El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, hace unos díasLorena Sopêna / Europa Press

Cataluña

Illa normaliza usar «país» para hablar de Cataluña y un historiador responde: «Las palabras tienen memoria»

El uso que le dan los líderes actuales, buscando una tercera vía entre la ruptura y el olvido, es un ejercicio de funambulismo

Desde el arranque de la actual legislatura, el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ha normalizado el uso del término «país» para hablar de Cataluña, una práctica que incluso ha adoptado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Hablando con propiedad, usar el concepto de «país» aplicado a Cataluña no es una invención de la sociología moderna ni un capricho de la retórica política contemporánea, sino que tiene una connotación histórica que forma parte de un principio o de una pregunta, ¿qué entendemos como país? Ahí está la clave.

Cuando Salvador Illa utiliza el término, está heredando una tradición que ya usaba uno de sus predecesores en el cargo, el también socialista Pasqual Maragall, pero que el PSC dejó de emplear durante los años del procés. Sin embargo, en el fondo, el término encierra una batalla semántica que se remonta a siglos atrás. Para entender por qué hoy genera fricción, debemos alejarnos de la política de titulares y explicar la evolución de una palabra que nació siendo geografía y terminó siendo un concepto ideológico.

En la Baja Edad Media, el término «país» no tenía la connotación que hoy se le da. La palabra deriva del latín pagus, y hacía referencia al territorio, al pago, a la tierra que se pisa. Tenía, por tanto, una coherencia administrativa o física.

En los siglos XII y XIII Cataluña ya se reconocía como una unidad singular a través de sus Usatges y sus Constituciones, pero la identidad no se articulaba bajo la palabra país, sino bajo los conceptos de tierra o patria. El Liber Maiolichinus ya identificaba a los catalanes como un colectivo diferenciado, pero su encaje en la Corona de Aragón permitía una lealtad múltiple. Es decir, se era catalán por naturaleza y aragonés por corona.

Ilustración y romanticismo

El concepto de país que han comprado Maragall e Illa proviene de la Ilustración y, posteriormente, en la Renaixença. Es en el siglo XIX donde el romanticismo alemán «contamina», en positivo, el concepto de nación, Cataluña empezó a verse no solo como una región administrativa de una monarquía española, sino como un ente cultural con derecho a la plenitud política.

En este momento la palabra «país» deja de ser el suelo, del que hablábamos antes, para convertirse en el espíritu. Maragall, un político de una hondura intelectual innegable, creía que para que Cataluña se sintiera cómoda en una España moderna, esta debía aceptar que Cataluña era un país. Pero su definición de país no era la de un Estado separado, sino la de una comunidad nacional que compartía soberanía. Era el país de la Cataluña-ciudad. Un concepto donde lo urbano y lo institucional se fundían para crear una identidad cosmopolita pero profundamente arraigada.

Pasqual Maragall, en una imagen de archivoEuropa Press

Aquí es donde entra la crítica al uso que tanto Maragall como ahora Illa han dado al término. Al llamar país a Cataluña desde una plataforma de orden y gestión, a menudo se incurre en un eufemismo que intenta contentar a todos y acaba por no definir nada. Para el nacionalismo el uso que hace el socialismo catalán de la palabra país es una forma de descafeinar la nación, de reducirla a una autonomía bien gestionada, una gestoría de proximidad vestida con galas históricas. Para el centralismo, en cambio, el mero hecho de pronunciar la palabra es un desafío a la unidad constitucional, una concesión innecesaria a un imaginario que solo debería pertenecer al Estado.

Illa, en su papel de gestor de la normalización, utiliza «país» como un bálsamo. Para él Cataluña es un país porque tiene una lengua, una historia y una voluntad de ser, pero es un país que se realiza plenamente dentro de España y Europa. Esta visión, aunque pragmática, olvida a veces que las palabras tienen memoria. No se puede usar país ignorando que, para una parte significativa de la población, esa palabra es sinónimo de una soberanía que el actual marco legal no contempla. Al intentar humanizar el término, vaciándolo de su carga rupturista para convertirlo en un sinónimo de sociedad civil activa, se corre el riesgo de reconvertir la historia de Cataluña.

El choque definitivo

El error básico en la aplicación del término radica en la confusión entre la nación cultural y la nación política. Cataluña ha sido un país en términos culturales y jurídicos desde la Edad Media. El intento de Maragall con el Estatut de 2006 de blindar esa definición en un texto legal fue el choque definitivo contra la realidad del Estado-nación moderno.

La sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 no solo recortó artículos, sino que intentó extirpar la carga política de la palabra país y nación cuando se aplicaban a Cataluña, dejando a dirigentes como Illa en una situación de equilibrismo retórico constante.

Cuando hablamos de Cataluña como país estamos ante una superposición de significados donde se lee la Cataluña de los condes medievales, la de los industriales del XIX, la de los exiliados de 1939 y la de los tecnócratas de 2026. Un problema de la visión de Maragall, y por extensión la de Illa, es que proyectan un país que parece existir solo en los mapas de las infraestructuras y en los balances fiscales, olvidando que el concepto de país es, ante todo, un acto de fe colectiva.

La trayectoria histórica de Cataluña como país es la crónica de una búsqueda de encaje que nunca termina de ser satisfactoria. Desde las crónicas medievales hasta los discursos de investidura actuales la palabra ha servido para todo. Para declarar guerras, para escribir poesía y para aprobar presupuestos.

El uso que le dan los líderes actuales, buscando una tercera vía entre la ruptura y el olvido, es un ejercicio de funambulismo que a menudo ignora las cicatrices que la propia palabra lleva impresas. Si Cataluña es un «país», lo es a pesar de los intentos de reducirlo a una simple demarcación administrativa o de elevarlo a una utopía inalcanzable. Es, en última instancia, esa tensión irresoluble lo que define su verdadera naturaleza histórica.