Patricia Aymà, empresaria y biotecnóloga ganadora del Premio Princesa de Girona 2026
Patricia Aymà: la científica que entrena bacterias para acabar con los microplásticos
La ganadora del Premio Princesa de Girona CreaEmpresa impulsa una revolución silenciosa en la industria del plástico
Patricia Aymà representa una nueva generación de científicas y emprendedoras que ponen la biotecnología al servicio de la salud pública. Desde su empresa, esta investigadora catalana «entrena» bacterias para producir bioplásticos capaces de reducir el impacto de los microplásticos en nuestro organismo y en el medio ambiente, un problema que la sociedad aún no percibe en toda su dimensión, según relata. Con el respaldo del Premio Princesa de Girona CreaEmpresa, Aymà reivindica que el cambio no puede recaer solo en el consumidor, sino en unas compañías obligadas a asumir los costes reales de sus envases y a apostar por materiales seguros, mientras anima a más jóvenes —especialmente mujeres— a dar el paso hacia las carreras científicas.
La empresaria defiende un cambio profundo en la industria del plástico a partir de la biotecnología y la responsabilidad empresarial, con un mensaje claro: «hemos de decir basta, pero basta y arréglalo tú, empresa».
Un perfil científico al servicio de la salud
Patricia Aymà se presenta como una «entrenadora de bacterias» capaz de convertir microorganismos en productoras de bioplásticos, una alternativa pensada para reducir la intoxicación silenciosa que provocan los plásticos derivados del petróleo en las personas y en el entorno. Su objetivo declarado es «poner coherencia» en el sector del plástico, eligiendo bien el fin de vida de cada envase para que la naturaleza lo pueda reconocer y degradar, evitando así la acumulación de microplásticos.
Durante la entrevista, Aymà recuerda que la ciencia ha demostrado ya la presencia de microplásticos en el cerebro, la placenta, la sangre y los ovarios, y alerta de estudios que empiezan a relacionar estas partículas con procesos inflamatorios y patologías como el Parkinson. En su opinión, se trata de un problema de salud pública que todavía no se percibe con toda su gravedad, porque los efectos a largo plazo son difíciles de vincular de forma directa, pero la evidencia científica crece de manera constante.
La «adicción al plástico» y la responsabilidad de las empresas
Aymà describe una sociedad «adicta al plástico» en la que el consumidor, por sí solo, no puede cambiar un problema estructural: casi todo lo que compra viene envuelto en plástico, desde el queso hasta el agua embotellada. Señala además el llamado «green premium», el sobrecoste asociado a los productos más sostenibles: quien quiere evitar intoxicaciones y envases problemáticos suele tener que pagar más, algo que choca con la presión del coste de la vivienda, los salarios y el resto de dificultades económicas del día a día.
Por ello, la emprendedora sitúa el foco en la responsabilidad de la industria: «quien tiene la responsabilidad de cambiar esto son las empresas», afirma, denunciando que el precio del plástico fósil no incluye las emisiones de CO₂, la contaminación ambiental ni los costes potenciales para los sistemas de salud derivadas de los microplásticos. Aymà sostiene que estos costes externalizados acaban recayendo sobre el conjunto de la sociedad y defiende que las compañías deben asumir el liderazgo del cambio tecnológico y material.
Desde su experiencia en el sector, Patricia Aymà explica cómo distingue a las empresas realmente comprometidas con la sostenibilidad de aquellas que la utilizan solo como eslogan. En sus reuniones, el primer filtro es siempre el cliente final: si la marca reconoce que su público valora el producto de kilómetro cero, la calidad y el origen, la conversación sobre envases de mayor calidad y más seguros puede seguir; si, por el contrario, el atractivo prioritario es poder comprar «dos por el mismo precio», incorporar materiales orgánicos o bioplásticos suele ser inviable.
Aymà también relata las contradicciones que detecta cuando el discurso corporativo es «muy verde», pero el margen comercial prima por encima de todo. Recuerda casos en los que el simple hecho de que el packaging incremente entre un 10% y un 20% el precio final ya lleva a las empresas a rechazar soluciones más seguras para el consumidor, porque el beneficio inmediato sigue siendo el criterio principal. Con todo, destaca ejemplos como el grupo Veritas, que ya incorpora bioplásticos biodegradables y compostables en parte de sus envases, como muestra de que existe mercado para propuestas más responsables.
Bioplásticos con sentido común y una ronda de financiación
La visión de Patricia Aymà no pasa por «un mundo lleno de bioplásticos», sino por aplicar el plástico «con cabeza», con sentido común, según la función de cada producto. Propone sustituir el plástico fósil en aplicaciones de un solo uso, especialmente en envases alimentarios y productos que pueden acabar en el medio ambiente, y reserva su sentido estructural allí donde no haya alternativa robusta inmediata. En esos casos, defiende bioplásticos que puedan compostarse industrialmente, en el hogar o integrarse en la tierra tras su vida útil, como ocurre con algunos films agrícolas que se mezclan con el suelo tras la cosecha.
Para poder escalar esta propuesta, Aymà y su equipo preparan una ronda de financiación de 700.000 euros destinada a consolidar la validación comercial de su tecnología y lanzar una campaña de comunicación «bien pagada» que les permita llegar tanto a empresas como al gran público. La emprendedora considera clave generar conversación en todos los niveles y reconoce que, aunque las grandes compañías avanzan lentamente, son las pequeñas las que actúan como «tractores» del cambio, impulsando el debate y ayudando a que los consumidores perciban el valor de los materiales seguros y responsables.
Preguntada por el contexto español, Patricia Aymà afirma que está «contenta» con el apoyo recibido, pero denuncia que la innovación se enfrenta a trabas burocráticas que dificultan la creación de riqueza y productividad. Cita como ejemplo la exigencia de avales equivalentes al importe de algunas subvenciones de innovación, que inmovilizan recursos clave para empresas jóvenes, o el diseño de ciertas bonificaciones fiscales ligadas a investigación.
La emprendedora vincula directamente la mejora de la productividad con la innovación: si con las mismas personas se pueden desarrollar más y mejores productos, se genera riqueza, se pueden subir salarios y ofrecer mejores condiciones de vida. Al mismo tiempo, advierte de que la lentitud del diálogo institucional y la falta de sensibilidad hacia estas dinámicas puede expulsar talento y proyectos valiosos, justo en el momento en que más se necesita la biotecnología para afrontar retos ambientales y sociales.
El Premio Princesa de Girona CreaEmpresa tiene para Aymà un fuerte componente vocacional: lo interpreta como una oportunidad para inspirar a más jóvenes, especialmente mujeres, a estudiar carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). «Tú no puedes ser aquello que no puedes ver», afirma, insistiendo en la importancia de referentes femeninos en la biotecnología y en todas las ramas científicas, porque «el talento no depende del género y la credibilidad tampoco». Su aspiración última es que este reconocimiento sirva para aumentar el número de estudiantes en estas disciplinas, con especial presencia de mujeres, y para dar visibilidad a un trabajo que busca proteger la salud de las personas y del entorno desde la ciencia aplicada.