El panteón Batlló, en el cementerio de Montjuic de Barcelona
Rutas por Barcelona
Cadáveres en las paredes, maridos envenenados y monjes fantasma: una ruta por la Barcelona macabra
Un viaje por algunas de las historias y leyendas más truculentas de la Ciudad Condal
La calle Santa Ana alberga una de las leyendas más perturbadoras de Barcelona. Las paredes de esta calle no solo eran refugio para las familias, sino prisiones que ocultaban los pecados de una sociedad que no perdonaba ciertas conductas.
Dicen que allí vivía una joven de familia acomodada que se enamoró de un hombre de clase inferior, desafiando las estrictas normas sociales. Su padre, para evitar cualquier deshonra familiar, decidió borrar la existencia de su hija. De esta manera daría fin a aquella pasión contraria a cualquier principio moral.
Una noche sin luna la joven fue conducida a un rincón del sótano de la casa donde, piedra a piedra, fue emparedada. Durante décadas se escucharon terroríficos lamentos. Cuentan que, en las noches de viento, quien pasee por la calle Santa Ana, aún puede oír un sollozo ahogado que traspasa los muros de las casas.
Antes de la apertura de la Vía Layetana existía la calle de la Basea. Se dice que una joven de una familia noble fue castigada por un romance prohibido o por negarse a un matrimonio de conveniencia. Su castigo fue ser tapiada viva en un nicho dentro de su propia casa familiar. Durante el siglo XIX, antes de las grandes reformas urbanas de Barcelona, los vecinos evitaban pasar por ciertos tramos de la calle de noche, asegurando que se oían arañazos y rezos que provenían del interior de las piedras.
El hostal de los cadáveres
En los siglos XVI y XVII, esta zona estaba llena de hostales porque era el punto de llegada de los viajeros que venían de fuera de las murallas. La leyenda cuenta que en uno de estos establecimientos, el Hostal de la Flor del Lliri, situado cerca de donde hoy está el mercado de Santa Caterina, los viajeros que llegaban solos y con apariencia de tener dinero nunca salían por la puerta.
Los dueños del hostal aprovechaban el silencio de la noche para asesinarlos mientras dormían. Pero el problema era qué hacer con los cuerpos. Según la tradición utilizaban los gruesos muros de las paredes para esconder los cadáveres.
La Barcelona del siglo XIX, aunque bajo la apariencia del desarrollo industrial y el refinamiento de la burguesía, ocultaba una realidad doméstica donde el arsénico se convirtió en el arma predilecta de la traición. Era una época donde no estaba bien visto divorciarse y el matrimonio se convertía en una transacción económica y, muchas veces, en una jaula de oro tanto para mujeres como para hombres. El veneno empezó a ser conocido como polvos de sucesión o el remedio de las viudas.
Los crímenes pasionales con arsénico eran crueles, debido al silencio y la periodicidad con la cual se administraban las dosis. Envenenar a una persona requiere una gran frialdad. La mujer, muchas veces, atrapada en una relación abusiva o perdida en un romance prohibido, administraba pequeñas dosis de esos polvos en los caldos, cafés o medicinas del marido.
El arsénico, inoloro e insípido, mimetizaba los síntomas de enfermedades comunes de la época, como el cólera o la gastroenteritis, permitiendo que los maridos envenenados agonizaran durante días, mientras sus muertes se certificaban como causas naturales.
Juicios horrendos
La crónica negra de la época narra juicios que fascinaban y horrorizaban a la población por igual. Esos caso no solo revelaban las escenas ocultas de las casas barcelonesas, sino el atraso de la medicina forense.
La figura de la viuda negra tomó pulso en el imaginario popular, simbolizando el peligro que acechaba tras la sonrisa de una esposa abnegada. Por eso el germen de la desconfianza se instaló en la cabeza de muchos hombres temerosos de acabar muertos por envenenamiento.
Barcelona, como cualquier otra ciudad española, tiene grabada en la memoria leyendas vinculadas a los fantasmas. Donde hoy se levanta el Mercado de la Boquería existió, hasta 1835, el Convento de San José de los Carmelitas Descalzos.
Este fue atacado por una turba revolucionaria el 25 de julio de 1835. El inicio de la misma fue una mala corrida de toros en la plaza de El Torín de la Barceloneta. Muchos frailes fueron asesinados o tuvieron que huir. Cuenta la leyenda que diez días antes de la masacre, los vecinos de la Rambla escucharon cánticos fúnebres que provenían del interior del convento cerrado. Al mirar por las rendijas, supuestamente vieron a los monjes ya fallecidos celebrando un oficio, como un presagio de la muerte que acechaba a los monjes vivos.
Croquis del convento de San José de los Carmelitas Descalzos, en Barcelona
A finales del siglo XIX Barcelona vivió una auténtica psicosis colectiva. No era solo un fantasma, sino varios espectros los que se aparecían en diferentes puntos de la ciudad, siendo el del Palau de la Virreina uno de los más comentados. El fantasma solía aparecerse a mujeres jóvenes y criadas que iban a las fuentes públicas de noche o de madrugada.
Este iba cubierto con una sábana blanca o una capa oscura. Lejos de querer asustar por placer, el objetivo era el robo. Aprovechando el pánico de las víctimas, les quitaba los cántaros de cobre, joyas o dinero. La policía descubrió que la mayoría de estos fantasmas eran delincuentes comunes que utilizaban el disfraz para evitar ser perseguidos, ya que la gente, por superstición, huía en dirección contraria.
El panteón Batlló
En el cementerio de Montjuic encontramos el panteón Batlló, una joya ornamental que, por culpa de diferentes litigios generó la percepción de que estaba deshabitado o que el espíritu de quien debía estar allí no descansaba en paz. Los visitantes cuentan que las flores depositadas en sus escalinatas o cerca de su verja de hierro forjado se secan en cuestión de horas, incluso en días de clima fresco.
Una última historia: en la Plaza de la Garduña, detrás de la Boquería, se encontraron 25 esqueletos pertenecientes a personas de clases humilde. El lugar es conocido históricamente como el Corralet, un sector del antiguo cementerio del Hospital de la Santa Creu destinado específicamente a enterrar a personas marginadas, mendigos y fallecidos sin recursos o sin familia que reclamara sus cuerpos.