La cárcel Modelo Barcelona se puede visitar actualmente

Historia

Terror y torturas: los últimos días en la cárcel Modelo ante el colapso de la Barcelona republicana

Un relato en primera persona de los últimos días antes del final de la guerra

El testimonio de Lope Fernández Martínez de Ribera, publicado en el periódico Solidaridad Nacional en octubre de 1939, constituye una crónica estremecedora de las jornadas vividas por los presos políticos en la Cárcel Modelo de Barcelona durante los últimos días de la Guerra Civil.

Bajo el título El SIM en la Modelo, detalla el clima de terror infundido por el Servicio de Investigación Militar (SIM), la constante amenaza de ejecución o traslado a campos de trabajo, la desesperante espera del avance de las tropas nacionales y el caótico episodio que condujo a su liberación.

La mera mención del SIM provocaba angustia y pánico entre los reclusos de la Modelo. Muchos de ellos ya albergaban en su cuerpo y espíritu las huellas y secuelas de las torturas sufridas en las chekas. Para los reclusos las mayores amenazas residían en los señalamientos de causas con pena de muerte, el traslado a campos de concentración o trabajos forzados en fortificaciones, y el temor a recaer en las garras del SIM.

A medida que el frente se acercaba el odio de los carceleros se intensificaba. La angustia convivía con un profundo sentimiento patriótico entre los presos. Aquellos que sabían que su fin podía estar cerca redactaban cartas póstumas dirigidas a sus familias, instando a sus esposas a educar a sus hijos en el amor sagrado a la causa nacional.

El brutal registro e incomunicación

Un domingo las autoridades de la prisión despertaron a los reclusos con la orden impetuosa de bajar a los patios. Los oficiales les transmitieron la noticia que los agentes del SIM habían tomado el control de la Cárcel Modelo.

Los presos fueron llevados a los patios exteriores, donde permanecieron vigilados durante más de diez horas sin recibir alimento ni agua. Mientras los reclusos sufrían las mofas y el maltrato de los guardias del SIM, en el interior de las galerías se ejecutaba un registro violento e implacable. Desde los patios los reos escuchaban el estremecedor estrépito de muebles rotos, cristales rotos y objetos lanzados al suelo.

Al regresar al anochecer a sus celdas, tras ser sometidos a incautaciones y minuciosos cacheados personales, donde les arrebataron dinero, herramientas de aseo, objetos de valor y medicinas, hallaron sus pertenencias destruidas y las raciones enviadas por sus familias pisoteadas.

Barcelona, en 1938David Seymur / Magnum Photos

Al día siguiente del severo registro, comenzaron a circular rumores sobre la evacuación inminente del penal. La amenaza se materializó pronto con la lectura pública de extensas listas por orden alfabético.

Aquellos cuyos nombres eran pronunciados rompían a llorar en medio del silencio desconsolado de sus compañeros. Los abrazos de despedida entre amigos se sellaban con la trágica certeza de que muchos marchaban hacia un destino fatídico. Iban a ser fusilados en cunetas o descampados. Durante la madrugada las lecturas de los listados no cesaron. La desesperación reinante en la galería impulsó un intento de resistencia silenciosa que evitó nuevos traslados, obligándolos a regresar a las celdas desoladas y frías por la ausencia de los compañeros arrastrados hacia la muerte.

Al atardecer el SIM obligó a formar a los reos en dos filas para someterlos al examen de un médico de la institución, quien se mofaba cínicamente de los ancianos que alegaban enfermedades para no ser evacuados. Se elaboró un censo exhaustivo con los nombres de la totalidad de los presos del penal. La tensión se elevó hacia la medianoche cuando Lope Fernández fue avisado, por un ordenanza, que una comisión de presos de la CNT-FAI negociaba con la dirección de la cárcel la posible liberación masiva de reclusos antifascistas.

La frustrada evacuación final

La noche transcurrió con el estruendo constante de los bombardeos de la aviación franquista. Al amanecer se ordenó a todos los reclusos recoger sus pertenencias y salir al patio. Cercados por guardias de asalto, armados con subfusiles naranjeros, copia del alemán MP-28, los reclusos marcharon en hilera hacia los camiones estacionados en la calle. Sabían que iban a ser ejecutados.

Cuando empezaban a subir a los vehículos irrumpió un oficial, del ejército de Negrín, con la contraorden de retornar los presos a sus celdas. El colapso de las rutas de escape e infraestructuras viales impidió el traslado.

Ante la inminente caída del frente republicano los presos organizaron un plan de autodefensa. Un oficial afín, el capitán Regalado, coordinó a los jefes de galería. La consigna era clara. Atrincherarse, negarse a salir si el SIM regresaba a buscarlos y convertir cada celda en una fortaleza, resistiendo hasta la llegada del ejército, que ya se encontraba en el río Llobregat.

El SIM pretendió forzar la entrega de los presos amedrentando con armas al director de la Modelo, pero la mediación de los enlaces de la red interna de conspiradores frustró sus pretensiones. Ante el inminente avance nacional y el vacío de poder en una Barcelona sin gobierno, los guardias de asalto y los carabineros abandonaron el recinto penitenciario.

La liberación y el desenlace

La mañana de la liberación la Cárcel Modelo quedó totalmente desprovista de custodia exterior. Lope Fernández acudió armado a las inmediaciones del penal y observó la presencia de paisanos armados. Entre ellos reconoció a Valentín Sánchez, un guardia de asalto adscrito a la causa nacional que operaba encubierto como barbero en la cárcel y que había simulado durante meses una cojera para no ir al frente.

Sánchez y su hombres armados tomaron posiciones en los portales colindantes y aseguraron la salida de los prisioneros. Sin pertenencias los reclusos comenzaron a abandonar la cárcel en libertad.

El relato concluye en el despacho de la casa de Lope Fernández, donde se reunió con sus compañeros de celda, el aviador alemán Walter Neumann, el dibujante Parcerisas, el poeta Rafael de León y Santiaguito López. Junto a su familia, entre lágrimas y abrazos de jubilosa victoria, cantaron «con el alma rendida a la gracia de su creador unos cuantos hombres que hasta unas horas antes se creyeron abandonados por el Cielo» el Cara al Sol.