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El padre Fernando Puig, rector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

El sacerdote Fernando Puig, rector de la Universidad Pontificia de la Santa CruzOpus Dei

Entrevista

Fernando Puig: «Los cristianos debemos hallar la vía entre la pasividad del gueto y la batalla destructiva»

El rector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz defiende el rol de la universidad como generadora de una cultura compartida

El sacerdote catalán Fernando Puig (Terrassa, 1968) fue escogido en 2024 como rector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (PUSC), una institución perteneciente al Opus Dei que cuenta con más de 40 años de historia y ha formado a más de 15.000 estudiantes en teología, derecho canónico o teología.

Puig visitó esta semana Barcelona: entre otros compromisos, participó en el ciclo de conferencias organizado por la Plataforma per la Família Catalunya-ONU en la iglesia de Santa María de Montalegre, en el Raval. Allí ofreció una ponencia sobre el rol de las universidades de inspiración cristiana y el papel que juegan los católicos en la configuración de la cultura de nuestro tiempo.

–¿Los católicos tienen un rol específico en la cultura contemporánea?

–Para hablar de cultura, lo primero es que hemos de olvidarnos de la situación de cristiandad: ya no vivimos en un momento en que las categorías básicas del reconocimiento social son cristianas, y la cultura es sustancialmente cristiana. Esto ya no existe, hay que olvidarse… y lo digo porque mi interlocutor habitual es un cristiano que aún tiene una especie de nostalgia de una cristiandad que ya no existe.

Dicho esto, yo pienso que cada cristiano es un agente cultural. Hace muchos años, san Juan Pablo II dijo que una fe que no se convierte en cultura es una fe incompleta: es decir, que la fe no es un problema exclusivamente personal, sino que debe entrar en la cultura, en las relaciones. Desde las más inmediatas, como la familia o el trabajo, hasta la globalización de Taylor Swift o las series de televisión.

–Cada cristiano es un agente cultural…

–…y, por tanto, no se le debe dejar a otros la construcción de esta nueva cultura. Y para eso debe haber, naturalmente, testimonio cristiano… pero de una forma, probablemente, distinta a la de antes. Antes dabas por supuesto que tu interlocutor tenía bases cristianas, aunque las discutiera. Hoy muchas veces no le interesan, o no te oye, porque ha generado tal prejuicio que literalmente no escucha el mensaje cristiano.

–¿Qué papel juegan aquí las universidades?

–Si las universidades lo son de verdad, han de dedicarse a un mensaje humano. Hay que poner en cuestión si aquellos centros que únicamente forman profesionalmente o solamente sirven al mercado son universidades, porque la universidad siempre ha sido un lugar donde se piensan grandes preguntas, y donde se puede edificar una cultura que realmente vaya en profundidad. En una universidad que, además, tenga inspiración cristiana, las preguntas son tan extraordinariamente grandes que sus respuestas pueden generar una nueva cultura en la que Dios tendrá lugar.

El padre Fernando Puig (izq), rector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

El padre Fernando Puig (izq.), rector de la Universidad Pontificia de la Santa CruzPUSC

–Un estudio reciente en Cataluña advertía de un crecimiento del «analfabetismo religioso» entre los jóvenes. ¿Es un desafío para la construcción de esta nueva cultura?

–Sí, estas carencias ocurren, y son increíblemente grandes. Además, se acaban traduciendo en carencias de respuestas a las grandes preguntas de la persona y de la humanidad. Para que realmente haya cultura –cultura a secas, no necesariamente cristiana– es necesario que haya preguntas compartidas, profundas, trascendentes. Esas son las preguntas que la universidad procura que salgan.

Mira, te pongo un ejemplo: la Universidad de Yale, en EE.UU., acaba de hacer una reflexión durante dos años porque se han dado cuenta de que habían caído en una superficialidad muy grande y en formas de falta de respeto y de falta de libertad de expresión. Han constatado que sus estudiantes ya no se hacen preguntas, solo repiten eslóganes, y que ellos como universidad han renunciado a decir que hay algo valioso culturalmente para todo el mundo.

–Hablando sobre el rol de los católicos en la construcción de esta cultura común, este jueves Fabrice Hadjadj advertía en la UIC, en Barcelona, contra la tentación de ser cristianos «a la defensiva», obcecados en la batalla cultural.

–Sí, creo que hay una parte de católicos que decide encerrarse en un pequeño gueto y otra parte que solamente piensa en dar la batalla cultural, en una guerra en la que hay que combatir a muerte. Pienso que existe una vía entre la pasividad de encerrarse y la destrucción del enemigo.

Un cristiano que no esté acomplejado ni en la defensa ni en la agresión será capaz de entrar en diálogo con personas, sin ceder en sus principios básicos. No hablo de un diálogo banal, en el que se cede en todas las preguntas, sino de un diálogo que busca encontrar las preguntas profundas sobre el hombre. Chantal Delsol decía que el nuevo paganismo ha hecho emerger las viejas sabidurías de las sociedades no cristianas, pero también sus atrocidades: yo creo que hay que encontrar juntos las sabidurías y combatir juntos las barbaries.

–Este lunes se publicó Magnifica humanitas, la encíclica del Papa León XIV sobre inteligencia artificial. ¿Cómo cree que debe adaptarse la universidad a este cambio de paradigma?

–Probablemente lo que nos vamos a encontrar en Magnifica Humanitas es un fuerte mensaje profundo de respeto por la persona, de apertura positiva al progreso tecnológico… aunque ¿qué es un verdadero progreso humano? Creo que el documento va a ser una gran luz sobre el servicio a la dignidad de la persona y la inteligencia artificial como un ámbito en el cual hay que hacer un trabajo –yo diría– también cultural y evangelizador, para que sea para el bien de las personas y de los pueblos.

Y sobre las universidades, tenemos un problema, porque tenemos que repensar –algunos dicen– incluso el acto educativo. Pero esto la universidad lo ha tenido que hacer siempre. Nos toca hacerlo otra vez. Quizá alguna generación nos quedaremos atrás, pero se va a hacer.

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