'Retirada de Rusia', por Bernard-Edouard Swebach (1838)
Historia
Canibalismo y temperaturas gélidas: la masacre del batallón catalán en la desastrosa campaña rusa de Napoleón
Para los que quedaron atrás, defendiendo las águilas imperiales francesas, el destino fue atroz
El 12 de diciembre de 1812, los restos de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte iniciaban un amargo y definitivo repliegue que sellaba el fracaso de la invasión de Rusia. Medio años antes, casi 700.000 soldados se había adentrado en las estepas con la promesa de una victoria rápida. Entre aquella inmensa maquinaria bélica multiétnica marchaban miles de hombres nacidos en España. No combatían por el Imperio francés, sino arrastrados por los vaivenes políticos, las lealtades rotas y un instinto de supervivencia.
El Regimiento José Napoleón estaba formado por unidades singulares, como el contingente conocido como Catalogne, integrado por soldados catalanes y de otras regiones de España, que terminaron viviendo una de las mayores tragedias humanas de la historia militar. Una parte importante provenía de la expedición a Dinamarca comandada por Pedro Caro Sureda, marqués de la Romana.
Cuando en mayo de 1808 estalló la guerra de la Independencia contra la ocupación francesa, miles de militares españoles, que se encontraban en el norte de Europa, lograron desertar y regresar a Espala para luchar contra Napoleón. Muchos de ellos no consiguieron escapar. Detenidos y confinados por las autoridades francesas en tareas de guarnición y fortificación, quedaron atrapados en un limbo legal y humano. Para Napoleón mantener a miles de prisioneros armados y descontentos era un peligro, por eso decidió integrarlos en el ejército.
De esta manera nació en 1809, el Regimiento José Napoleón, en honor a su hermano y nombrado rey de España. La unidad se nutrió de aquellos soldados retenidos. A ellos se sumaron prisioneros de guerra capturados durante las campañas en España, voluntarios forzados por el hambre y hombres reclutados en los departamentos catalanes que los franceses se habían anexionado.
Aunque los oficiales franceses ocupaban los puntos claves de control e intendencia, la lengua oficial de maniobra, el mando inmediato y la comunicación diaria dentro de los batallones era el español. Para los soldados mantener su idioma era la única forma de conservar su identidad en medio de un ejército ajeno. Muchos compartían un mismo anhelo manifestado por oficiales de la unidad en sus diarios. Esto es, dejar claro a las poblaciones locales que cruzaban que ellos no eran franceses, sino españoles arrastrados por estos.
En la primavera de 1812 el regimiento recibió la orden de ponerse en marcha hacia el este. La campaña comenzó con largas marchas de aproximación que extenuaron a los hombres antes de disparar el primer cartucho. En septiembre los batallones españoles, integrados por catalanes, se internaron en el corazón de Rusia y participaron en enfrentamientos brutales como las batallas de Vítebsk, Smolensko y, finalmente, la sangrienta jornada de Borodinó, a las puertas de Moscú.
'La retirada del ejército de Napoleón de Rusia en 1812', por Ary Scheffer (1826)
En estos campos de batalla el valor de estos soldados se mezcló con la desesperación. Las deserciones eran frecuentes a pasar del riesgo de ejecución inmediata. El hambre, las enfermedades y la dureza de los combates diezmaron las filas antes de que apareciera el invierno ruso. La situación de desamparo propició giros insospechados. Tras la batalla de Smolensko cientos de hombres del cuarto batallón fueron capturados por las tropas zaristas.
El zar Alejandro I, consciente de que aquellos hombres combatían forzados por la ocupación de su propio país, dictó una orden insólita. Prohibió tratar a los españoles como prisioneros de guerra comunes. Les ofreció hospitalidad y la oportunidad de organizarse bajo bandera propia.
De este pacto de supervivencia nació posteriormente el Regimiento Imperial Alejandro. Una unidad vestida y armada por la corona rusa que juró fidelidad ante el embajador español en San Petersburgo y que, tras un periplo de años, lograría regresar a España a bordo de barcos que desembarcaron en el Cantábrico, siendo apodados popularmente como «los moscovitas».
Un destino atroz
Para los que quedaron atrás, defendiendo las águilas imperiales francesas, el destino fue atroz. Cuando Napoleón ordenó la retirada de Moscú, en diciembre, el paisaje se convirtió en un infierno blanco de hielo, embocadas cosacas y canibalismo por inanición.
Los soldados del Regimiento José Napoleón y los combatientes catalanes del contingente Catalogne compartieron el mismo calvario que el resto de la Grande Armée. Los heridos eran abandonados en los arcenes de los caminos, donde morían congelados en cuestión de minutos y los rezagados eran pasados por las lanzas de la caballería rusa.
La cifras finales de la campaña rusa adquiere una dimensión sobrecogedora cuando se analizan las cifras. De los aproximadamente 4.200 efectivos iniciales que componían el Regimiento José Napoleón al inicio de la invasión, la inmensa mayoría pereció en los campos de batalla, se desintegró por las enfermedades o sucumbió al frío extremo de la retirada.
Al comenzar el año 1813, cuando los restos supervivientes de la expedición lograron cruzar el río Óder y alcanzar una relativa seguridad en Fráncfort del Óder, en la actual Alemania, el recuento de los hombres del Regimiento José Napoleón y del contingente Catalogne ofreció una estampa desoladora y trágica.
Tan solo 72 hombres consiguieron completar el camino de regreso desde el frente ruso. Aquel reducido grupo de supervivientes estaba compuesto por trece oficiales, dieciocho suboficiales y treinta y un soldados. Miles de vidas y esperanzas quedaron enterradas de forma anónima bajo la nieve y el fango de las estepas rusas, víctimas colaterales de una ambición imperialista.