Retrato de Anna de Noailles, por Philip de László (1913)Wikimedia

Historia

La francesa fascinada por el nacionalismo que impulsó un manifiesto para impedir la «destrucción» del catalán

París se convirtió en el centro neurálgico del catalanismo en el exilio durante la dictadura de Primo de Rivera

En el año 1924, coincidiendo con el Aplec de Occitania, donde el catalanismo político quiso reivindicar su estatus como nación y como lengua, teniendo al frente a Francesc Macià, hubo una solidaridad intelectual en Europa a favor de Cataluña. Esto ocurrió coincidiendo con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Este hecho no fue aislado, sino que supuso la movilización internacional en defensa de las libertades democráticas y la diversidad cultural.

Una parte de la intelectualidad francesa, con Anna de Noailles al frente, fueron partícipes de una movilización internacional a favor de las libertades democráticas y la diversidad cultural y en contra de ciertas políticas. En marzo 1924 un grupo de intelectuales españoles como Ortega y Gasset, Azorín o García Lorca firmaron un manifiesto en defensa del catalán.

Este hecho tuvo un eco en Francia, donde la élite cultural, sensible a cualquier represión política decidió tomar parte. El manifiesto firmado por estos intelectuales españoles decía:

Los abajo firmantes, que sienten la unidad de España no como una uniformidad que se excluya, sino como una armonía de los diversos pueblos y lenguas que la integran, no pueden permanecer indiferentes ante las medidas de coacción que se vienen empleando contra la lengua catalana.

La lengua es la expresión más honda de la espiritualidad de un pueblo. Atentar contra ella es atentar contra el alma misma de ese pueblo. Castilla, que ha creado una lengua universal, no puede ser cómplice de quienes pretenden ahogar otra lengua peninsular que es también gloria y patrimonio de España.

Prohibir el uso del catalán en la vida civil, perseguirlo en la escuela o en los actos públicos, es una violencia que hiere nuestra sensibilidad de hombres libres y nuestro patriotismo de españoles que desean una España grande y respetada por la justicia y el derecho.

El manifiesto francés se basaba en una mezcla de humanismo liberal y una profunda admiración por la vitalidad cultural de Barcelona, que en ese momento era vista por París como un faro de modernidad en el Mediterráneo.

A parte de Anna de Noailles firmaron el manifiesto Henri Bergson, Paul Válery, Benjamín Crémieux, Charles Maurras, Jean Schlumberger, Henri Barbusse, Romain Rolland, François Mauriac, Jean cocteau, Henry Bordeaux, Pierre de Nolhac, Charles de Saint-Cyr, Charles Gide, Víctor Basch, Ferdinand Buisson, George Duhamel, Jules Romains.

También estaba la Liga de los Derechos del Hombre, que fue fundado para canalizar las quejas de los exiliados catalanes en París y darles altavoz en la prensa francesa. A diferencia del texto español, que apelaba a la «unidad armónica de España», los intelectuales franceses pusieron el foco en el valor universal del catalán como lengua de cultura europea. El texto decía:

Los escritores franceses abajo firmantes, profundamente conmovidos por las medidas de rigor de que es objeto en este momento la lengua catalana, creen cumplir con un deber de solidaridad intelectual protestando contra tales medidas.

Herederos de una civilización de la cual la lengua catalana es una de las formas más bellas y más vivas, no pueden permanecer indiferentes ante un intento de destrucción que alcanza a la libertad del espíritu en una de sus manifestaciones más preciosas.

Ellos afirman que el derecho de un pueblo a su lengua es absoluto e imprescriptible, y que ninguna autoridad política tiene el poder de suprimir un idioma que ha sido durante siglos el instrumento de una alta cultura y el lazo de una comunidad humana.

Al expresar su simpatía a los escritores y al pueblo de Cataluña, los escritores franceses tienen la conciencia de defender, con la causa de la lengua catalana, la causa misma de la civilización y del pensamiento.

Anna de Noailles no solo firmó por compromiso intelectual; ella era una figura magnética en los salones parisinos y su firma le dio al manifiesto una visibilidad internacional que incomodó muchísimo al gobierno de Primo de Rivera.

Fue la manera de decirle al mundo que el conflicto lingüístico en España no era un asunto interno, sino una cuestión de derechos culturales europeos. La dictadura de Primo de Rivera intentaba mantener una imagen de orden y progreso ante Europa. Las críticas externas, como ese manifiesto, dañaban el prestigio del régimen.

Gracias a esta red de apoyos, París se convirtió en el centro neurálgico del catalanismo en el exilio. Los intelectuales franceses ayudaron a que la cuestión catalana se viera no como un problema regional español, sino como una causa de derechos humanos y libertad de expresión.

Noailles, panlatinista

Noailles era una ferviente defensora del panlatinismo, la cooperación estrecha entre los países y pueblos de lengua y cultura latina. Para ella el catalán no era un dialecto local,sino una lengua de cultura hermana del francés. Consideraba que atacar al catalán era un ataque a la civilización latina.

Su apoyo se basó en la idea de que Europa perdería una pieza clave de su herencia literaria si se silenciaba esa voz. También su apoyo se debido a que mantenía correspondencia y amistad con intelectuales catalanes. Admiraba profundamente la tradición poética de Cataluña. Cuando la dictadura clausuró instituciones como el Ateneo Barcelonés, ella lo interpretó como una afrenta personal a la libertad de pensamiento.

Anna de Noailles, retratada por Ignacio Zuloaga (1913)Wikimedia

El hecho de que una aristócrata y poeta tan respetada en toda Europa criticara abiertamente al régimen fue un golpe de relaciones públicas muy duro para Primo de Rivera. Este intentó justificar sus medidas como necesarias para el orden, pero Noailles las presentó ante el mundo como una barbarie cultural. Su gesto permitió que los poetas catalanes se sintieran protegidos por una red de seguridad intelectual europea mientras en su casase les prohibía publicar.

Para poetas como Juan Ramón Jiménez o el joven Lorca, Anna era la reina de la poesía francesa. Su estilo apasionado, vitalista y un tanto trágico influyó muchísimo en la lírica española de principios de siglo. Mantenía correspondencia y amistad con figuras como Ignacio Zuloaga o Miguel de Unamuno. Ella se sentía profundamente latina. Para ella, defender el catalán era defender la identidad mediterránea, que consideraba la cuna de toda la belleza y el pensamiento europeo.