Cerámicas en la Fuente de la Portaferrissa, en Barcelona

Cerámicas en la Fuente de la Portaferrissa, en BarcelonaWikimedia

Callejeando por Barcelona

El edicto medieval que obligó a los ciegos de Barcelona a vivir en dos únicas calles

El curioso origen del nombre de las calles dels Cecs de Sant Cugat y dels Cecs de la Boqueria

En el barrio de Sant Pere de Barcelona hay una calle llamada «dels Cecs de Sant Cugat» («de los Ciegos de Sant Cugat»), un nombre curioso cuyo origen se remonta a un acuerdo municipal del siglo XV.

No responde a un homenaje ni a una coincidencia casual, sino a una ordenanza del Consejo de Ciento, el gobierno de la ciudad de Barcelona, que obligaba a los ciegos, mendigos y rezadores a residir de forma agrupada en esta vía y en el carrer dels Cecs de la Boqueria («calle de los Ciegos de la Boquería»), en el Barrio Gótico. Esta medida de control social y sanitario cambió la dinámica de la ciudad.

A lo largo del siglo XV las autoridades urbanas de Barcelona aplicaron unos decretos normativos estrictos sobre la mendicidad. El objetivo principal era frenar el vagabundeo incontrolado, evitar el fraude de personas que simulaban patologías para pedir limosna y restringir la llegada de mendigos forasteros a la ciudad.

Para llevar a cabo este plan el Consejo de Ciento aprobó un edicto dirigido específicamente a los ciegos, rezadores y mendigos. El texto legal establecía que este colectivo tenía la obligación legal de fijar su residencia en las fincas de dos calles muy concretas de la ciudad. La calle de los Ciegos de Sant Cugat se llama así porque, esta calle estrecha, conduce a la Plaza de Sant Cugat. La calle de los Ciegos de la Boquería, también estrecha como la anterior, va desde la Plaza Sant Josep Oriol a la calle Boquería, de ahí el nombre.

Calle de los Pergamineros

Antes de la entrada en vigor de esta norma, la calle de Sant Cugat se conocía popularmente como la calle de los Pergamineros, debido a la presencia de artesanos que fabricaban y vendían pergaminos en sus talleres. Con la aplicación del edicto, la concentración forzosa de los rezadores, se desplazó la denominación gremial previa hasta sustituirla por la referencia al colectivo de invidentes.

La calle dels Cecs de Sant Cugat, en la actualidad

La calle dels Cecs de Sant Cugat, en la actualidadGoogle Maps

La intervención de la autoridad municipal en la vida diaria de estas dos calles iba más allá de la asignación del domicilio. Para garantizar el orden y supervisar la zona durante las horas nocturnas, el ayuntamiento mandó instalar puertas de madera en las entradas de los callejones, las cuales se cerraban al anochecer. Este confinamiento nocturno permitía mantener empadronados y localizados a los residentes vulnerables bajo la tutela parroquial y el escrutinio de las autoridades.

Esta regulación estricta sobre los ciegos, rezadores y mendigos se explica por el papel económico y social que desempeñaban en la época. En los siglos XV y XVI el rezo no se consideraba un simple acto privado, sino un servicio necesario para la protección espiritual, la curación de enfermedades o la salvación del alma.

Rezos por encargo

Surgió así la figura del rezador por encargo. Quienes no sabían orar, carecían de tiempo o buscaban asegurar la efectividad de sus peticiones, pagaban a los ciegos para que recitaran oraciones específicas en su nombre. Los cecs oracioners («ciegos oracioneros») memorizaban un repertorio amplio de oraciones religiosas adaptadas a diversas necesidades. ¿Cuáles? Novenas y rosarios para librarse de las epidemias de peste o sanar dolencias; oraciones dedicadas a garantizar el éxito en empresas comerciales o travesías peligrosas; rezos a favor de las almas para acortar su permanencia en el Purgatorio.

Con el paso del tiempo y la expansión de la imprenta popular, la actividad de estos grupos se diversificó. Además de la recitación litúrgica, los ciegos se convirtieron en difusores de la literatura oral. Cantaban coplas sobre sucesos, narraban historias populares y vendían pliegos de cordel, cuadernillos impresos ligados en cuerdas, desempeñando un rol clave en la transmisión de la cultura popular en las calles.

Aunque no tuvieron el estatus legal de gremio artesanal, reservado a los oficios de manufactura, los ciegos de Barcelona se organizaron bajo la estructura de una cofradía de socorro mutuo. Esta fórmula les permitió articular una red de protección interna ante las condiciones de precariedad. Bajo la advocación de Santa Lucía, patrona de la vista, y San Homobono, asociado a las obras de caridad, la cofradía implantó una serie de reglas de funcionamiento.

La caja de auxilio o caixa de socors se financiaba mediante una aportación proporcional de las limosnas reunidas. Estos fondos cubrían los gastos de entierros dignos para los cofrades, prestaban ayuda a los miembros enfermos e imposibilitados y asignaban ayudas a las viudas.

Las licencias oficiales para poder pedir en la vía pública era obligatorio contar con una otorgada por el Consejo de Ciento o la autoridad eclesiástica. Este documento acreditaba tanto la ceguera real del solicitante como su condición de vecino de Barcelona.

La cofradía asignaba los lugares autorizados para pedir, como las puertas de la Catedral o los accesos a la basílica de Santa Maria del Mar, evitando conflictos por la ocupación del espacio entre los propios cofrades.

La evolución del gremio

Esta organización gremial se mantuvo activa con pequeñas variaciones durante la Edad Moderna. En los siglos XVIII y XIX, las viejas cofradías barrocas evolucionaron hacia sociedades de socorros mutuos, las cuales sentaron los antecedentes organizativos que, ya en el siglo XX, darían origen a la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE).

La huella de la ordenanza del siglo XV ha tenido una evolución idéntica en el plano urbano actual de Barcelona. La calle de los Ciegos de Sant Cugat mantiene su trazado medieval estrecho y sinuoso en el barrio de Sant Pere. Conecta directamente con la Plaza de Sant Cugat, cerca del Mercado de Santa Caterina, y conserva los arcos y la escala arquitectónica original. Lo mismo ocurre con la calle de los Ciegos de la Boquería, que sigue manteniendo la misma estructura medieval que en el siglo XV.

Estas dos calle, en las cuales vivieron ciegos, rezadores y mendigos, siguen recordando un decreto del Consejo de Ciento, al obligarlos a instalar allí, los cuales convirtieron el rezo por encargo y la literatura popular en un medio de subsistencia y organización social, aunque el nombre de las calles pase inadvertido para los que por ellas caminan a diario.

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