Barceloneses durante el eclipse de 1905
Historia
Frío repentino, sombras y silencio absoluto: así vivió Barcelona el último gran eclipse, hace más de un siglo
El 30 de agosto de 1905 Barcelona se preparaba para una cita astronómica que llevaba meses comentándose
El 30 de agosto de 1905 Barcelona se preparaba para una cita astronómica que llevaba meses comentándose en tertulias de café, redacciones de periódicos y ateneos obreros. El Sol iba a ocultarse al mediodía. Aunque la franja de totalidad cruzaba la Península unos kilómetros más al sur, la capital catalana se preparaba para presenciar una ocultación del 97,7 %. Un porcentaje suficiente para alterar el ritmo de la vida cotidiana y sumergir a la ciudad en una penumbra inédita.
Desde primeras horas de la mañana comenzó el movimiento. Quienes podían permitirse el lujo de no trabajar prepararon cestas de mimbre con fardos de comida, botellas de vino fresco y fiambre. La consigna era ganar altura. Subir significaba huir del humo del llano fabril y despejar el horizonte para mirar el cielo.
Las colinas de la ciudad se convirtieron en el destino de una marea humana. El cerro de la Rovira, el Turó de la Peira, Montjuïch y el Tibidabo. El recién estrenado tranvía azul y el funicular trabajaron a destajo subiendo vagones abarrotados de gente. Arriba, entre los pinos y los miradores todavía a medio construir, la gente fue acomodándose en el suelo como en un picnic masivo, convirtiendo una anomalía del cosmos en un día de fiesta popular al aire libre.
Delante del Gran Hotel Tibidabo, la Casa Dalmau Montero, establecimiento especializado en óptica y aparatos científicos de la Ronda Universidad número 20 de Barcelona, instaló toda una serie de visores y telescopios para poder ver el fenómeno con más detalle. Se organizó un concurso fotográfico. Se rodó una película titulada La cúspide del Tibidabo el día del eclipse, que se proyectó en el Cinematógrafo Napoleón.
La vida se ralentizó
En las calles del centro la escena tenía un aire más improvisado pero igual de efervescente. En las Ramblas, en el Paseo de Gracia, en el Eixample y en las plazas de la ciudad, el flujo habitual de tranvías de tracción animal y peatones ajetreados se ralentizó. En cada esquina estratégica habían florecido los puestos de venta ambulante.
Vendedores espabilados ofrecían a los transeúntes pequeños trozos de vidrio de ventana, cortados de cualquier manera y manchados sobre la llama de una vela. Por unas pocas monedas aquellos cristales negros y las lentes ahumadas artesanales eran la única protección disponible para evitar la ceguera al fijar la vista en el astro rey. Mirar el cielo a través del vidrio ahumado se volvió el gesto colectivo de la jornada.
Poco después de las doce y media la Luna comenzó a tapar el disco solar. Al principio la luz apenas cambió. A medida que la sombra iba tapando la cara del Sol, la atmósfera de Barcelona empezó a cambiar. No era el tono cálido y gradual de un atardecer, ni tampoco la densidad plomiza que precede a una tormenta estival. Era una luz enferma, desvaída, una claridad que apagaba los colores vivos de las fachadas y estiraba las sombras en direcciones extrañas.
Corona solar visible durante un eclipse solar total
En cuestión de diez o quince minutos la temperatura se desplomó, provocando un estremecimiento generalizado. Quienes habían subido a la montaña en mangas de camisa tuvieron que buscar a toda prisa las chaquetas y las toquillas que llevaban guardadas por precaución. Un viento fresco, racheado y destemplado empezó a soplar desde la sierra hacia el mar, levantando polvo en los caminos y agitando las copas de los árboles.
Los animales reaccionaron con la desorientación propia de un engaño astronómico. En los árboles de Collserola y en las jaulas de las galerías interiores de las casas, los pájaros enmudecieron de golpe. Creyendo que la noche había llegado emprendieron el vuelo para recogerse en los nidos.
En las calles los perros y los caballos de tiro mostraban un nerviosismo evidente, inquietos ante esa penumbra fría que nada tenía que ver con la rutina del día. La multitud, hasta entonces ruidosa y festiva, bajó paulatinamente el volumen de sus conversaciones. En el momento de máxima ocultación la ciudad pareció contener el aliento.
Los científicos
Mientras Barcelona vivía este fenómeno astronómico la ciencia catalana estaba realizando sus observaciones. Josep Comas i Solà, el astrónomo que ocupaba la dirección del recién fundado Observatorio Fabra, sabía que el verdadero interés de la jornada no estaba en el 97,7 %. La investigación exigía buscar la totalidad, el 100 % donde la atmósfera del Sol, la corona y las protuberancias se hacen visibles a ojo desnudo.
Comas i Solà montó una expedición oficial de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona y puso rumbo al sur, instalando su centro de operaciones en Vinarós, dentro de la franja de oscuridad absoluta. Hasta allí se llevó cajones de madera con telescopios refractores, espectroscopios, placas fotográficas de cristal y un instrumento revolucionario para la época, una cámara cinematográfica adaptada con un prisma.
El objetivo del astrónomo era conseguir capturar por primera vez en celuloide el espectro de la cromosfera solar en movimiento durante los escasos segundos en que la Luna cubriera por completo el disco central. A pesar de los contratiempos técnicos la expedición en Vinarós logró un material fotográfico y de observación de enorme valor científico.
Días más tarde Comas i Solà escribió crónicas detalladas en la prensa local. Lejos de escudarse en una jerga incomprensible, el astrónomo combinó la precisión de los datos, las variaciones del barómetro, la caída de los termómetros, la estructura de la corona, con una prosa poética y humana. Describió la emoción compartida, la belleza de las protuberancias solares brillando como pequeñas brasas rojas alrededor del limbo negro de la Luna y la paradoja de sentir el misterio del cosmos desde el rigor de la razón.
Al caer la tarde la gente descendió del Tibidabo y de las terrazas. Guardaron en los bolsillos los pedazos de cristal tiznado, ya inservibles, con los dedos manchados de hollín. Lo que se llevaron a casa no fue solo la anécdota de una merienda campestre interrumpida por el frío, sino la vivencia, grabada en la retina, de la tarde en que el Sol se volvió una fina guadaña de luz sobre el cielo de Barcelona.