Retrato de Ildefons Cerdá pintado en 1878, por Ramón Martí
Historias de Barcelona
El ingeniero que iba para sacerdote y acabó revolucionando el urbanismo de Barcelona
Un repaso a la vida de Ildefonso Cerdá y a los detalles de su proyecto estrella, el Eixample de Barcelona
Ildefonso Cerdá Sunyer iba para sacerdote. Era el tercer hijo varón, y el cuarto en total, al haber nacido antes una chica: como no heredaría el Mas Cerdá de la Garga, en Centelles (Osona), su padre lo mandó al seminario de Vic para que estudiara latín y filosofía. Sin embargo, Cerdá no estaba por la labor y, enfrentándose a su padre, se marchó a Barcelona para estudiar arquitectura, náutica, matemáticas y dibujo.
De ahí, se trasladó a Madrid, y en 1841 obtuvo el título de ingeniero, tras estudiar caminos, puertos y canales. Durante bastantes años tuvo bastantes problemas económicos, al no tener ayuda familiar. Las cosas cambiaron, inesperadamente, cuando heredó el Mas Cerdá de la Garga: en 1837 murió su hermano Ramón, en 1844 su padre y en 1848 su hermano Josep. Con lo cual heredó todo el patrimonio familiar. Eso le permitió entrar en política: de ideas liberales y progresistas, llegó a ser diputado en el Congreso.
Ya como heredero del Mas, en 1848 se casó con la pintora Magdalena Clotilde Bosch Carbonell, hija del banquero Josep Bosch Mustich. Con ella tuvo a Pepita, Posita, Sol y Clotilde. Se comentó que la última era fruto de una relación extramatrimonial. Por eso se separaron en 1862. El Mas Cerdá de la Garga lo compró en 1890 Manuel de Llanza y Pignatelli de Aragón, duque de Solferino.
El Eixample
Sin embargo, la obra por la cual ha pasado a la historia y que luego copiaron otras ciudades, al ser un precedente importante para la planificación urbana moderna, es el Eixample de Barcelona. Y es que la idea de Cerdá supuso dar importancia a la higiene, a la movilidad, a la planificación integral y a una visión de la ciudad como organismo vivo y abierto.
Fotografía aérea del Eixample, en la que se ve el característico trazado de Cerdà
Aplicaron sus ideas urbanísticas ciudades como Madrid, París, Ámsterdam, Copenhague, o Berlín. Con ello el modelo cuadricular se extendió a aquellos lugares, que ampliaron y urbanizaron nuevos sectores de la ciudad.
Sin embargo, la idea de las cuadrículas no era un invento de Cerdá. Esta manera de urbanizar ya existía en Buenos Aires, Lima o Cienfuegos. Cerdá conocía estos proyectos: los estudió y consideró que el sistema funcionaría en Barclona. Las famosas manzanas que articulan el Eixample barcelonés, junto con las calles, son inspiración de las ya existentes en Buenos Aires y Lima.
En concreto, las de Lima eran de 125,40x11,10 metros y las de Buenos Aires de 117x9,20 metros. Cerdá las deja en 116x20 metros. Con lo cual Cerdá estableció que las manzanas deberían ser el mínimo con holgura suficiente y en relación con la altura, fondo de la parcela, ancho de la calle y habitantes por edificios.
Oposición del Ayuntamiento
En un primer momento el Ayuntamiento de Barcelona estaba en contra de construir el Eixample. Sin embargo, la imposición del gobierno central supuso que las obras empezaron en 1859. La idea de Cerdá estaba estructurada en vías y intervías. Las vías eran el espacio público de movilidad para el movimiento ciudadano, o bien a pie o en un futuro con otros medios de transporte. También las vías debían servir para colocar la red de servicios; esto es, gas, alcantarillado, agua y otros servicios.
También se colocaron 100.000 árboles en las calles, alumbrado público y mobiliario. Las intervías eran las manzanas, los espacios de edificios, donde vivirían las familias. En medio de estas manzanas, dentro de las cuadrículas, un patio a través del cual todos los pisos tendrían sol, luz natural, ventilación, tal y como pedían los movimientos higienistas de la época.
Si bien en un primer momento Cerdá organizó un primitivo Eixample, tuvo la visión de que, con el tiempo, las necesidades urbanísticas harían que la ciudad creciera. Por eso pensó en ello. Su proyecto suponía que el Eixample crecería ilimitadamente. Y es que el sistema de cuadrículas permitía ampliarlo hacia arriba y a los lados. Era como un puzle, sólo se tenían que añadir cuadrículas y respetar la idea original. Esto es, que las vías tuvieran los servicios necesarios. Crecían las vías y intervías y, con ellas, la ciudad de Barcelona.
Visión de futuro
Aunque en su momento la circulación de automóviles no existía, pues la primera patente es de 1886, fue visionario y decidió construir unas vías más anchas de lo normal de cara a un futuro. Y la verdad es que la estructura de las calles ha absorbido la circulación de coches sin demasiadas dificultades, a excepción de determinadas horas, y a veces por culpa de cambios urbanísticos que han roto la idea original de Cerdá.
Lo mismo hizo con la calle Aragón. La hizo mucho más ancha para dar cabida a dos viales de ferrocarril. Esto se resume en que las vías del Eixample tiene 20, 30 y 60 metros de anchura, según las necesidades del transporte. El Eixample tendría una capacidad para 800.000 personas.
La columna vertebral era la Gran Vía. A partir de ella se articulaba todo lo demás, y tenía tres plazas a lo largo de su recorrido: empezaba en la plaza Universidad, luego la plaza Tetuán y al final la plaza de las Glorias. Años después se amplió hasta la plaza España. Además, una de cada cinco calles era más ancha que las otras, como Urgell, Pau Claris y Marina.
Hay dos calles que rompen esta estructura uniforme. El Paseo de Gracia, para conservar el antiguo camino y darle protagonismo a esta histórica vía, que en su tiempo era el camino para ir a la Villa de Gracia. Ideada como un gran boulevard al estilo de los Campos Elíseos de París, mide 61 metros de ancho. La otra es la Rambla de Cataluña, que en su momento recogía el agua que venía de la montaña. Otras tres calle que no siguen el concepto cuadrícula son la Diagonal, Meridiana y Paralelo, cuyo trazado no es paralelo sino diagonal. Y esto lo hizo para respetar antiguas vías existentes de comunicación.