Joaquín Blume, el "ángel dorado"

Joaquín Blume, el «ángel dorado»

Historias de Barcelona

El vuelo que truncó la vida del «ángel dorado» de Barcelona, el gimnasta más completo de España

Joaquín Blume estaba llamado a ser un icono en su disciplina

Sin lugar a dudas el gimnasta español más completo de todos los tiempos ha sido Joaquín Blume Carreras, apodado como «el ángel dorado». No solo fue un gimnasta. En él se personifica la excelencia, la perfección y la desgracia.

Nació en Barcelona el 21 de junio de 1933. Su padre, Armando Blume Schmädecke era profesor de gimnasia. La mezcla entre el carácter alemán y el mediterráneo forjó a un atleta cuya elegancia en los aparatos se convirtió en una leyenda que, décadas después de su desaparición, sigue vibrando con la fuerza de lo que pudo ser y no fue.

Blume no necesitó mucho tiempo para demostrar que su cuerpo estaba diseñado para la gimnasia. Bajo la mirada severa y experta de su padre en el gimnasio familiar de la calle Padua, el joven Joaquín comenzó a dominar los diferentes aparatos. A los quince años ya era campeón de España, un título que revalidaría de forma ininterrumpida durante una década, demostrando que en el ámbito nacional no tenía rival.

Blume se profesionalizó. Su rutina era espartana, sus entrenamientos interminables y su ambición era absoluta. Su presentación al mundo llegó en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952, donde a pesar de su juventud, logró puestos destacados que presagiaban sus futuros éxitos.

La cumbre de su carrera

El momento cumbre de su carrera fueron los Campeonatos de Europa de París en 1957. Allí, frente a los todopoderosos gimnastas soviéticos que dominaban la disciplina con mano de hierro, el barcelonés realizó una exhibición de fuerza y plasticidad que dejó boquiabiertos a los jueces y al público galo.

Blume se proclamó campeón de Europa absoluto, superando al legendario Yuri Titov, uno de los mejores gimnastas artísticos soviéticos. Sus ejercicios en las anillas, donde la fuerza se transformaba en una quietud escultural, se convirtieron en el canon a seguir. Joaquín Blume era, en ese instante, el hombre que vencía a la gravedad con una sonrisa tranquila.

Blume, en una imagen de archivo

Blume, en una imagen de archivoRTVE

La gloria deportiva de Blume estuvo bajo la sombra de las decisiones políticas. El año anterior a su consagración en París, en 1956, los Juegos Olímpicos de Melbourne se presentaron como la gran oportunidad para que el gimnasta asaltara el podio olímpico.

Estaba en un estado de forma envidiable, sus marcas eran superiores a las de sus competidores y el mundo esperaba ver el duelo entre el español y los soviéticos. La política dinamitó ese sueño. El régimen de Franco decidió boicotear los Juegos en protesta por la invasión soviética de Hungría.

A pesar del desencanto de Melbourne, Blume no se rindió. Su mirada estaba puesta en Roma 1960. Sabía que aquellos serían sus Juegos, el escenario perfecto para cerrar un círculo de esfuerzo y sacrificio. En 1959, era un ídolo de masas, una figura respetada por su humildad y su caballerosidad. Casado con María José Bonet y padre de una niña, buscaba el equilibrio entre la alta competición y la estabilidad familiar. El destino, caprichoso y cruel, lo tenía preparada una sorpresa en las cumbres de la Serranía de Cuenca.

Un trágico final

El 29 de abril de 1959, Blume se despidió de su familia en Barcelona para viajar a Madrid y de allí a una exhibición en las Islas Canarias. El avión en el que viajaba, un Douglas DC-3 de la compañía Iberia, nunca llegó a su destino. En medio de una tormenta de nubes bajas y errores de navegación, la aeronave se estrelló contra la ladera del pico del Telégrafo, en la zona de Valdemeca.

No hubo supervivientes. En el accidente perdieron la vida Joaquín Blume Carreras; María José Bonet, su esposa; Pablo Müller García, gimnasta; Raúl Abad Rubio, gimnasta; Manuel Arroyo Villaescusa, gimnasta; José J. Vasallo Blanco, gimnasta; José María Quetglas; entrenador nacional; Carlos Rodríguez de la Fuente, juez internacional; Pilar García, gimnasta; Pilar González, gimnasta; Olga Soler; gimnasta.

El país entero guardó un silencio sepulcral ante la pérdida del que era, sin duda, su atleta más querido y brillante. Se fue el hombre, pero nació el mito. La muerte de Blume a los 25 años dejó un vacío incalculable en el deporte español.

Se perdió no solo a un campeón, sino a un pionero que había demostrado que, con rigor y pasión, un español podía ser el mejor del mundo en una disciplina técnica y exigente. Su legado no se midió solo en trofeos, sino en la inspiración que dejó para las generaciones venideras.

Tras su desaparición, se creó la Residencia Joaquín Blume en Madrid, un centro de alto rendimiento que se convirtió en el motor de la transformación del deporte en España, permitiendo que otros atletas tuvieran las oportunidades y los medios que él a menudo tuvo que suplir con puro empeño personal.

Un gimnasta único

Su técnica era tan depurada que incluso los jueces más estrictos de la época reconocían que su gimnasia tenía un componente artístico que rozaba lo místico. No era solo potencia. Era la armonía de un cuerpo que dialogaba con el espacio. A menudo se especula sobre qué habría pasado en Roma 1960. Los expertos coinciden en que el oro era suyo, en que habría sido el primer gran héroe olímpico de la España moderna.

El impacto de su pérdida fue tan profundo que la gimnasia española tardó décadas en recuperarse. Hubo que esperar mucho tiempo para que otros nombres volvieran a brillar con la misma intensidad en el tapiz y los aparatos. No fue hasta la década de 1990 cuando Jesús Carballo se proclamó bicampeón mundial de barra fija.

En 2005, 48 años después del gran triunfo de Blume, Rafael Martínez logró de nuevo la medalla de oro en un concurso completo del Campeonato de Europa. Sin olvidarnos del tres veces medallista olímpico Gervasio Deferr. 67 años después de su muerte su figura sigue presente en cada pabellón que lleva su nombre y en cada joven gimnasta que, antes de enfrentarse a las anillas, mira hacia arriba buscando un poco de esa serenidad que Joaquín Blume desprendía cuando clavaba el Cristo en las anillas.

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