Niños jugando en el patio de 'la Prote', en los años 60
Historias de Barcelona
La sombría historia de 'la Prote', o el desamparo de los niños pobres en la Barcelona de los años 50
Analizar este centro es sumergirse en la arqueología de la exclusión barcelonesa
La Protección de Menores del Bogatell de Barcelona, que terminaría llamándose 'la Prote' o el Grupo Benéfico Wad-Ras, es uno de los episodios más complejos y sombríos de la gestión del desamparo infantil durante el siglo XX en España.
Situado en el Poblenou, barrio industrial y exponente del barraquismo que vivió Barcelona durante años. El edificio estaba situado entre las calles Llull y Wad-Ras, aunque hoy esta última se llama Doctor Trueta. Había sido una antigua fábrica, con techos altos, ventilación deficiente, naves diáfanas convertidas en dormitorios colectivos y frialdad.
Después de la posguerra el complejo fue un centro de observación y clasificación dependiente del Tribunal de Menores y de la Obra de Protección de Menores. Su función teórica era la de un albergue provisional de acogida, pero no en la realidad. Los niños y niñas que ingresaban lo hacían no por haber cometido delitos, sino por el simple hecho de existir en los márgenes del sistema.
Eran recogidos de las calles, de las playas de Somorrostro o de las barriadas de chabolas de la zona marítima. El criterio de ingreso se basaba en la Ley de Vagos y Maleantes o en normativas de protección que, bajo una retórica de salvaguarda o limpieza de la ciudad, escondían un mecanismo de segregación clasista. Una vez cruzado el umbral de Wad-Ras el menor perdía su identidad individual para convertirse en un expediente bajo observación.
Disciplina militar
La vida cotidiana en el interior de La Prote estaba regida por una disciplina de corte militar y una religiosidad punitiva. Los testimonios de los supervivientes describen un régimen donde el silencio era la norma y el castigo físico una herramienta pedagógica habitual. Al ser un centro de tránsito la incertidumbre se convertía en la principal carga psicológica para los internos.
Los niños permanecían allí semanas o meses mientras se decidía su destino final. Si presentaban síntomas de rebeldía o procedían de familias consideradas irrecuperables por el régimen, eran enviados a centros de reforma como el de Santa Maria de Gualba o a instituciones religiosas de clausura. Si se consideraba que su situación era de mera pobreza extrema, pasaban a formar parte del engranaje de los Auxilios Sociales o de orfanatos de larga estancia.
Vista panorámica de 'la Prote'
Los muros de la Protección de Menores separaban dos mundos. Por un lado las familias obreras y los habitantes de las barracas que vivían bajo el temor de que la camioneta de la Prote se llevara a sus hijos si estos eran vistos merodeando por la calle mientras los padres trabajaban en las fábricas. Por otro lado, la institución pretendía ser un muro de contención moral. El internamiento no solo buscaba dar techo y comida, sino reeducar a los hijos del proletariado en los valores del nacional-catolicismo.
El edificio al no haber sido diseñado como hogar, sino para la producción industrial, era hostil. Las grandes salas generaban ecos que amplificaban la sensación de desamparo y las condiciones térmicas eran extremas. En invierno, el aire del mar que penetraba por los ventanales mal ajustados convertía los dormitorios en neveras, mientras que en verano el calor se acumulaba bajo los techos de fibrocemento y teja.
La alimentación era otra de las carencias crónicas. El presupuesto destinado a la manutención de los menores solía ser exiguo y, con frecuencia, mermado por la corrupción interna o el desvío de recursos hacia otros fines. Las sopas aguadas, el pan negro y las legumbres con gorgojos forman parte de la dieta de quienes habitaron aquel recinto.
En las décadas de 1950 y 1960 el centro fue adaptándose. La presión demográfica causada por la inmigración masiva hacia Barcelona desbordó las capacidades de Wad-Ras. La institución empezó a albergar no solo a niños en situación de calle, sino también a jóvenes en situación de riesgo social derivado del consumo de sustancias incipientes o de la prostitución de subsistencia.
Fue en esta transición cuando el nombre de Wad-Ras empezó a ligarse también a la reclusión femenina. La convivencia, aunque separada, de diferentes perfiles de exclusión en un mismo recinto acentuó el carácter carcelario del lugar. La frontera entre la protección y la privación de libertad se volvió invisible.
Con la llegada de la democracia y la reforma de las instituciones penitenciarias y de menores, el complejo fue transformándose hasta convertirse en el actual Centro de Prevención de Mujeres Wad-Ras. El impacto psicológico en los menores que pasaron por el Bogatell fue traumático. Muchos de aquellos niños recuerdan la sensación de ser mercancía en un almacén humano.
El desarraigo familiar provocado por ingresos arbitrarios y la falta de un sistema de visitas normalizado fracturó arraigos familiares. Perder a un hijo en el engranaje de la Protección de Menores podía significar no volver a verlo en años, o recuperarlo convertido en un extraño que había aprendido a sobrevivir mediante el silencio y la sumisión.
Un recordatorio triste
El Grupo Benéfico Wad-Ras fue un laboratorio de ingeniería social donde se intentaba moldear a la infancia más vulnerable bajo los estándares de una España que veía en el pobre a un culpable potencial. Hoy los muros de Wad-Ras permanecen como un recordatorio de una ciudad que no siempre supo o quiso cuidar a sus ciudadanos más pequeños.
La historia de la Protección de Menores del Bogatell es la crónica de un fracaso asistencial que se compensó con un éxito represivo. Es el registro de un tiempo en el que la beneficencia se ejercía con mano de hierro y en el que la infancia de los barrios humildes era una propiedad gestionable por tribunales y juntas de protección.
Analizar este centro es sumergirse en la arqueología de la exclusión barcelonesa, donde cada ladrillo del viejo edificio parece guardar el eco de los juegos prohibidos y los llantos sofocados de miles de niños que solo conocieron la ciudad a través de las rejas de una antigua fábrica de la calle Llull. La Prote sobrevive en la memoria no por sus logros pedagógicos, sino por haber sido el primer contacto de muchos con la dureza de un sistema que castigaba la pobreza antes que combatirla.