Las protestas tuvieron lugar en 1789Ajuntament de Barcelona

Historias de Barcelona

El día que los vecinos de Barcelona salieron a quemar panaderías porque no podían pagar el pan

La primera barraca que ardió fue una en la Boquería, y también se quemó el Pastim

La noche del 28 de febrero de 1789, el gobierno del rey Carlos III dio la orden que se subiera un 50% el precio del pan. Una decisión que provocó un levantamiento en Barcelona, sobre todo por parte de las mujeres que no podían alimentar a sus familiares. Se quemaron varias barracas: en aquella época se vendía el pan en esta especie de chozas repartidas por toda la ciudad.

La primera barraca que ardió fue una en la Boquería, a las siete y media de la mañana. También se quemó el Pastim, la panadería municipal, donde se amasaba y cocía el pan. El capitán general de Cataluña, Francisco González de Bassecourt, conde del Asalto, tuvo que refugiarse en la Ciudadela.

Según el barón de Maldá –el principal cronista de Barcelona entre 1769 y 1819– «fueron los amotinados a casa de Torras para matarlo, o para apalizarlo, con la intención de quemarle la casa y todo el interior, teniendo que huir no sé si por el tejado o algún pasaje escondido». El tal Torras era el propietario de Torras y Compañía, y poseía la mayoría de las barracas de pan de la ciudad.

¡Fuera el hambre!

Al día siguiente, el 1 de marzo, crecieron las protestas al grito de «¡Fuera el hambre!» y «¡Viva el Rey, muera el general!». Los revolucionarios avanzaron hasta la plaza del Palacio, donde estaban las principales instituciones. Se enfrentaron a las tropas allí desplegadas que, presuntamente, salvaguardaban al conde del Asalto, aunque ya no estaba allí.

Ilustración de los 'rebomboris del pa', de 1789Wikimedia

El enfrentamiento supuso la muerte de un sargento y de un soldado, así como numerosos heridos. Algunas revolucionarias consiguieron entrar en la Catedral, de una forma poco ortodoxa, como explica el barón de Maldá, «profanando aquel lugar», para tocar una de las campanas a somatén. Sigue Maldá:

Gracias a Dios, se han parado por ahora los alborotos, volviendo el precio del pan al del año pasado a 5 sueldos, dando el gobierno las diligencias oportunas en ese lance tan crítico a fin de que no faltaría pan para la gente, ordenándose hacer pan en los molinos reales, y llevarlo a Barcelona con custodia de carros.

El levantamiento de Barcelona se extendió a Mataró, Sabadell y Vic entre el 1 de marzo y el día siguiente. La rebelión fue rápidamente sofocada por el ejército, con la deportación de un centenar de sublevados y seis condenados a muerte. El levantamiento supuso la destitución del conde del Asalto y el fin de la insaculación a partir de 1790.

Esto último era un sistema de selección de cargos municipales, implementado para combatir la corrupción, que consistía en introducir los nombres de los candidatos en un saco y extraerlos al azar para ocupar los puestos. Con ello se buscaba una forma más transparente y justa de designación.

Las ejecuciones

La líder de aquel movimiento revolucionario fue Josefa Vilaret, conocida como «la Negreta». Ella fue una de las ejecutadas, el 28 de mayo de 1789, junto a cinco hombres. Vilaret estaba casada y tenía dos hijos. Sobre aquellas ejecuciones, en la explanada junto a la Ciudadela, escribió el barón de Maldá:

En la tarde ha sido la sentencia de los pobrecitos y de la mujer en la horca de la Explanada, y con la resignación a la Divina Voluntad con la que han muerto. Hay fundamento para pensar que gozaran de Dios en la Patria Celestial, habiéndose arrepentido del mal que han hecho. Ha salido la Congregación de la Sangre con el Santo Cristo grande del Pino, y ha ido a la Ciudadela a buscar los presos, y acompañándolos al suplicio, habiéndose manifestado al Santísimo en la Parroquia Iglesia del Pino, habiéndose hecho sonar la campana Antonia.

Toda la tropa, he oído decir, que estaba sobre las armas en la Explanada formando cordón, y parte de la tropa alrededor del patíbulo, habiendo costeado el hábito de monja a la pobre mujer, la señora Condesa Clariana [maría Josefa de Sentmenat y de Clariana, hija del segundo marqués de Sentmenat], y habiéndose logrado poderse enterrar en la Catedral, lo que no a los 5, repartidos entre el Carmen, y el Coll de la Trinidad [en el actual barrio de Sant Andreu del Palomar]. Tales penas de esta pobre gente han entristecido a caso toda Barcelona, y muchos de un lado y otro que son foráneos, que están fuera y yo también en Esplugas con mis tres amados hijos.

Finalmente, aportamos el testimonio de una persona que estuvo presente en la ejecución:

Solo estos infelices son los que pagaron la pena. Los cogieron, los llevaron a la prisión del rey y una tarde los llevaron a la Ciudadela. Allí los pusieron en capilla y al tercer día los llevaron a la horca acompañados de muy poca congregación y poca gente, que casi no se veía a nadie por las calles, porque todas las casas tenían las puertas cerradas, que hacía un gran duelo con aquella gran quietud, que parecía Jueves o Viernes Santo. Toda la tropa de la ciudad y de la Ciudadela y la de Montjuic estaban a las armas, a un caso de que hubiera algún ruido.

El barón de Maldá comenta que él estaba en Esplugas. No fue el único. Muchos barceloneses abandonaron la ciudad como protesta por aquellas ejecuciones, si bien es cierto que se habían levantado en contra de una injusticia, consideraban más injusta su ejecución. Por eso, como protesta, abandonaron Barcelona y casi nadie asistió a la ejecución. Casualmente, poco después de aquel hecho, el 14 de julio de 1789, estallaba la Revolución francesa.