Mercería Perelló

Mercería PerellóACN

Barcelona pierde en ocho años una de cada cuatro mercerías, droguerías y pescaderías

El pequeño comercio familiar, el que sostenía la vida de barrio, agoniza frente al avance de los bazares low cost y el comercio online, mientras la burocracia municipal asfixia a quienes aún resisten

Barcelona ha perdido en menos de una década una parte sustancial de su comercio de toda la vida. Entre 2016 y 2024, la ciudad ha visto desaparecer una de cada cuatro mercerías, droguerías y perfumerías, y casi una de cada cuatro pescaderías y marisquerías, según la comparación de los censos municipales de locales de ambos años hecho por la Agència Catalana de Notícies (ACN) . El fenómeno, lejos de ser anecdótico, dibuja la lenta extinción de un modelo de negocio familiar y de proximidad que durante generaciones ha sido columna vertebral de la vida cotidiana en los barrios de la capital catalana.

Los números son elocuentes. Las droguerías y perfumerías han cerrado 200 de los cerca de 800 establecimientos que tenían en 2016. Las pescaderías han perdido 141 locales en ocho años. Las zapaterías y los negocios de piel se llevan la peor parte, con 250 cierres, casi el 30% del total. Las carniceras han visto desaparecer 120 de sus 1.137 establecimientos, y las tiendas de huevos y aves han pasado de cerca de 300 a 260. Los puntos de venta de fruta y verdura, por su parte, han caído por debajo del millar, con 158 locales menos activos.

Detrás de cada cifra hay una historia familiar. Es el caso de la mercería Perelló, en el barrio de Sant Andreu, que resiste desde hace 103 años gracias a la tercera generación al frente, Ramon Martínez Perelló. «Antes había una mercería cada tres esquinas, ahora hay una cada tres barrios», resume para la ACN con crudeza el comerciante, que no oculta su preocupación por el relevo generacional. Perelló señala directamente a uno de los principales responsables de la sangría: «Los grandes bazares chinos», que ofrecen productos similares «con una calidad muy inferior» y sin un servicio de atención adecuado, «empezando por la lengua». Con todo, mantiene la esperanza en la fidelidad de sus clientes: «Creo que no cerrará, porque tenemos unos valores que no hay en ningún otro sitio».

El diagnóstico lo comparte Pròsper Puig, presidente de la Fundació Barcelona Comerç y antiguo propietario de la histórica Cansaladeria Puig. Para Puig, el cierre del comercio tradicional «es una realidad» innegable, aunque matiza que los negocios capaces de ofrecer «profesionalidad, buen servicio y buen producto» —elementos que el comercio online nunca podrá replicar— siguen siendo «imbatibles».

Ante la crisis, el Ayuntamiento que dirige el socialista Jaume Collboni ha planteado regular los alquileres comerciales y crear un fondo público para comprar locales emblemáticos en riesgo. Una intervención que los propios comerciantes reciben con escepticismo sobre su eficacia real y que, para muchos, no ataja el verdadero problema de fondo: el exceso de trabas administrativas. Perelló reclama, más que subvenciones, «facilidades» reales y hasta un «estatus especial» que proteja a estos negocios, y pide aliviar las normativas municipales sobre rotulación, iluminación, accesibilidad o regulación laboral, que «hacen cada vez más complicado sacar adelante el negocio».

Mientras el comercio de siempre se apaga, otros sectores ligados al nuevo modelo de consumo crecen sin freno: los gimnasios han pasado de 367 a 486 locales en solo dos años, y los espacios de almacenamiento vinculados al auge del comercio electrónico se han disparado un 44%, hasta los 2.419 puntos. La ciudad no pierde actividad comercial en términos absolutos —cuenta hoy con 61.875 locales activos, un 2,6% más que en 2016—, pero sí está cambiando de piel a marchas forzadas, a costa de un tejido de barrio que durante décadas dio identidad, cercanía y confianza a los vecinos de Barcelona.

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