Mapa de 1920 en el que se aprecia el llano de Barcelona

Mapa de 1920 en el que se aprecia el llano de BarcelonaFederico Armenter de Aseguinolaza, Federico Armenter de Monasterio, Ramón Armenter de Monasterio

Historias de Barcelona

De Gracia a Sarrià: los pueblos donde veraneaban los ricos que se han convertido en barrios de Barcelona

El llano de Barcelona ofrecía una panorámica muy distinta hace un siglo

Lo que se conocía como el «llano» de Barcelona durante los siglos XVII al XIX no tenía la estructura urbana que hoy conocemos. En primer lugar, Barcelona estaba amurallada, fuera de las cuales todo eran campos, a excepción de unos pequeños centros urbanos como Gracia, Horta, Sarrià o San Gervasio. Toda aquella parte era principalmente agrícola.

Sin embargo estos lugares funcionaban como lugares de recreo y estatus para la élite barcelonesa. El aire de la ciudad era muy pesado, al no regenerarse, y la aristocracia y burguesía se marchaba allí para descansar del bullicio de la ciudad y respirar aire fresco. Allí también consolidaban su poder económico al crear edificios exuberantes, jardines barrocos, fuentes y lugares de recreo.

En el Valle de Horta, el agua y el aire puro eran el verdadero lujo de la época. La actividad agrícola convivía con la construcción de fincas que servían como centros de producción y palacios de recreo. La obra más destacada es el Parque del Laberinto, propiedad de Juan Antonio Desvalls y de Ardena, marqués de Alfarrás. Situado en la falda de Collserola, este palacio es el máximo exponente del gusto neoclásico e ilustrado de finales del siglo XVIII, donde el laberinto de cipreses simboliza el control humano sobre la naturaleza.

El Laberinto de Horta, en una imagen de archivo

El Laberinto de Horta, en una imagen de archivoWikimedia

Cerca del antiguo núcleo urbano de Horta estaba Can Mariner, hoy una biblioteca pública, que dominaba toda la parte baja, mientras que Can Cortada, con su imponente torre de defensa medieval, recordaba el poder militar de la baja nobleza rural. Hoy es un restaurante.

Otras familias, como los Magarola en Can Carabassa, disfrutaban de fincas de recreo cuyos jardines barrocos delimitaron, con el tiempo, el actual barrio de la Font d’en Fargues.

La burguesía comercial también dejó huella en Horta como los Bacardí, vinculados al comercio con las Antillas, que impulsaron con su propiedad el crecimiento urbanístico del barrio. Los Glòria, por su parte, enriquecidos con el comercio de tejidos, buscaban emular el estilo de vida noble en el campo.

San Gervasio

Si nos trasladamos a San Gervasio de Cassoles, la estructura del campo cambió. No era una zona agraria como Horta, sino lo que llamaban el balcón de la ciudad, al ser un entorno elevado y con vistas privilegiadas al mar. Aquí la masía tradicional se transformó en villas señoriales, priorizando el jardín romántico y la fachada ornamental sobre la explotación agraria.

El acceso al agua en esta zona era un signo inequívoco de poder y fincas como Can Castelló, hoy centro cívico, destacaban por sofisticados sistemas de balsas que irrigaban jardines exóticos. Los Gomila, con torre cerca Plaza de la Bonanova, se enriquecieron con la industria textil.

Hacia la zona de la calle Mandri, la familia homónima representaba la burguesía agraria que escalaba posiciones mediante alianzas matrimoniales, controlando las vertientes que bajaban hacia el Torrente de Galvany. Esta zona era un refugio en el cual podían llegar con rapidez desde el centro de Barcelona, por eso muchas de estas familias fijaron allí su residencia.

Sarrià

Por parte Sarrià ostentaba una distinción superior. Era el enclave de los privilegios y la aristocracia de linaje. Su proximidad al Monasterio de Pedralbes y su independencia administrativa lo convirtieron en el lugar donde los nobles con títulos centenarios construyeron sus dominios más fastuosos. El símbolo indiscutible de este poder fue la familia Sentmenat, marqueses con el mismo apellido, cuya residencia era un palacio con jardines de estilo francés que demostraba su cercanía a la corona, actualmente acoge a EINA, Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona.

En la calle Mayor, los marqueses de Alós controlaban la vida social y religiosa de Sarrià desde su casa señorial. La Torre de los marqueses de Alós o casa del barón de Balsareny, estaba situada en lo que se conoce como Desierto de Sarrià.

A medida que el siglo XVIII avanzaba, la burguesía de los negocios de mar y los grandes comerciantes de la Lonja de Mar empezaron a adquirir propiedades como Can Roses o Can Ponsic, transformando antiguas explotaciones de vino y grano en residencias de lujo para ennoblecerse. En Sarrià no había casas de campo, sino villas, donde se celebraban fiestas o tertulias políticas que mantenían viva la red de contactos de la élite del bullicio urbano.

El elemento humano detrás de estas piedras y jardines era una compleja red de familias que buscaban distancia social. En gran medida por los olores de la ciudad, a menudo desagradables, derivados de la falta de higiene pública, como describe el barón de Maldá en su Calaix de sastre, era insoportable el hedor de los excrementos vertidos en la calle y las aguas estancadas en los antiguos canales.

El motivo es que Barcelona carecía de alcantarillado moderno. Maldá documenta la costumbre de vaciar orinales directamente por las ventanas. El olor a amoníaco y orina impregnaba los bajos de los edificios y las esquinas, algo que él asociaba con la falta de educación de la «canalla» (la plebe), aunque fuera una realidad transversal. Todo ello convertía el aire de la ciudad en algo irrespirable, sobre todo en los meses de calor.

Mercado de Sarrià

Mercado de SarriàAyuntamiento de Barcelona

Pues bien, a consecuencia de todo esto, Horta, San Gervasio y Sarrià, se convirtieron en lugares de veraneo. Solo regresaban a Barcelona para vigilar los negocios y regresaban allí. En invierno acostumbraban a volver a la ciudad. Como hemos dicho, teniendo en cuenta la rapidez con la que se podían llegar a ciertos lugares, decidieron quedarse allí y abandonar la ciudad. Al derribar las murallas y la transformación de zonas de la ciudad supusieron una evolución urbanística. No exageramos si decimos que Barcelona empezó a respirar aire puro.

La gestión del agua era otro factor crítico que unía lo técnico con lo social. En Ca n’Andalet, cerca de la Clota, la arquitectura robusta protegía sistemas de riego vitales para las huertas, mientras que los banqueros Tusquets, en San Gervasio, actuaban como puente entre los negocios del puerto y el descanso señorial de la montaña. Hoy nombres de calles como Mandri, Ganduxer, Arimon o Castelló no recuerdan aquel pasado del llano de Barcelona.

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