Ilustración del 'Negro de la Riba', en la Barceloneta, publicada en 'Els barris de la ciutat' (1953)
Historias de Barcelona
El mascarón de proa que las madres de la Barceloneta usaban como hombre del saco
La historia del «Negro de la Riba» conjuga misterios marineros y advertencias maternas
Dentro de las leyendas urbanas y populares de la ciudad de Barcelona tenemos una que está unida al barrio de la Barceloneta. Está referida al conocido como «Negre de la Riba» («negro de la riba»), y en ella se mezclan la leyenda y la realidad. Para los que la desconozcan, pasamos a narrarla a continuación.
Las olas del mar siempre han tenido la costumbre de arrastrar hacia la Barceloneta cosas que, con toda probabilidad, los de tierra firme desearían que no hubiera pasado. A mediados del siglo XIX, tras una fuerte tormenta, la olas arrojaron sobre las rocas del muelle el mascarón de proa de una corbeta cuyo nombre nadie recordaba. Era la figura tallada de un hombre de piel oscura, con la mirada fija en un punto infinito y una expresión que daba escalofríos.
Vicente, el dueño de una de las tabernas más concurridas del puerto, Can de la Riba, lo vio medio enterrado en la arena. Al acercarse tuvo una rara sensación que no supo interpretar si como codicia o como piedad. Con la ayuda de tres marineros y dos cabos de cáñamo arrastró aquella pieza de madera hasta su taberna y la colgó con los pernos de hierro, que tenía en la parte trasera, encima de la puerta principal. En ese momento nació la leyenda del Negro de la Riba.
Reproducción en fibra de vidrio del Negre de la Riba, que se encuentra en el Museo Marítimo de Barcelona
Aquel trozo de madera crujía por las noches. Cuando cambiaba la temperatura contraía las fibras castigadas por la sal. El barrio de la Barceloneta no tardó en otorgarle una vida secreta. Los pescadores juraban que los ojos del mascarón se movían sutilmente para seguir el rumbo de las barcas que salían a faenar al alba. Si la mirada se inclinaba a babor la pesca sería buena. Si se fijaba en el espigón era mejor no alejarse de la costa.
Con los años la taberna Can de la Riba se convirtió en el centro de un extraño magnetismo. El humo del tabaco de contrabando, el olor a sardinas y el eco de las canciones se mezclaron con las supersticiones de los hombres de la mar y aquel mascarón.
«Bajará de la pared»
Para los niños del barrio el Negro de la Riba no era un adorno ni un vestigio de navegación. Era el vigilante silencioso de sus calles adoquinadas. Las madres de la Barceloneta, cansadas de perseguir a sus hijos por los callejones estrechos o de evitar que se lanzaran de cabeza a las aguas traicioneras del puerto, encontraron en aquel mascarón a su aliado perfecto.
No hacía falta inventar monstruos lejanos cuando tenían uno clavado en la fachada de la taberna Ca de la Riba. Por ello se inventaron una frase lapidaria que aterrorizara a sus hijos. Les decían «si no entras ahora mismo a cenar, el negro bajará de la pared y te llevará en su saco de lona húmeda».
La frase empezó a mezclarse con la ficción y el miedo recorría las calles de la Barceloneta, sobre todo las noches de tempestad. Los niños juraban que, cuando el viento soplaba con fuerza se oía el lamento de la vieja madera despegándose de la fachada de la taberna. Decían que el Negro de la Riba descendía, con pasos pesados que hacían temblar los adoquines húmedos, sin poder caminar al faltarle las piernas, pero arrastrando su colosal torso por las esquinas oscuras. En su recorrido buscaba a aquellos niños que habían desobedecido a sus padres.
Muchos de aquellos niños aseguraban haber visto marcas de carcoma y salitre en el picaporte de sus puertas al amanecer, como si una mano de roble hubiera estado tanteando la entrada. La fascinación y el pavor se mezclaban de tal forma que cruzar por delante de la taberna se convirtió en una prueba de valor para cualquier adolescente de la Barceloneta.
Había que mirarlo fijamente a los ojos sin parpadear. Si se aguantaba la mirada tres segundos, el Negro de la Riba te concedía la gracia de no naufragar jamás. Si apartabas los ojos antes de tiempo, el destino quedaba sellado a una vida de mala fortuna.
El declive de la figura
El paso del tiempo fue desgastando la madera del mascaron y la paciencia de los viejos taberneros. Aquella zona empezó a transformarse. El vapor sustituyó a las velas y las grandes tabernas marineras fueron perdiendo su clientela de rostros curtidos por la sal para dar paso a la modernidad.
Llegó el día en que Can de la Riba cerró sus puertas. La tarde que unos operarios fueron con palancas para descolgar la figura una clama chicha inusual se apoderó del puerto. No soplaba ni una brizna de aire. Los testigos afirmaron que el hierro de los pernos quemaban al tacto. Cuando el mascarón fue bajado un suspiro de aire atrapado en su pecho de madera apagó de golpe las farolas de la calle.
Aquel mascarón desapareció de la vida pública de la Barceloneta. Se dice que fue guardada en un almacén y otros que cayó en manos de algún coleccionista, que vio en ese trozo de madera un gran valor. Por algún motivo cayó en manos de un artista. Se rumoreaba que en la cada de ese artista los espejos de las habitaciones reflejaban, a veces, la silueta de un navío flotando en la penumbra. A principios del siglo XX lo compró un tal Josep Moragas que lo puso como decoración de la fachada de su casa en el barrio de El Carmel.
Pasó a manos de la familia Pla que, en 1934, lo dio en el Museo Marítimo de Barcelona, lugar donde actualmente se puede ver la figura auténtica y donde se descubrió que no se trataba de un guineano sino de un indio iroqués. Una reproducción, hecha de fibra de vidrio, del Negro de la Riba lo podemos ver, desde 2005, en la Plaza de la Barceloneta.