Animación representativa del terremoto de la Candelaria que devastó Cataluña
Historia
El devastador terremoto de la Candelaria que arrasó Cataluña en 1428
El 2 de febrero de 1428 el terremoto de la Candelaria devastó Cataluña, causando más de dos mil muertos y enormes daños
El 2 de febrero de 1428, coincidiendo con la festividad litúrgica de la Candelaria, Cataluña sufrió el seísmo de mayor intensidad registrado de su historia. El fenómeno sísmico, conocido como el terremoto de la Candelaria, tuvo su epicentro en la comarca del Ripollès, en el entorno montañoso comprendido entre Queralbs, Camprodon y la Cerdaña.
La investigación geológica e histórica moderna sitúa la magnitud de este evento en un valor estimado de entre 6,3 y 6,5 en la escala de Richter, alcanzando una intensidad de grado IX, devastador, en la escala de Mercalli dentro de su zona epicentral. No constituyó un hecho aislado, sino la culminación de un ciclo de inestabilidad tectónica iniciado un año antes, en la primavera de 1427, con una serie de temblores precursores que afectaron con especial severidad a la comarca de la Garrotxa y la zona de Amer.
La coincidencia del seísmo con la mañana de la Candelaria determinó de forma trágica la magnitud de las pérdidas humanas. En el momento en que se produjeron las primeras sacudidas, entre las ocho y las nueve de la mañana, la mayor parte de la población civil se encontraba concentrada en los templos parroquiales y monasterios para asistir a la misa matutina y a la tradicional bendición de las velas. Los edificios de la época se caracterizaban por muros gruesos de mampostería e iglesias cubiertas con bóvedas de piedra de gran tonelaje. El derrumbe de las cubiertas atrapó en el interior de los edificios a cientos de feligreses.
Los daños materiales en las comarcas del Pirineo Oriental y el Prepirineo fueron absolutos. La villa de Queralbs quedó arrasada en su totalidad. De los 164 habitantes censados, 150 perdieron la vida bajo los escombros de las viviendas y del templo parroquial. En Camprodon, las sacudidas causaron el derrumbe parcial de las murallas urbanas, el colapso del puente sobre el río Ter y graves desperfectos estructurales en la abadía benedictina de Sant Pere. La villa de Puigcerdà experimentó pérdidas humanas severas debido al hundimiento de la iglesia parroquial durante el oficio religioso. El monasterio de Ripoll sufrió la caída del cimborrio y de partes sustanciales de la nave principal, un impacto del que tardaría décadas en recuperarse mediante complejas obras de consolidación. Sant Joan de les Abadesses perdió elementos estructurales críticos, requiriendo intervenciones de reconstrucción financiadas mediante aportaciones del poder señorial e institucional.
Las estimaciones fijan la cifra global de víctimas mortales en más de dos mil personas en todo el territorio catalán. Esta pérdida demográfica resultó catastrófica para una sociedad que acumulaba décadas de declive debido a las sucesivas oleadas de peste negra iniciadas a mediados del siglo XIV y al paulatino estancamiento económico del ámbito rural bajomedieval. La destrucción simultánea de graneros, molinos, puentes y vías de comunicación paralizó la actividad productiva en las comarcas afectadas, derivando en episodios secundarios de desabastecimiento e inflación de precios de los suministros básicos durante los meses posteriores al desastre.
Pese a que el núcleo epicentral se situaba a más de cien kilómetros de la costa, las ondas sísmicas se propagaron a lo largo de las fosas tectónicas prelitorales hasta alcanzar la ciudad de Barcelona. Alli el seísmo provocó escenas de pánico colectivo y causó oscilaciones notables en las edificaciones de la trama urbana delimitada por la muralla medieval. El suceso más destructivo documentado dentro del recinto urbano barcelonés tuvo lugar en la basílica de Santa Maria del Mar.
Durante la celebración de los oficios de la Candelaria en Santa Maria del Mar, las vibraciones del terreno afectaron a la estabilidad de la fachada principal. El gran rosetón de piedra, situado a gran altura sobre el acceso central, cedió en sus anclajes y se desprendió en su totalidad hacia el interior de la nave y la zona contigua del sotacoro. La caída de toneladas de piedra y vidrio sobre la multitud congregada causó la muerte instantánea de entre veinte y cuarenta personas, además de varias decenas de heridos por aplastamiento en el tumulto generado para abandonar el recinto. El desprendimiento del rosetón dejó un hueco estructural en la fachada que no se repararía hasta mediados del siglo XV, cuando el Consejo de Ciento y los gremios de la ciudad financiaron el diseño e instalación de un nuevo ventanal de estilo gótico flamígero.
El impacto del seísmo en Barcelona no se limitó a Santa Maria del Mar. Diferentes edificaciones del centro histórico experimentaron grietas, desprendimientos de cornisas y fallos estructurales en sus paramentos. En el barrio del Call, en la intersección de las actuales calles Sant Domènec del Call y Marlet, la vivienda de origen medieval catalogada como una de las más antiguas de la ciudad sufrió una deformación permanente en su verticalidad. La inclinación del paramento de la fachada respecto a su eje de sustentación ha perdurado sin variaciones significativas hasta la actualidad como evidencia directa de la deformación sufrida por el terreno en 1428.
Las repercusiones institucionales del terremoto fueron inmediatas. Las actas del Consejo de Ciento de Barcelona y los dietarios de la Diputación del General de Cataluña reflejan la adopción de medidas de emergencia encaminadas a la mitigación de los daños. El rey Alfonso V el Magnánimo, mediante provisiones reales dictadas tras la catástrofe, otorgó exenciones fiscales y quitas temporales de censales a las villas más castigadas del Ripollès y la Cerdaña para evitar la despoblación total de los valles pirenaicos. Se articularon partidas presupuestarias extraordinarias para la reconstrucción de las fortificaciones fronterizas y la red de puentes sobre los ríos Ter y Freser, considerados elementos estratégicos para la defensa y el comercio del Principado.
En el contexto de la sismología histórica, el terremoto del 2 de febrero de 1428 está catalogado como el evento telúrico de mayor relevancia geotectónica documentado en la Península Ibérica septentrional. La catástrofe se encuadra en el marco del sistema de fallas asociadas a la convergencia entre la placa Ibérica y la placa Euroasiática en el sector del Pirineo Oriental. El estudio de los registros documentales de este episodio ha servido a los geólogos modernos para evaluar los periodos de retorno de los seísmos de gran magnitud en la zona y para elaborar los mapas de riesgo sísmico aplicados a las normativas de edificación en la Cataluña contemporánea.