El interior del piso de Projecte SostreProjecte Sostre

Reportaje

Techo y familia: el bajo de una parroquia en la Barceloneta que es un refugio para las personas sin hogar

Projecte Sostre ofrece desde 1992 techo, calor y acompañamiento familiar a seis hombres sin hogar, gracias a una red estable de unos 70 voluntarios

A comienzos de la década de 1990, en el barrio marinero de la Barceloneta, un grupo de amigos que se reunía para rezar y acudía a la Eucaristía empezó a hacerse una pregunta incómoda: qué podían hacer por sus propios vecinos que dormían en la calle, algunos nacidos allí y conocidos por nombre y apellidos por todo el vecindario.

Durante unos dos años, desde aproximadamente 1990, se reunieron con una idea clara: conocer mejor a esas personas, comprender su situación y buscar una forma concreta de acogerlas con dignidad, sin limitarse a colaborar con otras entidades, sino actuando en sus propias calles.

Inspirados por la experiencia de Arrels en el Raval y empujados por su párroco, fueron perfilando lo que acabaría siendo el Proyecto Sostre. Sabían que con una decena larga de voluntarios no bastaría, que harían falta al menos treinta personas involucradas para sostener una acogida estable. Mientras diseñaban el proyecto, lo explicaban a otros vecinos y amigos, invitándoles a sumarse.

El 9 de diciembre de 1992 dieron por fin el paso definitivo: en los bajos de la parroquia, el sacerdote les cedió el espacio y aquella noche abrieron la puerta a cuatro hombres concretos, con los que ya habían ido hablando en la calle y cuyos nombres conocían bien. Sin grandes pretensiones, solo querían ofrecerles acogida, acompañamiento y calor.

Aquella primera noche durmieron en unas hamacas de playa colocadas junto a una estufa, con mantas y con las bolsas en las que traían trozos de pan y algo de fruta. A las seis o siete de la mañana, los voluntarios les despertaron, les pidieron que salieran de nuevo a la calle y se marcharon a trabajar.

Dignidad e identidad

«Todo empezó así», recuerda la voluntaria entrevistada: de manera humilde, con lo mínimo, pero con una convicción muy clara. El nombre escogido, «Sostre» («techo»), resume bien esa intuición: para una persona que ha caído muy abajo, con la autoestima por los suelos y sumida en la desesperación, lo mínimo para empezar a levantarse es poder dormir bajo un techo, entre cuatro paredes, y no a la intemperie. A partir de ahí, con un vínculo humano estable, se puede iniciar el proceso de recuperar la dignidad y reconstruir la propia identidad.

Hoy, más de tres décadas después, el Proyecto Sostre se mantiene deliberadamente pequeño. Solo acoge a seis hombres a la vez, todos del entorno de la Barceloneta, y no quiere crecer.

La puerta verde de Projecte Sostre en la calle PescadorsProjecte Sostre

El espacio se parece a una casa de barrio: un bajo de tamaño similar al de un piso doble de la zona, con un comedor-cocina amplio a la entrada y una gran habitación donde duermen los seis, en camas cómodas separadas por biombos.

Cuentan con una ducha para ellos y, en la parte añadida, con dos habitaciones para los voluntarios, un pequeño despacho con la mesa y el ordenador de la educadora, armarios con medicación y ropa, lavadora, secadora, nevera y una ducha para quienes hacen la guardia nocturna. No hay más espacio, ni lo buscan: el límite de seis plazas forma parte del modelo, porque quieren mantener un ambiente familiar, tranquilo y muy personal.

En los primeros tiempos, los primeros acogidos dormían casi como venían de la calle, con muy poca exigencia: podían quedarse con el abrigo puesto o las zapatillas, sin grandes normas. Con el paso de los años, y siempre con mucha paciencia, el equipo fue introduciendo pequeños cambios: animarles a quitarse la ropa de calle y ponerse un pijama, enseñarles a usar sábanas, a avisar cuando están sucias, a recuperar hábitos básicos de higiene y cuidado personal que el tiempo en la calle había ido borrando. No se trataba de imponer normas de golpe, sino de acompañar a cada uno al ritmo que podía asumir.

El funcionamiento diario es sencillo y constante. Todas las noches del año, sin excepción, dos voluntarios abren el piso a las ocho de la tarde. Entre las ocho y las ocho y media van llegando los seis residentes. Dejan sus bolsas, se quitan el abrigo, se lavan las manos y se organizan los turnos de ducha, con días asignados para cada uno. Entre las ocho y las nueve, mientras algunos se duchan, otros se sientan a ver la televisión, juegan al dominó, al rummikub o al ajedrez, o simplemente charlan si les apetece. Nadie les obliga a contar su vida; la prioridad es la acogida tranquila, la escucha y la libertad.

