Interior de uno de los edificios que componen el pueblo abandonado de La Mussara.EP

Leyendas de Cataluña

Satanismo, desapariciones y el oscuro secreto que esconde el pueblo fantasma de La Mussara (Tarragona)

Diversos sucesos inexplicables y apariciones de origen desconocido han ido alimentando una densa reputación que perdura hasta el presente

La Mussara es una pequeña localidad perteneciente al municipio de Vilaplana (Tarragona) que quedó abandonada en el año 1959. El abandono de sus casas no significó el olvido del lugar. Con el paso de los años este enclave ha adquirido una notoria fama de pueblo maldito, transformándose en un punto de referencia para los aficionados al ocultismo, la investigación paranormal y el folclore popular. Diversos sucesos inexplicables, desdichas históricas y apariciones de origen desconocido han ido alimentando una densa reputación que perdura hasta el presente.

El hecho que despertó el interés mediático y esotérico por La Mussara ocurrió el 16 de octubre de 1991. Aquel día Enrique Martínez Ortiz, un hombre de 37 años, se adentró en los frondosos bosques de la zona en compañía de varios amigos con la intención de recolectar setas. Lo que debía ser una salida campestre habitual se convirtió en un enigma cuando Martínez se separó del grupo y no volvió a dar señales de vida. Sorprendidos por su tardanza sus compañeros iniciaron una búsqueda inicial por los alrededores. Después de varias horas de búsqueda solo hallaron en el suelo la cesta de mimbre que llevaba, la cual contenía en su interior una sola seta.

Al regresar a la zona de estacionamiento de los vehículos vieron que el coche de Enrique continuaba aparcado donde lo había dejado por la mañana. En el interior pudieron ver sus efectos personales más indispensables. Esto es, su documentación, un paquete de tabaco y la medicación que debía tomar varias veces al día. Tras dar aviso a las fuerzas de seguridad, la policía y las autoridades locales desplegaron un intensivo dispositivo de rastreo que peinó minuciosamente los parajes de la meseta durante días. Pese al esfuerzo humano y logístico, el rastreo resultó del todo infructuoso. Se concluyó oficialmente que a Enrique Martínez se lo había tragado la tierra.

Ante la falta de indicios, los organismos oficiales terminaron por dar carpetazo al caso al considerar inútil mantener la búsqueda. Los amigos del desaparecido rehusaron darse por vencidos y continuaron acudiendo por su cuenta al municipio abandonado. Tiempo después la investigación dio un giro insólito cuando uno de ellos, Jorge Roberto Boluda, acudió a declarar formalmente al juzgado de instrucción número 4 de Tarragona.

Según el testimonio prestado ante las autoridades judiciales la tarde anterior Boluda, y los otros dos compañeros de Enrique, se habían desplazado a las inmediaciones de La Mussara para continuar con la búsqueda. Agotados tras una larga e infructuosa caminata y pasada la medianoche, decidieron resguardarse un momento entre las ruinas del pueblo antes de emprender el camino de vuelta a sus hogares. Mientras descansaban oyeron con claridad el sonido prolongado de cascos de caballos que provenía del interior del antiguo templo del pueblo, la iglesia de San Salvador.

Al asomarse a la puerta de la iglesia abandonada los tres hombres presenciaron una escena que los dejó horrorizados. En el interior del templo transitaban unas siete figuras semitransparentes, ataviadas con mantos oscuros similares a hábitos monacales y con las capuchas puestas. Los jóvenes intentaron entablar diálogo con aquellas presencias, pero fueron ignorados por completo. Transcurridos unos cuatro minutos las figuras encapuchadas, de manera repentina, se desvanecieron.

A raíz de la divulgación de este testimonio y del misterio de la desaparición sin resolver, La Mussara comenzó a atraer a numerosos visitantes vinculados al estudio de los fenómenos paranormales. Con el tiempo la abandonada iglesia de San Salvador se transformó en un escenario frecuentado por practicantes del esoterismo. En las paredes del edificio religioso comenzaron a aparecer grafitis de carácter ocultista, incluyendo símbolos como pentáculos y cruces invertidas, acompañados por denuncias sobre la realización de rituales satánicos y el eventual sacrificio de animales en el recubrimiento de sus ruinas.

Leyendas sobre La Mussara

El interés por este municipio también se alimenta de sus raíces históricas y mitológicas. Las primeras referencias documentadas sobre el lugar datan del año 1173, cuando formaba parte del antiguo condado de Prades, mientras que la estructura original de su iglesia se remonta a 1194. En las poblaciones vecinas ha circulado desde antiguo la creencia de que La Mussara alberga en sus dominios una especie de puerta dimensional que conecta este mundo con dimensiones paralelas.

Esta leyenda popular tiene su origen en la época de la dominación árabe en la zona. Según las tradiciones locales los pobladores árabes introdujeron en su imaginario la creencia en los Yinn, criaturas del folclore islámico capaces de habitar en una realidad paralela a la humana. La leyenda sostiene que al cruzar determinado punto o piedra del pueblo, el viajero puede adentrarse, sin que sea su intención, en esa otra dimensión, un paraje legendario conocido popularmente como la Villa del Seis.

Ruinas en la MussaraWikimedia

A esta concepción de umbral interdimensional se han sumado otros relatos de pérdidas temporales. Uno de los más divulgados sitúa la historia en el año 1995, cuando un ingeniero de nacionalidad alemana que trabajaba en la central nuclear de la Vall d’Uixó caminaba por los contornos de La Mussara. Según la crónica popular, el hombre permaneció en paradero desconocido durante tres horas, reapareciendo en el mismo sendero sin ser capaz de recordar ni justificar qué había sucedido durante el intervalo de tiempo transcurrido.

Los acontecimientos trágicos y extraños se extienden asimismo a la memoria oral de sus antiguos habitantes. En el año 1954, momento en que la población perdía habitantes y solo quedaban tres familias residiendo en el pueblo, tuvo lugar un dramático suceso que involucró al hijo menor de Pere Abelló Vilalta, el último alcalde de la villa. El joven, que ejercía la función de monaguillo en las misas del pueblo, albergaba intensos pensamientos suicidas. Antes de quitarse la vida concibió el plan de cometer un crimen para defender a una familia de la zona. Intentó asesinar a un hombre que agredía de forma sistemática a su propia esposa e hijas.

No hizo ni una cosa ni otra. La Mussara no es un pueblo maldito, fue abandonado por falta de agua, la mala calidad de las tierras y por no disponer de electricidad, teléfono, comunicación entre las casas o un médico.