Pertenece a la Cofradía del Santo Entierro de Valladolid.

Zapatos de tacón, vestido o traje de chaqueta negro, mantilla y peineta. Las Manolas de la Semana Santa vallisoletana se preparan con sus trajes de riguroso luto para acompañar a los cofrades tras los pasos.

Imagen que pertenece a la Cofradía del Santo Entierro de Valladolid. Zapatos de tacón, vestido o traje de chaqueta negro, mantilla y peineta. Las Manolas de la Semana Santa vallisoletana se preparan con sus trajes de riguroso luto para acompañar a los cofrades tras los pasos (23/04/2011).Alfredo Miguel | Flickr

Mantillas de luto y banquetes de pobres para honrar el Jueves Santo

Tradiciones, rituales y vida cotidiana en el Jueves Santo de la Barcelona de los siglos XVIII y XIX

Después del Domingo de Ramos, la segunda celebración importante dentro de la Semana Santa es el Jueves Santo. Durante los siglos XVIII y XIX, ese día significaba adentrarse en un mundo donde lo sagrado y lo social se entrelazaban. No era solo un día de oración, sino una puesta en escena colectiva llena de simbolismo, silencio y rigor.

Desde el mediodía del Jueves Santo, las campanas dejaban de sonar en señal de luto por la Pasión de Cristo. Para convocar a los fieles a los oficios, se utilizaban las matracas, carracas o roda-molins, cuyo sonido estridente y seco caracterizaba el ambiente sonoro de la época. La tradición popular sostenía que, cuando las campanas enmudecían, se marchaban a Roma para buscar el aceite sagrado o que iban hasta allí para ser bendecidas por el Papa y no regresaban hasta el Sábado Santo. Al no haber campanas, el ritmo del tiempo se perdía. Las ciudades se sumían en un silencio absoluto. Se prohibía el paso de carruajes por las calles cercanas a las iglesias. Incluso se ponía paja en el suelo para amortiguar el ruido de los cascos de los caballos.

Respecto a las matracas, los monaguillos subían a los campanarios para hacerlas sonar. En el siglo XVIII, el ruido de las matracas se usaba simbólicamente para apedrear a los judíos o para asustar a los malos espíritus que aprovechaban la muerte de Cristo para salir. La actividad social era visitar los monumentos. Era, por así decirlo, el día de la máxima exhibición social durante esos siglos. Las mujeres de la burguesía y de las clases populares vestían sus mejores galas, siempre de negro riguroso, con mantilla y peineta de encaje.

La ruta de los monumentos no solo era un acto de fe: era un desfile de modas. Se visitaban siete iglesias. En la Barcelona del XIX, el paseo de la Rambla se convertía en un hervidero de gente comparando los adornos de los monumentos, que solían ser arquitecturas efímeras hechas de madera, telas y velas. La ruta comprendía la Catedral, Santa María del Mar, la basílica del Pi, la iglesia de San Jaime, el convento de Santa Catalina, la iglesia de Santa Ana y la iglesia de los Santos Justo y Pastor.

Las iglesias, normalmente oscuras, brillaban con una luz dorada que fascinaba a los visitantes. En el siglo XVIII, se usaban espejos estratégicamente colocados para multiplicar el efecto de las velas. Era tradicional rodear el monumento con blat de setmana santa (trigo germinado en la oscuridad), que crecía blanco y tierno, simbolizando la vida que surge de la muerte. Existía la costumbre de dejar una limosna en cada iglesia visitada. En el siglo XVIII, este dinero iba destinado a las cofradías para costear las procesiones de la tarde, lo que generaba una fuerte competencia entre parroquias para ver cuál atraía a más visitantes.

Aunque aún hoy en día la más reconocida es la de Verges, en esos siglos era común la representación de las Danzas de la Muerte. Se trataba de un recordatorio de la igualdad ante la muerte. Cinco esqueletos danzaban al son de un tambor destemplado. Estas danzas sobrevivieron gracias a que el pueblo las defendió frente a los intentos de la Ilustración de prohibirlas por considerarlas tétricas o supersticiosas.

Aparte de la visita a los monumentos, estaba el lavatorio de pies. Siguiendo el ejemplo de Jesús, los obispos y párrocos realizaban este ritual a doce hombres pobres de cada localidad. En el siglo XVIII, esta ceremonia era un acto público de gran solemnidad que atraía a multitudes. En muchas casas de la nobleza se invitaba a comer a personas necesitadas, sirviéndoles los propios señores de la casa en un acto de humildad pública. El barón de Maldá detalla que se les daba de comer bacalao, legumbres, vino y pan de calidad. Era, por así decirlo, un día de lujo para el pobre a cambio de la salvación espiritual del rico.

Durante el siglo XVIII, las procesiones del Jueves Santo, como la de la Cofradía de la Sangre, eran de las más concurridas. En el siglo XIX, algunas de estas tradiciones empezaron a decaer o a ser reguladas por las autoridades para evitar el desorden público que a veces provocaban los flagelantes. Estos se azotaban públicamente como acto de expiación. Se sacaban a la calle los misterios que representaban escenas de la Pasión. Finalmente, estaban los armados, soldados romanos que golpeaban sus lanzas contra el suelo rítmicamente, creando una atmósfera de tensión y orden militar.

Al ser un día de ayuno y abstinencia rigurosa, la dieta se basaba en el bacalao, las legumbres y las verduras. Las familias empezaban con un potaje de vigilia, que incluía garbanzos cocidos con espinacas, huevo duro picado y, si se podía, bacalao desmigado. Se solía aromatizar con una picada de almendras, pan frito y un poco de azafrán para darle el color dorado típico de la festividad. El segundo plato era bacalao, que podía ser a la llauna o con pasas y piñones. Se acompañaba con alcachofas asadas o a la brasa. También era costumbre la tortilla de espárragos. De postre, los buñuelos de viento; frasulies, que eran panecillos o galletas que se solían mojar en vino dulce; o crema catalana. Los postres se acompañaban de vino rancio o moscatel y agua de la fuente, al existir la creencia de que ese día estaba bendita.

En las casas más humildes de la Barcelona del XVIII, si no había dinero para lomos de bacalao, se cocinaba con las espinas y las pieles, que aportaban mucho sabor y gelatina, llamándolo «bacallà de colze», porque había que trabajar mucho con el codo para sacar la poca carne que había. Aquel día estaba estrictamente prohibido cocinar con grasas animales, es decir, con manteca de cerdo. Solo se utilizaba aceite de oliva. En los periodos más estrictos del siglo XVIII, incluso la leche y los huevos estaban bajo sospecha en algunos hogares muy devotos, aunque para el siglo XIX el huevo ya era un básico de la vigilia.

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