El parque del doctor Andreu cumple 125 años sobre las alturas de Barcelona
El doctor Salvador Andreu y socios transformaron el Tibidabo a principios del siglo XX en un exitoso y emblemático parque de atracciones barcelonés
A finales del siglo XIX la cima del Tibidabo no era más que un cerro con matojos, cabras y algún excursionista. Barcelona despertaba de la Exposición Universal de 1888. La burguesía presumía de palacios, el Eixample abría calles y levantaba edificios, y la ciudad se convertía en una gran metrópoli europea. Subir hasta el Tibidabo requería buenas piernas y un par de horas de caminata por senderos de tierra. Nadie sospechaba que ese balcón natural, agreste y olvidado, terminaría convirtiéndose en un parque de atracciones que está cumpliendo 125 años.
El impulso para transformar esta cumbre en un espacio de esparcimiento vino de la mano del doctor Salvador Andreu Grau. Este no solo era un reputado farmacéutico, que se había hecho rico comercializando unas pastillas para la tos, sino también un hábil inversor inmobiliario con una gran visión de futuro.
Inspirado por los grandes espacios recreativos y parques que empezaban a florecer en las principales capitales europeas, como el Prater de Viena o los Jardines de Tivoli en Copenhague, comprendió que Barcelona necesitaba una vía de escape natural y lúdica alejada del humo, las industrias y el bullicio de la llanura.
La idea original no se limitaba a instalar un recinto de atracciones aislado. El doctor Andreu concibió un ambicioso proyecto global de urbanización que uniera la ciudad con la cima, combinando una zona residencial de lujo, infraestructuras de transporte e instalaciones recreativas para todos los públicos.
Promovió, en diciembre de 1899, la constitución de la Sociedad Anónima El Tibidabo. Con los financieros Romà Macaya y Teodoro de Mas reunieron el capital necesario para adquirir una vasta finca que se extendía desde la vertiente norte del Eixample hasta la cúspide de la montaña.
El principal obstáculo de la propuesta era la distancia y la acusada pendiente geográfica. ¿Cómo lograr que miles de personas ascendieran de manera cómoda hasta la cumbre? La respuesta fue un innovador sistema de transportes escalonados que combinaba tranvía y funicular, cuya construcción supuso un hito de la ingeniería de la época.
El trazado comenzaba con la apertura de la avenida del Tibidabo, ideada como un elegante paseo flanqueado por palacetes modernistas. Por ella discurría el Tramvia Blau (Tranvía Azul), que conectaba el final de la red urbana convencional con la base de la montaña. En ese punto los viajeros subían al Funicular del Tibidabo. La sugerencia de usar este transporte surgió de un folleto traído de Suiza por un socio de la compañía, rompiendo con la idea tradicional de construir una compleja carretera zigzagueante.
El 29 de octubre de 1901 se inauguraron la avenida, el Tramvia Blau y el Funicular. Este último, el primero de sus características instalado en España, utilizaba dos vagones de madera impulsados por cable que salvaban la imponente pendiente de la montaña en pocos minutos. La travesía a bordo del Funicular se convirtió desde el primer día en una atracción en sí misma, generando un impacto popular al colgar a los pasajeros sobre el abismo y ofrecer vistas panorámicas de la costa catalana.
Aunque la montaña abrió sus accesos en 1901, la construcción del recinto recreativo tardó un poco más. En los primeros tiempo el lugar funcionaba como una gran explanada mirador con pequeñas distracciones e instalaciones que ponían a prueba la curiosidad de los visitantes. Entre las primeras opciones de ocio disponibles para el público entre 1901 y 1905 figuraban...
Telescopios y catalejos de latón instalados en el perímetro del mirador para contemplar la trama urbana de Barcelona y el mar Mediterráneo; galerías de espejos cóncavos y convexos que multiplicaban las risas de los paseantes; artefactos mecánicos accionados por monedas que expedían recordatorios de la visita; una instalación de palomas mensajeras donde los visitantes podían enviar notas de vuelta a la ciudad; pequeños espacios de feria tradicional, como tiro al blanco y puestos de caramelos, repartidos por la meseta superior.