A la mesa

La cena llega gracias a un grupo de vecinos que, por turnos, cocinan en sus casas seis raciones completas y las traen en ollas o recipientes. Hacia las nueve menos cuarto, los propios residentes ponen la mesa, cortan el pan y se sirven la comida en función de su apetito. Los voluntarios llevan sus fiambreras y todos cenan juntos, comentan el día o miran las noticias.

Después se reparte la medicación prescrita, siguiendo las indicaciones que la educadora deja por escrito, se ayudan con pequeñas curas –una pomada, una herida, un vendaje– y se pone la ropa sucia en la lavadora para el día siguiente. Quien quiere se afeita antes de acostarse. Cada uno se duerme cuando lo desea, normalmente antes de las once y cuarto; algunos se quedan un rato escuchando música o la radio.

La cocina de la casaProjecte Sostre

A primera hora, antes de las siete de la mañana, los voluntarios se levantan y se prepara el relevo. A las siete llega la educadora, que se queda con ellos de lunes a viernes hasta las once. Un voluntario puede pasar a ayudar con una ducha complicada, mientras la educadora organiza la agenda: citas médicas, análisis, visitas a la trabajadora social del barrio, entrevistas para talleres, gestiones de prestaciones, acompañamientos a recursos del entorno o incluso inscripciones en actividades como el gimnasio del barrio. Entre las nueve y las diez desayunan y, como máximo a las once, el piso se cierra: todos salen a hacer su vida, con el apoyo que ese día toque.

El papel de la educadora es esencial para reconectar a estas personas con el sistema de protección. Muchos llegan sin seguimiento médico, sin contacto con servicios sociales, sin una red mínima que les sostenga. A medida que la confianza crece, se va construyendo una trama de apoyos: tratamiento de enfermedades graves, inicio de programas para afrontar el alcoholismo o las drogodependencias cuando ellos lo aceptan y si las hay, tramitación de prestaciones, acceso a recursos más exigentes. Cada uno cuenta con un plan de trabajo adaptado a sus capacidades, sabiendo que habrá avances, retrocesos y recaídas, y que el proceso puede durar desde unos meses hasta cuatro o seis años.

Cuando la salud física cae por debajo de un umbral mínimo –por ejemplo, cuando la persona ya no puede desplazarse siquiera hasta el piso–, el objetivo pasa a ser encontrar una plaza en una residencia geriátrica, aunque no se haya alcanzado todavía la edad habitual. Este paso exige acompañar un duelo y una aceptación difíciles. Desde el Proyecto Sostre se mantiene el vínculo visitándoles, organizando turnos para no dejarles solos, incluso cuando ya han abandonado el recurso. La idea de fondo es sencilla: aunque no logren recuperar la salud física, sí pueden recuperar el afecto, el sentimiento de ser queridos y acompañados hasta el final.

Cada vez más jóvenes

El perfil de los acogidos ha cambiado con los años. Entre 1992 y finales de los noventa, la mayoría eran hombres de entre 50 y 80 años, muy cronificados en la calle, sin cuidado de la salud y con enfermedades graves no atendidas. Más tarde llegó una etapa con muchos migrantes, en especial del Este de Europa y de otros países lejanos, que apenas hablaban castellano y se encontraban completamente desarraigados. En la última década han observado un rejuvenecimiento del fenómeno: la media ronda los 60–65 años, pero cada vez llegan personas más jóvenes.

La voluntaria advierte contra el tópico extendido que atribuye la situación de calle exclusivamente al alcoholismo. A su juicio, esa idea es simplista e injusta. Tras muchos años escuchando historias, describen trayectorias marcadas por rupturas de pareja o familiares, peleas con los hijos, problemas laborales, discriminación hacia los más frágiles en entornos competitivos, despidos, periodos de desempleo de larga duración, migraciones forzadas o mal estado de salud.

A ello se suma, en muchos casos, la falta de una red de apoyo: cuando alguien pierde el empleo pero tiene familia o amigos que le ayudan, suele encontrar otra oportunidad; cuando la red es débil, la caída es mucho más dura. Con frecuencia las personas se ven abocadas a la calle y solo después, en medio del sufrimiento, recurren al alcohol o a las drogas como una forma de soportar la realidad.

