El Campamento Sanitario de la Constitución instalado en la falda norte de la montaña de Montjuïc
Historias de Barcelona
El campamento de barracones que levantó Barcelona para contener la fiebre amarilla en el siglo XIX
La ladera de Montjuic sirvió para acoger la 'Ciutat d'en Nyoca' en 1821
En 1821 Barcelona se vio sacudida por la fiebre amarilla. Esta enfermedad dio lugar a una respuesta sanitaria singular como fue la creación del Campamento Sanitario de la Constitución, un asentamiento provisional que que se llegó a conocer popularmente como la Ciutat d’en Nyoca («la ciudad de Nyoca»).
La palabra Nyoca era una mezcla de frutos secos que se regalaban en los bautizos. Se le dio este nombre despectivo porque allí convivieron personas de toda condición social.
En julio de 1821 atracó en el puerto barcelonés el bergantín El Gran Turco procedente de La Habana. A bordo no solo viajaban mercancías y pasaje, sino también el mosquito Aedes aegypti, portador del virus de la fiebre amarilla. La enfermedad encontró un caldo de cultivo perfecto en el barrio de La Barceloneta gracias a las elevadas temperaturas y las precarias condiciones de salubridad de las viviendas de los marineros y trabajadores portuarios.
La epidemia se propagó por toda Barcelona. La virulencia de los síntomas, con fiebre alta, ictericia y vómitos, desató un pánico absoluto entre la población. Las dimensiones de la epidemia fueron catastróficas. La fiebre amarilla se cobró la vida de entre 18.000 y 20.000 personas. En una ciudad que contaba con 100.000 habitantes, estas cifras supusieron la pérdida de un 20% de su población.
Ante la imposibilidad de frenar los contagios, las autoridades decretaron el confinamiento estricto de la ciudad mediante la implantación de un cordón sanitario militarizado. Nadie podía entrar ni salir con libertad del perímetro para evitar la expansión de la epidemia. Esta drástica reclusión desencadenó un éxodo urbano interno. Miles de ciudadanos sanos fueron obligados a abandonar sus domicilios y refugiarse en espacios abiertos donde las posibilidades de contagio eran menores.
La construcción del Campamento Sanitario de la Constitución, a finales de agosto de 1821, en la falda norte de la montaña de Montjuïch, se desplegó sobre los terrenos que hoy en día forman parte del distrito de Sants-Montjuïc y la explanada de la Fira de Barcelona, en las inmediaciones de la emblemática Creu Coberta. Aunque se hablaba de miles de chabolas precarias construidas por los propios desplazados, la documentación técnica y los planos oficiales atestiguan que existió un esfuerzo de planificación institucional.
400 barracones
Se instaló un complejo formado por unos 400 barracones de madera. Cada una de estas estructuras estaba diseñada de forma estandarizada para albergar a unas 10 personas, lo que permitió dar cobijo y aislamiento supervisado a millares de vecinos en un intento desesperado por organizar el caos. La vida cotidiana en el campamento estuvo marcada por la precariedad y la improvisación. El impacto social de este asentamiento fue suprimir las barreras de clase que imperaban en la sociedad del siglo XIX.
En Montjuïch se vieron forzados a convivir burgueses, obreros, marineros, comerciantes y mendigos. Todos compartían el mismo espacio reducido, las mismas privaciones y la misma amenaza de muerte. Esta mezcla inverosímil y heterogénea de estratos sociales en un poblado provisional dio pie a que se conociera como la Ciutat d'en Nyoca.
Barcelona en 1821, afectada por la fiebre amarilla
La epidemia no encontró su fin en un avance científico ni en la efectividad de los tratamientos médicos. Fue la propia naturaleza la que puso punto y final a la epidemia a finales de noviembre de 1821 con las primeras heladas y el frío invernal, exterminado el mosquito Aedes aegypti. El 18 de diciembre de 1821 las autoridades levantaron el cordón sanitario y devolvió la libertad de movimiento a los barceloneses. El 21 de diciembre,el Campamento Sanitario de la Constitución fue desmantelado, borrando de la ladera de Montjuïch las barracas de madera que habían servido de refugio a miles de almas.
La plaga americana
La evolución de la epidemia en Barcelona se convirtió en el principal centro de interés de la prensa en Francia, que la nombraba como peste amarilla, aunque la prensa española la calificaba como calentura amarilla o plaga americana. Los periódicos franceses comentaban los hechos con una mezcla de compasión y un fuerte matiz político, llegando el gobierno francés a desplegar tropas en los Pirineos usando la fiebre amarilla como pretexto.
Los fallecidos por la epidemia de fiebre amarilla fueron sepultados en varia fosas del Cementerio del Poblenou. Este cementerio fue inaugurado en 1819 con un diseño neoclásico de Antonio Ginesi. Según los registros se enterraron 6.244 cadáveres a cusa de esta epidemia. En recuerdo de las víctimas se levantó un monumento cenotafio de estilo neoclásico en el cruce de las calles principales del recinto. El monumento original se levantó en 1823 y fue reconstruido en 1895 por el arquitecto Leandre Albareda.
No todos los muertos han pasado al anonimato. En el monumento se nombra a los profesores de medicina A. Vilaseca, A. Pellicer y A. Barceló; al profesor de cirugía médica M. Altés; a los profesores de cirugía D. Delom, J. Torres y F. Guimet; al médico del Hospital de la Virreyna V. Vilar; a los profesores de cirugía médica J. Arenas, F. Rous y J, Riera; a los profesores de cirugía E. Oms, P. Santamaría; J. Trulls, B. Ribes, R. Depaus y A. Desunville.
En otra placa se nombra a los alcaldes Cayetano de Dou de Taradella; Antonio Miguel de Desvalls de Ribas, marqués de Alfarrás y de Llupiá. También fallecieron los regidores José Rovira, Juan Barnola y Juan Gil Juliá, «que fieles al juramento de cumplir debidamente el cargo que les confiaron sus conciudadanos, permanecieron firmes en la ciudad dirigiendo los negocios públicos y aliviando a la humanidad infeliz hasta caer víctimas de la enfermedad cruel que la afligió».
También fallecieron víctimas de la epidemia Josep Bataller Ferres, Josep Major Bori, Antonio Moner Galán, Juan Montaner Pers y Rafael Puigroquer Tauler, Antonio Raventós Rogala, Jaime Cadamada Fins, Pelegrino Castellá Valentí, Juan de la Pasión, Francisco de San Alberto, José Passarell Altimira, José Molins, José Belcells Pocurull y Manuel Ríos Magallón, todos ellos monjes del convento de San José en las Ramblas. De ese convento sólo quedaron con vida 5 monjes. De los 582 que había de todas las órdenes religiosas murieron 142 monjes.