El parque también sirvió de marco para eventos culturales y festivos como conciertos de los Coros de Clavé, actuaciones de bandas militares, ascensos de globos aerostáticos y festivales de verano. El éxito fue inmediato. El Tibidabo no tardó en convertirse en el gran punto de encuentro de los barceloneses. Mientras las familias adineradas se dejaban ver en las terrazas de los cafés luciendo sus mejores galas, los obreros y sus familias conquistaban la cima los días de fiesta para tomar el aire y disfrutar de un lujo que, por primera vez, estaba al alcance de todos.
A medida que el recinto ganaba popularidad y solvencia económica, la Sociedad Anónima El Tibidabo comenzó a incorporar atracciones de ingeniería mecánica más sofisticadas. La era de la electrificación trajo consigo aparatos que definirían la identidad visual del recinto a lo largo de las décadas...
El Carrusel Eléctrico (1910). Un tiovivo impulsado por electricidad que sustituyó a los carruseles de tracción animal o manual.
El Ferrocarril Aéreo (1915). Un tren colgado de una estructura metálica que recorría el borde del precipicio, permitiendo a los pasajeros experimentar la sensación de flotar sobre el paisaje de Barcelona.
La Atalaya (1921). Una imponente estructura metálica de 50 metros de altura dotada de dos cestas en los extremos de una gran viga basculante. Al elevar a los pasajeros a más de 550 metros sobre el nivel del mar, ofrecía una panorámica sobrecogedora.
El Avión (1928). Es la atracción más emblemática de la época. Se trataba de una réplica a escala del monoplano que realizó el primer vuelo comercial entre Madrid y Barcelona en 1927. Propulsado por su propia hélice, el avión daba vueltas suspendido en una grúa roja, simulando un vuelo libre sobre la ciudad.
En 1925 se acondicionó el Museo de Autómatas, aprovechando una colección de figuras mecánicas de feria del siglo XIX y principios del XX que fascinaban por sus minuciosos engranajes.
Con el impulso de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, el Tibidabo vivió una de sus épocas doradas. La montaña se confirmó como el principal foco turístico de la ciudad. Durante la primera mitad de la década de 1930 se continuaron instalando novedades, como pistas de minigolf, circuitos de vehículos a batería para niños y nuevas galerías recreativas.
Antes de estallar la Guerra Civil no era solo una feria de atracciones, sino un complejo de ocio de primer orden integrado en el imaginario colectivo de los barceloneses, con sus hoteles, restaurantes, un entorno ajardinado único y el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón coronando la ladera adyacente. La guerra paralizó esta etapa de crecimiento. El parque fue colectivizado y gestionado por comités obreros durante la contienda, reduciendo drásticamente sus operaciones recreativas hasta la llegada de la posguerra, cuando la empresa recuperó la gestión activa del recinto.
La familia Andreu mantuvo la propiedad y el control de la Sociedad Anónima El Tibidabo durante casi un siglo. A lo largo de las décadas de 1950, 1960 y 1970, bajo la dirección de la familia Andreu, con figuras como José María Malagarriga Mirabell dirigiendo los hoteles La Masía y Florida, el parque vivió su mayor expansión moderna. Se renovaron las atracciones, se abrió la primera montaña rusa metálica y la pista de karts. En 1987 la familia Andreu lo vendió al empresario Javier de la Rosa a través del grupo KIO. En 2000 la Seguridad Social sacó a subasta pública los activos del parque de atracciones para cobrar las deudas acumuladas. El consistorio barcelonés, bajo la alcaldía de Joan Clos, ejerció el derecho de retracto y adquirió el parque de atracciones, el Funicular y las fincas adyacentes por 6,5 millones de euros. El parque pasó a ser de propiedad cien por cien municipal y su explotación se encomendó a la empresa pública Barcelona de Serveis Municipals.