La calle de la Anisadeta, en Barcelona
Callejeando por Barcelona
El trago de agua con anís que cambió para siempre el nombre de la calle más corta de Barcelona
La anisadeta causaba furor entre la clase trabajadora del puerto
Si uno pasa despistado por la plaza de Santa María del Mar de Barcelona, en dirección al carrer dels Canvis Vells, hay una calle que es posible que pase desapercibida, entre las terrazas de La Ribera. Apenas una especie de entrante o un espacio muerto entre dos paredes de piedra. Si uno se detiene y se fija en una placa se dará cuenta que es el carrer de l’Anisedeta. Es la calle más corta de Barcelona, pues mide cuatro metros y medio. El único portal de la calle tiene el número 5.
La Barcelona bajo medieval crecía según la necesidad, las murallas y el mar. Aquella zona del barrio de La Ribera era, entre los siglos XIII y XIV, el motor de la ciudad. Allí no vivía la nobleza de la calle Montcada, sino marineros, pescadores, mercaderes, artesanos y los bastaixos, que eran los estibadores del puerto que cargaban a sus espaldas las piedras de la cantera de Montjuïch para levantar la basílica de Santa Maria.
En aquel entorno el callejero se organizaba por oficios. La gente no decía «vivo en el distrito tal», sino «trabajo donde los zapateros» o «compro donde los caldereros». Originalmente esta pequeña vía no se llamaba Anisadeta. Los documentos antiguos y la memoria del barrio la registran con el nombre de Caputxers. La razón es porque allí se instalaban los talleres y las tiendas de los artesanos que confeccionaban y vendían capuchas.
En la Edad Media la capucha no era un simple accesorio de moda. Era una prenda indispensable de trabajo y de protección. La llevaban los marineros para resguardarse del viento en la playa, los obreros del puerto para protegerse del sol y del polvo, los monjes y gran parte de la población civil para defenderse del frío o del agua.
Aquellos caputxers compartían espacio con el callejón contiguo, el actual carrer de les Caputxes, donde todavía se pueden ver las vigas de madera vistas y los voladizos de los edificios que sobresalían hacia la calle para ganar metros habitables en las plantas superiores sin reducir el paso a pie de calle.
Cambio de nombre
Con el paso del tiempo el tejido del barrio fue cambiando, pero el trasiego de trabajadores portuarios siguió siendo el mismo. En una Barcelona moderna que empezaba a hervir a las puertas del mercado y de la costa, la gente de la mar necesitaba lugares donde hacer una pausa rápida. No había tiempo ni dinero para sentarse a comer en una posada a mitad de la jornada. Y ahí es donde entra en juego la transformación del nombre de la calle.
Durante el siglo XVIII se instaló una feria ambulante, lo que en la época se conocía como una mesa de refresco o la mesa de la Nisadeta. En este tipo de puestos se vendía la anisadeta, una bebida que causaba furor entre la clase trabajadora del puerto. No era más que agua muy fresca a la que se le añadían unas gotas de aguardiente de anís o jarabe aromatizado. Para los estibadores que llevaban horas cargando sacos o para los marineros que desembarcaban de madrugada, un trago de anís con agua era la forma más barata y rápida de quitarse el sabor a sal de la boca, espantar el frío en invierno o soportar el bochorno del verano.
El puerto de Barcelona, en el siglo XVIII. Grabado de Joseph Friedrich Leopold
El puesto se volvió tan popular y tan concurrido que la gente dejó de decir «voy a la calle de los Caputxers» para empezar a decir «nos vemos en la Nisadeta». La costumbre popular terminó cambiando el nombre oficial del gremio, y el Ayuntamiento acabó aceptando el cambio toponímico que la calle ya tenía en la boca de sus vecinos.
Durante generaciones se contó en los bares de La Ribera que al frente de aquella mesa de refrescos no había un tabernero cualquiera, sino una muchacha joven de gran belleza. Según la voz popular, marineros de medio mundo desembarcaban en Barcelona con la excusa de pedir un trago de anís solo para verla y cortejarla. La leyenda dice que un día la joven desapareció sin dejar rastro. Unos decían que se había fugado con un capitán de barco, otros que había caído enferma. Los vecinos rebautizaron la calle para conservar su recuerdo.
La calle más corta
Teniendo en cuenta el cambio de nombre, ahora nos debemos hacer una pregunta, ¿por qué es la calle más corta de Barcelona? La respuesta está en la propia evolución de Barcelona. En la época medieval los edificios no se alineaban con las calles anchas y rectas. No existía un Plan Cerdá. Había pasadizos que cruzaban manzanas enteras por debajo de los pisos, arcos que unían casas enfrentadas y callejones sin salida que se abrían o cerraban según se compraba o vendía un terreno. La Anisadeta era un tramo más de un entramado de pasos estrechos que conectaban el interior del barrio con el mar.
A partir del siglo XVIII, y sobre todo durante las reformas del XIX, la ciudad empezó a demoler viejos edificios para abrir hueco a la luz. Se tenían que ampliar los accesos a la basílica de Santa Maria y facilitar el paso de los carros. Muchas de las estructuras que rodeaban este rincón desaparecieron. La plaza de Santa Maria se abrió más y la calle de l’Anisadeta o de Caputxers quedó reducida a la mínima expresión, conservando únicamente una pared, un portal y cuatro metros de suelo adoquinado.
Hoy, en ese único portal con el número cinco, sigue habiendo un establecimiento hostelero que, de alguna manera, mantiene vivo el espíritu de servicio que comenzó hace siglos con los artesanos de capuchas y la mesa de refrescos. Más allá del dato curioso sobre su tamaño, la calle de l'Anisadeta guarda la historia del barrio de La Ribera. En apenas tres pasos condensa el pasado gremial de Barcelona, la leyenda de esa joven que desapareció, el gusto por esa bebida anisada y el motivo por el cual los vecinos terminaban poniendo nombre a sus calles.