Ilustración del Corpus de Sangre, el detonante de la Guerra de los Segadores
Historia
La Generalitat usó a la Escuela de Salamanca para justificar su rebelión en la Guerra de los Segadores
En Cataluña esta corriente intelectual adquirió un cariz eminentemente político
En su histórica visita al Congreso de los Diputados S.S. el Papa León XIV recordó que Salamanca y su Universidad asumieron con singular lucidez la reflexión moral y jurídica que reclamaba el nuevo escenario abierto con el descubrimiento de América al defender la razón por encima de la fuerza. Esta reflexión moral y jurídica fue asumida por Cataluña adaptando a su conveniencia el Ius Gentium.
La historia de las ideas políticas y económicas de la Escuela de Salamanca aparece como un fenómeno exclusivamente castellano y el constitucionalismo de la Corona de Aragón como una tradición aislada de los grandes debates teológicos. Un análisis académico y jurídico nos revela que, aunque la presencia directa de intelectuales catalanes en las cátedras salmantinas fue minoritaria en comparación con los pensadores castellanos, vascos o navarros, el impacto de ese pensamiento en Cataluña fue profundo, bidireccional y decisivo para articular su propia defensa institucional.
Esta interconexión se manifestó inicialmente a través de una discreta pero influyente presencia docente. La influencia de la Corona de Aragón se canalizó a través de figuras de la talla de San Francisco de Borja. Aunque su labor no fue estrictamente académica, desde su posición como Prepósito General de la Compañía de Jesús, impulsó la formación teológica y jurídica de los jesuitas. Este impulso fue la base sobre el que germinó la llamada segunda ola de la escuela, liderada por mentes preclaras como Francisco Suárez o Luis de Molina.
La entrada de estas ideas en Cataluña no fue una asimilación pasiva, sino una activa red de difusión académica cuyo nodo central fue el Estudi General de Lleida y la Universidad de Lérida. Esta adoptó con entusiasmo los textos, las lecciones y el método inaugurado por Francisco de Vitoria. Profesores formados en las aulas salmantinas viajaron allí para impartir docencia, formando juristas y teólogos que, aunque ejercieron su labor en Cataluña, eran salmantinos en su mensaje intelectual.
Esto permitió que el Ius Gentium, el «Derecho de Gentes», y la moral de los negocios impregnaran la mentalidad de una burguesía comercial catalana muy activa, que aplicó los principios de la escuela para regular contratos mercantiles, ferias y conflictos marítimos en el Mediterráneo, fusionando la doctrina salmantina con el derecho civil propio.
Un cariz político
La recepción del Ius Gentium reformulado por Salamanca, que situaba la soberanía original en el pueblo y defendía la existencia de leyes universales superiores al capricho de los reyes, adquirió un cariz eminentemente político en Cataluña. A diferencia de lo ocurrido en América, donde la doctrina salmantina sirvió para cuestionar los títulos de conquista, en Cataluña se convirtió en el principal escudo ideológico para defender el sistema constitucional autóctono frente a las pretensiones centralizadoras y absolutistas de los Austrias.
El cosmopolitismo de Francisco de Victoria, que concebía el mundo como una comunidad de repúblicas soberanas conectadas por el Derecho de Gentes, fue esgrimido por los intelectuales catalanes para abordar la monarquía española no como un estado unitario bajo la hegemonía castellana, sino como una confederación de estados iguales bajo una misma Corona.
Estatua de Francisco de Vitoria en Salamanca
El punto álgido de esta asimilación doctrinal se produjo durante la crisis de 1640 y la consiguiente Guerra de los Segadores. Lejos de ser un estallido social puramente visceral, la revuelta catalana contra el gobierno del Conde-Duque de Olivares contó con un sofisticada y rigurosa estructura legal de raíz escolástica.
Cuando la Generalitat necesitó justificar de forma legítima su desobediencia a Felipe IV, sus juristas no recurrieron a la improvisación, sino a los tratados más célebres de Francisco Suárez, especialmente De Legibus y Defensio Fidei. La teoría de Suárez del pacto constitucional y el derecho de resistencia a la tiranía se convirtieron en argumentos en contra del absolutismo. Tres juristas catalanes lideraron esta brillante transposición teórica.
El fiscal Francesc Martí Viladamor utilizó en sus obras la tesis de Suárez para demostrar que Felipe IV, al violar los fueros catalanes mediante el alojamiento forzoso de los Tercios castellanos, había roto el juramento recíproco establecido con el pueblo. Al actuar de este modo, el rey se transformaba en un tirano de ejercicio, lo que provocaba la devolución automática de la soberanía formal a la comunidad.
El agustino Gaspar Sala Berart aplicó la teoría de Suárez de la guerra justa en su célebre Proclamación católica. Argumentó que la resistencia armada de Cataluña no constituía un acto de rebeldía o traición, sino una legítima defensa colectiva, amparada por el Derecho de Gentes, frente a los abusos e invasiones de las tropas reales.
El jurisconsulto Acaci Antoni de Ripoll adaptó la noción de Ius Gentium para sostener que las Constituciones de Cataluña no eran meros privilegios otorgados por la Corona, sino auténticos contratos bilaterales de carácter internacional entre dos entidades políticas diferenciadas.
Esta utilización de Suárez encerraba una profunda ironía histórica que sumió a la Corte de Madrid en una verdadera encrucijada intelectual. La filosofía política del jesuita había sido diseñada para combatir y limitar el poder de los monarcas protestantes europeos, como Jacobo I de Inglaterra. Sin embargo, en 1640, los juristas de la Generalidad lo utilizaron para rebatir jurídicamente las pretensiones del rey, demostrando la increíble flexibilidad, el alcance transfronterizo y la potencia subversiva de las tesis salmantinas.
Esta fructífera conexión entre el pensamiento catalán y la Escuela de Salamanca no se extinguió en las trincheras del siglo XVII, sino que reaparecería con fuerza en el siglo XIX a través de la ciencia económica. El filósofo y teólogo Jaime Balmes es considerado el continuador natural de las doctrinas monetarias y del valor de la escolástica tardía.
Pensadores salmantinos como Luis de Saravia de la Calle o Tomás de Mercado asentaron las bases de la teoría subjetiva del valor, desvinculando el precio de los bienes de sus costes de producción, ligándolo a la utilidad y la escasez. En 1844 Balmes publicó la resolución definitiva a la célebre paradoja del valor. Explicó que el precio final varía dependiendo de la abundancia o escasez de los bienes y la urgencia de la necesidad a satisfacer, justificando por qué un diamante escaso vale más que el agua abundante.