Pedro Bosch i Gimpera
Historia
El catalán que revolucionó la arqueología europea entre acusaciones de corrupción
Pedro Bosch i Gimpera revolucionó la arqueología española, generando su intensa carrera política admiración, graves acusaciones y exilio
La figura de Pedro Bosch i Gimpera, pionero de la arqueología moderna, rector universitario y consejero de Justicia de la Generalidad de Cataluña, osciló entre la investigación rigurosa y la política institucional. Admirado en los círculos científicos de toda Europa por su capacidad para ordenar el rompecabezas de la prehistoria peninsular, fue un objetivo para sus adversarios políticos, quienes vieron en él la encarnación del catedrático politizado y del funcionario acomodado a la sombra del poder.
Nacido en Barcelona en el seno de una familia de profunda y rígida fe católica, creció en un ambiente doméstico modesto, reservado y austero. Tan acusado era su recogimiento en sus primeros años que sus allegados llegaron a considerar seriamente su ingreso en el seminario para seguir la carrera eclesiástica. Aquel muchacho aparentemente desdichado y piadoso pronto encaminó sus pasos hacia el ámbito de los estudios superiores.
Tras matricularse en la Universidad de Barcelona y graduarse en Filosofía y Letras, su vocación científica se consolidó al obtener una beca de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE). Esto le permitió viajar a Alemania e instalarse en Berlín, donde entró en contacto directo con los métodos de la prehistoria y la arqueología europea de vanguardia. De la mano de maestros de la talla de Gustav Kossinna aprendió a aplicar análisis metodológicos inéditos en los medios universitarios catalanes.
A su regreso a España introdujo un enfoque científico revolucionario para el estudio de los orígenes de los pueblos peninsulares. Publicó monografías, dio conferencias e impulsó excavaciones. Con tan solo veinticinco años, en 1916, ganó la cátedra de Historia Antigua y Media de la Universidad de Barcelona, iniciando una meteórica carrera académica.
En la década de 1920 desplegó una hiperactividad institucional extraordinaria. Estuvo al frente de las investigaciones arqueológicas del Institut d'Estudis Catalans, organizó las excavaciones de la Mancomunidad de Cataluña y asumió la dirección del Museo de Arqueología de Barcelona. Sus detractores comenzaron a calificarle de arribista hábil, de aproximarse a las élites conservadoras de la Lliga Regionalista no por convicción ideológica, sino con el único propósito de escalar posiciones, asegurar financiación y acaparar cargos públicos. Se le reprochaba un afán de figurar, la búsqueda de dietas por sus desplazamientos y una actitud distante hacia sus tareas lectivas en la universidad, donde afirmaban que apenas impartía unas pocas horas de clase al año.
En este contexto socio-político irrumpieron las amonestaciones de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Se persiguió a los catedráticos que ocupaban las cátedras para dedicarse a la demagogia y a dar charlas antipatrióticas en lugar de enseñar. Mientras la propaganda de la dictadura encasillaba a hombres como Bosch i Gimpera dentro de esta nómina de malos docentes, sus partidarios defendían su ingente labor al frente del patrimonio cultural.
A pesar de su vinculación con el catalanismo, no dudó en colaborar con la organización de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, siendo nombrado asesor artístico del evento. Para sus críticos esto demostraba una moral acomodaticia y un pragmatismo filisteo que le permitía disfrutar de un alto nivel de vida y cobrar lucrativas compensaciones económicas sin importar el régimen vigente. Para sus defensores, era una muestra de su compromiso con la proyección cultural de Cataluña por encima de partidismos.
Durante la II República su compromiso político evolucionó hacia Acció Catalana. En el plano académico se convirtió en uno de los principales arquitectos del Patronato de la Universidad Autónoma de Barcelona, institución nacida al amparo del Estatuto de Autonomía de 1932. Designado rector en 1933 y presidente del Seminario de Historia Antigua, impulsó una ambiciosa reforma pedagógica basada en la autonomía docente, el bilingüismo y la apertura internacional. Los sectores conservadores lo consideraban un chiringuito para repartir sueldos y mantener falsos prestigios académicos a base de autobombo.
El momento crucial de su compromiso político fue durante el golpe de estado del 6 de octubre de 1934 protagonizado por Companys. Bosch i Gimpera estuvo al lado de las autoridades en el balcón institucional. Lo detuvieron y lo encarcelaron en el buque prisión Uruguay. Aquel encierro afianzó su perfil de víctima del centralismo ante sus partidarios, mientras que sus detractores sostuvieron que en la celda del Uruguay se forjó un profundo resentimiento hacia España, acusándole de intentar valerse de su renombre científico para esquivar responsabilidades penales.
A partir de julio de 1936 acumulo cargos y retribuciones. Lo nombraron rector de la Universidad, director del Museo, vocal del Patronato y, en 1937, consejero de Justicia de la Generalidad en representación de Acció Catalana. Su paso por la Consejería de Justicia generó feroces controversias. Sus opositores lo acusaron de ser un acaparador de sueldos que, mientras la población padecía carestía, percibía elevadas sumas públicas, realizaba viajes semanales a Perpiñán para evadir capitales o joyas en su vehículo oficial e incluso traficaba con víveres en el mercado negro. Se le recriminó pasividad frente a las violencias de los comités revolucionarios, al funcionamiento del Servicio de Investigación Militar (SIM) y a la existencia de las checas.
El episodio más controvertido de su gestión tuvo lugar en enero de 1939, a pocos días de la entrada de las tropas nacionales en Barcelona. Organizó y supervisó el embalaje y traslado hacia Francia de las colecciones del Museo de Arqueología de Cataluña. Esta acción fue calificada como un expolio cometido por un ladrón que apartó en cajas los objetos de oro, plata y marfil para su posterior venta en el extranjero. Para los organismos internacionales su intervención fue una gesta de salvaguarda que evitó la destrucción de esas piezas durante el avance bélico, asegurando su posterior conservación e íntegra devolución.
Al exiliarse residió en Inglaterra, impartiendo conferencias en la Universidad de Oxford. En 1941 se trasladó a México. Allí se convirtió en profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. De 1948 a 1950 dirigió la División de Filosofía y Humanidades de la UNESCO en París. Falleció en Ciudad de México en 1974, siendo enterrado en el Panteón Español de Ciudad de México.