La vida en la calle, advierten, genera una coraza. Quienes han pasado años durmiendo en portales o bancos acumulan indiferencias, insultos, humillaciones y miedos. Desconfían de cualquiera que se acerque y cuesta mucho establecer una relación de mínima confianza. En los primeros años del proyecto, llegar a esas personas tan cronificadas era especialmente complicado. Por eso, desde hace tiempo, Sostre intenta detectar y acompañar a personas que aún no llevan tantos años en la calle, para poder construir el vínculo antes de que el aislamiento se endurezca del todo.

Uno de los cambios más importantes que observan en las personas acogidas es precisamente el paso de la invisibilidad al reconocimiento. Al principio, muchos llegan con mucho recelo; nadie les interroga, pero tampoco se les trata como si no existieran. La vida diaria –ofrecer un poco más de sopa, comentar un programa de televisión, decir que uno ha ido al parque de la Ciutadella– favorece que la conversación vaya fluyendo.

Ellos empiezan a hablar de su país de origen, de su barrio, de algún recuerdo; los voluntarios comparten también fragmentos de su vida. En paralelo, se van consolidando los tratamientos médicos necesarios, se plantea el inicio de procesos para dejar el alcohol, se refuerza la autoestima. Las felicitaciones por cada pequeño avance («lo estás haciendo muy bien», «se te ve mejor», «tienes buena cara») les ayudan a tomar conciencia de que alguien se preocupa por ellos.

Una de las habitaciones del piso de Projecte SostreProjecte Sostre

Dos o tres veces al año, el grupo organiza alguna salida sencilla, como una costellada, donde comen, cantan, charlan y ríen juntos. Son momentos en los que, según explica la voluntaria, se sienten como cualquier otra persona, más integrados, menos al margen. En bastantes casos, el proceso culmina cuando el acogido empieza a ahorrar gracias a una prestación, se plantea buscar una habitación y comparte con los voluntarios sus planes para independizarse de nuevo. Entonces Sostre acompaña ese paso, sabiendo que no siempre será lineal, pero que es una conquista importante.

A lo largo de los 33 años de vida del proyecto han sido muchos los voluntarios que han pasado por la casa. En la actualidad calculan que son entre 65 y 70 los que sostienen el dispositivo. No todos tienen la misma disponibilidad: unos pueden ofrecer una noche semanal, otros dos o tres turnos al mes, otros solo uno. Hay personas mayores sin cargas familiares que asumen noches en festivos y fechas señaladas; otras, con hijos pequeños o jornadas laborales largas, participan con menos frecuencia. Pese a esta rotación, los residentes se aprenden de memoria el calendario: saben quién viene los martes, quién los miércoles, quién los sábados. Esperan a «su» voluntario con cariño y expresan sentirse privilegiados al comprobar cuántas personas distintas están pendientes de ellos.

Junto a los voluntarios de noche y a quienes cocinan, hay vecinas –sobre todo mujeres ya mayores– que no pueden hacer guardias pero se ocupan de comprar leche, yogures o fruta. Otros llevan la contabilidad, buscan subvenciones, hacen pequeñas reparaciones o acompañan puntualmente a visitas médicas. La idea es abrir muchas puertas a la participación: no es imprescindible pasar las noches fuera de casa para sumar al proyecto.

En cuanto a la sostenibilidad económica, el Proyecto Sostre se financia con aportaciones de algunos socios y donantes esporádicos, subvenciones públicas –especialmente de la Generalitat–, pequeñas ayudas de Cáritas y de la parroquia, fruto de la sensibilización que se realiza en las Eucaristías, y otras convocatorias a las que se presentan gracias al trabajo de un voluntario responsable de la contabilidad y de la búsqueda de ayudas.

Preguntada por lo que pueden hacer los lectores, la voluntaria empieza por lo más básico: mirar a las personas sin hogar, no pasar junto a ellas como si fueran objetos que molestan. Recomienda saludar, preguntar el nombre, presentarse, iniciar pequeñas conversaciones cuando sea posible. Al mismo tiempo, pide combatir en los propios círculos los comentarios xenófobos o aporofóbicos, recordando que detrás de cada rostro hay una historia de sufrimiento, desprecio, aislamiento y vergüenza que generalmente se desconoce.

Para quienes sienten una llamada a implicarse más, recuerda que en Barcelona existe una red amplia de entidades que trabajan con personas sin hogar en distintos barrios. En cada caso hay formas diversas de colaborar: voluntariado directo, apoyo en tareas de gestión o mantenimiento, acompañamientos puntuales, aportaciones económicas.

Desde su experiencia y su fe, la voluntaria resume que estas personas son, en el lenguaje del Evangelio, los preferidos de Jesús. Acompañarles, devolverles un techo, una mirada y una familia, aunque sea pequeña y provisional, es una manera muy concreta de hacerles justicia y de construir una sociedad más humana empezando por la propia calle.