Romería de la Virgen de les Peces
Semana Santa
La dulce razón por la que Barcelona quedaba vacía el Lunes de Pascua
En las plazas de las ermitas, al son de un flabiol y un tamboril, se organizaban bailes populares
En la Cataluña de antaño, el Lunes de Pascua las poblaciones se quedaban vacías, y más Barcelona, porque la gente salía al campo para celebrar una jornada gastronómica la aire libre. Era el día de los aplecs y las romerías.
Eso sí, no se iba a cualquier sitio, sino a ermitas con fuentes. En el Empordà acampaban cerca de santuarios como el de Sant Pere de Rodes. Montserrat recibía cientos de familias que querían comer la mona frente al monasterio. En Tarragona la salida más famosa era a la ermita de la Salut o a las playa, donde se comía cerca del mar si el tiempo lo permitía.
Una de las tradiciones más curiosas y divertidas era el ritual de cascar el huevo. Antes de comer la Mona, se jugaba con los huevos duros que la decoraban. La tradición dictaba que debías romperlo en la frente de otra persona. Este gesto, aunque parezca una gamberrada, tenía un origen ritual de transferencia de la vida y era la señal de que por fin se podía empezar a comer el dulce. Mientras se rompía la persona debía decir «ací em pica, ací em cou, ací em trenco l'ou» (aquí me pica, aquí me escuece, aquí me rompo el huevo).
Como es natural las supersticiones también formaban parte de este día festivo. Se decía que si se comía la Mona bajo un árbol específico, como el nogal, se estaría protegido de picaduras de víboras durante todo el verano. Beber de siete fuentes diferentes el Lunes de Pascua garantizaba no tener dolor de garganta en todo el año.
Cantando ante los balcones
El lunes era el último día de las caramelles. Los grupos de jóvenes agotaban sus últimas energías cantando ante los balcones de las masías y casas señoriales. El lunes se recogía el botín final. Las cestas repletas de huevos, embutidos y monedas que luego servían para hacer una gran cena de hermandad entre los cantores.
En las plazas de las ermitas, al son de un flabiol y un tamboril, se organizaban bailes populares. Este día era fundamental para que los jóvenes solteros se conocieran fuera de la estricta vigilancia, naciendo muchos compromisos matrimoniales tras ese baile.
En diversos pueblos de Cataluña no sólo se comían los huevos de la mona, sino que se jugaba con los que sobraban. Estaba el juego del huevo, que era un concurso de puntería lanzandolos. En el Pirineo, los jóvenes pasaban por las masías aisladas recolectando huevos. Si la masía era generosa, cantaban canciones de bendición; si no, les dedicaban coplas satíricas o incluso les tiraban piedras a las gallinas.
Qué se comía
Como dijimos, el domingo se preparaba la comida para el día siguiente. Ahora bien, algunos preferían cocinar arroces con conejo y caracoles o asar carne a la brasa. Una cosa que no podía faltar era la butifarra de huevo, que algunos comían junto con la mona.
Aquellos que descartaban el conejo o el pollo hecho el día anterior, se llevaban tortillas, que era el acompañamiento perfecto porque se podían comer con las manos. Se usaban los productos de la huerta como habas tiernas, ajos tiernos y espárragos. Estas se acompañaban con rebanadas de pan.
Existía la creencia de que si durante la merienda en el campo se subía una hormiga a la Mona, tendrías un año de mucha prosperidad económica. Por eso algunos niños buscaban hormigueros para poner la cesta cerca. Las familias llevaban botas de piel o porrones para beber «a gallete». Si alguien derramaba vino sobre el pan, se consideraba un presagio de buena cosecha. En algunas zonas rurales de la Cataluña interior, las cáscaras de los huevos rotos se enterraban cerca de la fuente donde se había merendado para devolver la fertilidad a la tierra.
Al caer la tarde, las familias regresaban a sus pueblos y ciudades cantando y con las cestas vacías, marcando el fin oficial de la Semana Santa. Al día siguiente la realidad se imponía. Por eso ese día se conocía como Martes de la Anguila o Martes de los Sobrados. ¿Por qué Sobrados? La economía doméstica no permitía tirar nada.
El martes era el día que se gestionaban las sobras. Se hacían tortillas con los restos de la carne rustida del domingo o se troceaban los restos de la mona, que ya empezaba a estar dura, para mojarlos en leche. Se aprovechaban los huesos del cordero o el pollo de Pascua para hacer un caldo largo que servía para limpiar el estómago de los excesos de grasa del fin de semana.
El nombre de anguila está vinculado a los trabajadores que volvían a sus puestos de trabajo, después de toda una semana de vacaciones, estando malhumorados por la vuelta a la rutina. Se decía que el martes era el día de pescar la anguila. Los aprendices o los más jóvenes eran víctimas de bromas pesadas donde se les enviaba a buscar objetos inexistentes o se les gastaban novatadas para espabilar el cuerpo tras el letargo pascual.
En el siglo XVIII, el martes era el día en que mucha gente acudía a las iglesias a confesar la gula y los excesos cometidos durante el Lunes de Pascua. Ese día en el campo solía terminar con bastantes borracheras, cierto libertinaje, los juegos de azar y algún que otro altercado entre colles de jóvenes. El martes era el día de la penitencia pos-festiva.
Mientras que las grandes caramelles terminaban el lunes, el martes era el turno de los grupos más humildes o de niños que salían a rascar lo que quedaba. Iban por las tiendas de los barrios cantando versiones más cortas de las canciones a cambio de las sobras de los dulces que no se habían vendido o de algunas monedas sueltas. Los panaderos solían vender el martes, a precio muy rebajado, las Monas que se habían roto o que habían quedado deformes en el horno. En definitiva, el martes era el día de tornar al jou («volver al yugo») con cristiana resignación.