Imagen de la Isla de TabarcaInstagram

El secreto de la isla española para tener las aguas más azules del Mediterráneo

A apenas 22 kilómetros de la ciudad de Alicante y a solo ocho de Santa Pola, la isla de Tabarca se alza como un enclave único en el Mediterráneo. Con poco más de 1.800 metros de longitud y 400 de anchura máxima, es la única isla habitada de la Comunidad Valenciana, un hecho que ya la distingue dentro del mapa español.

Su fama, sin embargo, no reside únicamente en su singularidad geográfica, sino en un microclima especial que, junto a las corrientes marinas, su aislamiento y la escasa contaminación, dota a sus aguas de una claridad excepcional. Las praderas de posidonia, fundamentales para la oxigenación del mar y la protección de la biodiversidad, contribuyen además a ese tono azul inconfundible que la rodea y la convierten en uno de los parajes más bellos de la costa alicantina.

La historia de Tabarca es tan rica como su paisaje. En el siglo XVIII, el enclave pasó de ser refugio de corsarios a asentamiento de familias genovesas liberadas de Túnez por la Corona española. Para proteger a los nuevos pobladores de los ataques de piratas berberiscos, se construyeron murallas y fortificaciones que aún hoy delimitan el casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural. Pasear por sus calles empedradas, entre casas encaladas con contraventanas de vivos colores, es revivir una atmósfera marinera y medieval difícil de encontrar en otros puntos de la costa mediterránea.

Otro hito determinante en la identidad de Tabarca llegó en 1986, cuando se convirtió en la primera reserva marina de España. Esta declaración supuso un antes y un después en la conservación del entorno, ya que la sobreexplotación pesquera quedó regulada y los ecosistemas submarinos comenzaron a regenerarse. Gracias a esta protección, hoy la isla es un santuario para buceadores y aficionados al snorkel, que encuentran en sus aguas bancos de peces multicolores, estrellas de mar, caballitos de mar y extensas praderas de posidonia que actúan como auténticos pulmones verdes del Mediterráneo.

Pero Tabarca no solo es mar. La isla invita a un recorrido sensorial que combina historia, naturaleza y gastronomía. Entre sus rincones más destacados se encuentran la iglesia barroca de San Pedro y San Pablo, erigida en el siglo XVIII, y el pequeño museo isleño, que narra la estrecha relación del enclave con el mar y sus gentes. La gastronomía merece capítulo aparte, con el célebre caldero tabarquino como plato estrella: un guiso de arroz y pescado fresco que hunde sus raíces en la tradición marinera y que hoy es símbolo de identidad local.

A pesar del notable flujo de visitantes en los meses estivales, Tabarca conserva un halo de autenticidad. Durante el día, cientos de excursionistas desembarcan desde Santa Pola o Alicante para disfrutar de sus playas y calas. Sin embargo, al caer la tarde, cuando el último barco parte rumbo a la península, la isla recupera su esencia más íntima. El faro, en funcionamiento desde 1854, guía a los navegantes mientras menos de medio centenar de residentes permanentes vuelven a apropiarse del silencio, el mar y la brisa que lo impregna todo.

Dormir en Tabarca es, precisamente, la mejor manera de conocerla. La experiencia permite descubrir un ritmo pausado y casi anacrónico, muy alejado de la rutina turística habitual. Es entonces cuando la isla revela su verdadero secreto: un microclima que ha moldeado su paisaje y unas aguas que, por su transparencia, parecen irreales, convirtiéndola en un tesoro del Mediterráneo que combina historia, naturaleza y tradición en un mismo escenario.