la austeridad máxima, el ayuno y los alimentos de supervivencia. El ayuno era obligatorio para todos los mayores de 7 años. La norma era comer solo una vez, generalmente tras el Oficio de Tinieblas o el Sermón de las Siete Palabras, alrededor de las 15h.
Algunos practicaban el ayuno de pan y agua durante todo el día. En el siglo XIX, la norma se relajó ligeramente, permitiendo una pequeña colación por la noche llamada parva. Esta consistía en comer un trozo de pan seco que no superara los 60 gramos. Se podía acompañar con una copita de aguardiente, anís o ratafía.
Un menú humilde
Cuando se llevaba a cabo la comida principal, la única del días, el menú debía ser blanco y humilde. Se empezaba con una sopa de pan. Se hacía con pan seco de días anteriores, agua, un chorro de aceite de oliva y un poco de ajo. En las casas más pobres no se añadía ni un huevo.
El segundo plato eran garbanzos o alubias blancas hervidas con un poco de sal y un chorro de aceite. Se evitaban las verduras de colores vivos, por ser consideradas demasiado alegres. Se consumían plantas silvestres amargas, como berros o acelgas, en recuerdo a las hierbas amargas que dictaba la tradición bíblica.
Se incluía el bacalao, pero se servía hervido o pasado por el fuego para quitarle la humedad, acompañado de una patata hervida. No se permitían salsas complejas ni picadas de frutos secos. Para las clases populares el arenque salado era el sustituto barato del bacalao. Se envolvía en papel de periódico y se chafaban en el marcho de una puerta para pelarlas fácilmente.
Aunque se comían durante toda la Cuaresma, los buñuelos de viento eran el alimento principal de quienes no podían cocinar platos calientes. Mientras la gente esperaba la procesión, era común comprar almendras garrapiñadas, el único capricho permitido a los niños. Se creía que el agua bebida el Viernes Santo purificaba el cuerpo por dentro.