La masía de Can Sitjar, en una imágen de época restaurada con IA

Historias de Barcelona

El «colegio de la buena vida» de Barcelona que unía celebraciones religiosas, «siestología» y comida abundante

El origen geográfico y vital de este concepto se sitúa en la masía de Can Sitjar de Barcelona

La figura de Rafael d'Amat i de Cortada, el barón de Maldà, emerge en la historiografía catalana no solo como un cronista meticuloso, sino como el primer gran influencer de la sociedad barcelonesa, un hombre cuya pluma era capaz de validar la calidad de un chocolate o sentenciar el fracaso de una festividad con el peso de su opinión aristocrática.

Su obra magna, el dietario Calaix de sastre, constituye un monumento literario de dimensiones colosales que permite asomarse a la intimidad de la Cataluña de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sin embargo, es en la pieza titulada Col·legi de la Bona Vida («Colegio de la Buena Vida») donde su ingenio alcanza una cota de sátira y costumbrismo deliciosa, transformando una estancia rural en una parodia ilustrada de las instituciones académicas de su tiempo.

Este colegio no buscaba la instrucción en las artes liberales ni en las ciencias exactas, sino la graduación en el arte supremo del ocio, la gastronomía y la etiqueta social, pilares fundamentales de la nobleza barcelonesa.

El origen geográfico y vital de este concepto se sitúa en la masía de Can Sitjar, una imponente residencia señorial que se erigía cerca de lo que hoy conocemos como la plaza del Virrei Amat. En 1777, la finca era regentada por los masovers Sitjar, cuya figura central, Gertrudis Sitjar, conocida afectuosamente por el Barón como Tuies Sitjana, era descrita como una mujer de gran garbo y resolución.

La propiedad, que pasó a manos del marqués de Castellbell en 1786, se convirtió en un centro neurálgico para la alta sociedad. Fue precisamente con motivo de las bodas de la sobrina de la Tuies, en octubre de 1797, cuando el ambiente festivo y despreocupado de la estancia llevó al barón de Maldà a bautizar la masía como el Col·legi de la Bona Vida. Este espacio funcionaba como una singular combinación de casa de recreo, tertulia cultural y cenáculo ilustrado donde la devoción religiosa se entrelazaba sin conflicto con el placer de una merienda abundante.

El templo del paladar

La arquitectura de Can Sitjar reflejaba este espíritu de sofisticación. El edificio contaba con una gran fachada meridional de siete balcones, cada uno de los cuales se abría a estancias decoradas con alegorías de las artes, la música, la pintura y la historia. El comedor, de forma ovalada, presentaba pinturas alusivas a las cuatro estaciones, subrayando la importancia que el acto de comer tenía para sus moradores.

En este escenario, el Barón de Maldà desarrolló su currículo paródico, donde la resistencia gástrica sustituía al latín. Según sus propios escritos, para entrar en este colegio no se exigía saber de letras, sino poseer un estómago de hierro y una dentadura capaz de dar cuenta de los pollos y el chocolate de la ciudad. La gastronomía se elevaba así a la categoría de ciencia, y el paladar se convertía en el verdadero órgano de la cultura, por encima de los libros.

El barón de Maldà, Rafael d'Amat i de CortadaAyuntamiento de Barcelona

Entre la selecta concurrencia de Can Sitjar, destacaban figuras que combinaban el linaje con una profunda inquietud cultural. Estaban Francisco de Paula de Sentmenat de Clariana y Maria Antonio de Vilallonga Grimau, marqueses de Sentmenat; Manuel Cayetano de Amat Paguera y Escolástica de Amat Amat, marqueses de Castellbell; Pedro Díaz Valdés, obispo de Barcelona; el Canonge Ponsich, administrador del Hospital de la Santa Cruz; Benet Ribas Calaf, archivero el monasterio de Montserrat; mosén Josep Galobardes, terrateniente en Horta; Agustín de Láncaster, Capitán General de Cataluña; Juan Antonio Desvall de Ardena y María Teresa de Ribas de Olzinellas, marqueses de Llupiá y propietarios de Palacio del Laberinto de Horta; la familia Travi, propietarios de Can Travi; y la familia Glòria, propietarios de Can Glòria que, según el barón de Maldá «más tarde la torre fue comprada a los Glòria por el barón de Foixá, concretamente por Ignacio de Foixá»; Los de Can Tarrida; Manuela de Cruylles, propietaria de Can Joan; y otros propietarios de masías cercanas a Can Sitjar.

Eje de las tertulias

El chocolate ocupaba un lugar casi obsesivo en el universo del Barón. En sus lecciones de la tarde, dictaba que debía tomarse espeso y caliente, hasta el punto de que la cuchara pudiera sostenerse casi vertical, siempre acompañado de melindros y sin temor a ensuciarse, pues para ello existían los pañuelos de seda.

Este ritual no era solo un acto de consumo, sino el eje de las tertulias donde se intercambiaban chismes y se decidía el pulso social de la ciudad. Al mismo tiempo, el Col·legi funcionaba como un reducto de identidad tradicional frente a las corrientes externas. Maldà, de carácter conservador, detestaba la influencia de la Revolución Francesa y prohibía en sus aulas el uso del estilo de los moixons (franceses), abogando por reír y comer a la catalana, con vino del Priorat y sin las cortesías fingidas que llegaban del extranjero.

Las actividades incluían desde ceremonias religiosas y grandes banquetes hasta excursiones a pie por Sant Andreu de Palomar o Horta, todas ellas registradas con el estilo coloquial, espontáneo y plagado de castellanismos y galicismos propio del Barón, un lenguaje que reflejaba fielmente el habla de la nobleza barcelonesa de la época. Las asignaturas que se impartían eran gastronomía, no tener prisa al comer; tertuliana, conocer todos los chismes; siestología, un buen sofá y silencio; etiqueta, vestir peluca y seda, para no parecer un payés o un revolucionario.

El esplendor del Col·legi de la Bona Vida y de Can Sitjar no sobrevivió a la transformación urbana del siglo XX. A medida que Barcelona crecía, las tierras de la finca fueron fragmentándose para dar paso a nuevas urbanizaciones. En 1962, La Caixa adquirió el edificio a la familia Pujades, y poco después fue derribado para levantar el bloque de viviendas que hoy ocupa el número 16 de la plaza. De aquel enclave señorial solo queda el recuerdo en las páginas del Calaix de sastre y la toponimia de la zona, como el Paseo de Fabra i Puig, que nació de la urbanización del antiguo camino de Santa Eulalia en 1877.