Pierre Méchain

Pierre MéchainWikipedia

La aventura científica barcelonesa de Méchain que dio origen al metro universal

Entre Dunkerque y Barcelona, astrónomos franceses midieron el meridiano terrestre para crear el metro universal, desafiando guerras y errores astronómicos

En el verano de 1792, cuando la Asamblea Nacional Francesa decidió refundar la sociedad sobre bases estrictamente racionales, se enfrentó a un problema. Existía un caos de pesas y medidas que entorpecía el comercio y afianzaba los privilegios señoriales. Se tenía que buscar una solución, pero esta no debía basarse en patrones antiguos. La idea era buscar una medida natural y universal que no dependiera de ningún rey o país.

La comisión de científicos de la Academia de las Ciencias, de la que eran miembros Nicolas de Condorcet, Joseph-Louis Lagrange, Gaspard Monge y Jean-Charles Borda, eligió una definición que unía la geometría con la astronomía. Esta decía que el metro sería la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador, medida a lo largo del meridiano terrestre que atraviesa París. Se tomó el término metro de la palabra griega metron, que significa medida.

Para materializar esa cifra abstracta en una barra de platino, no era necesario recorrer los diez mil kilómetros que separan el polo de la línea ecuatorial. Bastaba con medir un arco de ese meridiano y calcular la distancia total mediante extrapolación trigonométrica. El tramo seleccionado iba desde Dunkerque hasta Barcelona. La elección de la capital catalana no fue casual. Marcaba el extremo meridional del arco medible en tierra firme y compartía casi el mismo meridiano que la capital francesa, ofreciendo la posibilidad de situar la estación final al nivel del mar, en la costa del Mediterráneo.

La tarea de triangulación se la dividieron dos reputados astrónomos. Jean-Baptiste Joseph Delambre asumió el sector norte, desde Dunkerque hasta Rodez, mientras que Pierre-François-André Méchain recibió el encargo de cubrir la sección sur, cruzando los Pirineos para medir desde Rodez hasta Barcelona. Méchain llegó a la frontera española provisto de teodolitos, brújulas de declinación y del nuevo círculo repetidor ideado por Borda, un instrumento de reflexión que permitía multiplicar las lecturas angulares para reducir el error observacional a márgenes jamás alcanzados.

A partir de finales de 1792 Méchain comenzó estructurar triángulos imaginarios sobre el territorio catalán. El procedimiento exigía seleccionar picos elevados y puntos visibles en el paisaje, medir con precisión los ángulos entre ellos y enlazar los vértices desde el interior del país hasta el mar. Los puntos nodales de la triangulación incluyeron cumbres como la Mare de Déu del Mont en La Garrotxa, el Puigsacalm o la cima del Matagalls en el Macizo del Montseny. Desde estas alturas las líneas visuales descendían gradualmente hacia la llanura prelitoral. Méchain fijó la estación meridional en Barcelona.

En la Ciudad Condal estableció tres centros de observación astronómica y geodésica. El primero en la linterna de la Torre del Reloj, que en aquel momento funcionaba como el faro del muelle de la Barceloneta. El segundo en la cima de la fortaleza de Montjuïch. El tercero en la terraza de la Fonda Cuatro Naciones, en las Ramblas, donde residía. Para calcular la latitud exacta de Barcelona necesitaba observar la culminación de estrellas fijas mediante el círculo repetidor. Midió las posiciones angulares de la estrella Polar instalado en la terraza del faro de la Barceloneta y en las almenas del castillo de Montjuïch.

El trabajo de campo quedó interrumpido por el estallido de la geopolítica. En marzo de 1793, tras la ejecución de Luis XVI en París, la Corona española declaró la guerra a la Convención Francesa, dando inicio a la Guerra del Rosellón. Méchain y su equipo de colaboradores se convirtieron en ciudadanos de una nación enemiga en territorio hostil. El material científico que utilizaban para realizar los cálculos despertaba las suspicacias de la población local y de los mandos militares, que sospechaban que se trataba de instrumentos de espionaje o señalización de la flota bélica.

El capitán general de Cataluña, Luis Fermín de Carvajal-Vargas, conde de la Unión, le prohibió abandonar la ciudad, reteniéndolo en un régimen de confinamiento civil. Reconociendo el valor académico de la empresa, las autoridades le permitieron continuar sus mediciones astronómicas dentro de los límites de Barcelona. Méchain aprovechó ese cautiverio para multiplicar sus observaciones, desde la torre de la Barceloneta y la terraza del Cuatro Naciones, perfeccionando hasta la obsesión las lecturas astronómicas de latitud.

Al comparar las observaciones de latitud obtenidas en la Torre del Reloj con las registradas en el castillo de Montjuïch detectó una discrepancia de tres segundos de arco, equivalente a unos noventa metros sobre el terreno. Incapaz de conciliar esa diferencia Méchain cayó en un estado de profunda angustia neurótica. ¿Qué pasaba en realidad? Las montañas eran tan pesadas que hacían de imán por gravedad en los instrumentos de medición, como la cuerda de una plomada, y los inclinaban. Eso hacía que las mediciones salieran desviadas sin que Méchain lo entendiera.

Convencido de que un error en sus datos desvirtuaría para siempre la medición de la Tierra, ocultó la discrepancia en sus borradores y pasó el resto de su vida atormentado por el remordimiento, hasta el punto de regresar años más tarde para ampliar el meridiano hacia las Islas Baleares, viaje en el que contrajo la fiebre amarilla, falleciendo en Castellón el 20 de septiembre de 1804.

Los datos traídos de Barcelona combinados con las mediciones de Delambre en el norte permitieron a la comisión internacional, reunida en París en 1799, calcular la longitud exacta del arco del meridiano. La distancia entre el polo y el ecuador quedó fijada en 5.130.740 toesas de París. A partir de esa cifra se fundió el primer patrón físico de platino del metro, depositado en los Archivos Nacionales de Francia.

De aquellos cálculos en Barcelona salió una cifra astronómica. El cuadrante de la Tierra medía 5.130.740 toesas de París, lo que equivalía a más de 6.400.000 canas barcelonesas o casi 12 millones de varas castellanas. La diezmillonésima parte de ese número se convirtió en el metro patrón, la medida que terminó reemplazando para siempre a la toesca, la cana, las varas, las leguas y los palmos.

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