Imagen de la fachada de las instalaciones del CEU en Elche
Una investigación de la Universidad CEU UCH muestra que el profesorado respalda el uso educativo puntual de los móviles
El 53,3 % de los docentes considera que estos dispositivos motivan al alumnado, aunque el mismo porcentaje advierte de que también generan distracciones
Los teléfonos móviles y las tabletas pueden favorecer la motivación y la participación del alumnado de Secundaria cuando se utilizan de forma puntual, bajo supervisión y para desarrollar actividades educativas concretas. Sin embargo, el profesorado rechaza mayoritariamente su uso continuado durante toda la jornada escolar por las dificultades para controlar su utilización y el riesgo de que se conviertan en una fuente permanente de distracción.
Esta es una de las principales conclusiones de una investigación realizada por Ana Isabel Sánchez Pérez, Mónica Belda Torrijos y Marta Ruiz Revert, de la Universidad CEU Cardenal Herrera, y publicada en la revista científica Praxis Educativa.
El estudio, a través de las respuestas de 45 docentes de centros públicos, privados y concertados de la provincia de Alicante que imparten signaturas de Ciencias, Lenguas, Tecnología, Educación Física y Humanidades, analiza los beneficios, las limitaciones y las percepciones del profesorado sobre la incorporación de dispositivos móviles como recursos didácticos en las aulas de Educación Secundaria.
La investigación muestra una posición ambivalente: el 53,3 % de los docentes considera que los dispositivos móviles aumentan la motivación del alumnado, pero exactamente el mismo porcentaje los identifica también como una fuente de distracción. Para las autoras, «esta coincidencia refleja que su valor educativo no depende únicamente de introducir tecnología en el aula, sino de cómo, cuándo y para qué se utiliza».
Los resultados muestran una elevada predisposición del profesorado hacia las tecnologías educativas. El 55,6 % de los participantes había realizado cursos de formación en Tecnologías de la Información y la Comunicación, mientras que otro 31,1 % afirmaba continuar formándose de manera constante.
Esta preparación se refleja también en su percepción de seguridad: el 77,8 % asegura sentirse cómodo y seguro utilizando herramientas digitales frente al alumnado. Ninguno de los docentes encuestados declaró sentirse completamente inseguro, aunque un 22,2 % reconoció ciertas dudas en su manejo.
El principal problema señalado no se encuentra, por tanto, en la competencia digital del profesorado, sino en la del alumnado. El 62,2 % de los docentes considera que sus estudiantes no poseen las habilidades necesarias para utilizar las tecnologías de forma responsable dentro del aula. Además, un 35,6 % califica como bajo su nivel de formación digital y un 53,3 % lo sitúa en un nivel medio.
La investigación cuestiona así la idea de que el contacto cotidiano de los adolescentes con la tecnología los convierte automáticamente en usuarios digitalmente competentes. «Saber manejar aplicaciones o utilizar un teléfono no implica necesariamente disponer de capacidad para buscar y evaluar información, proteger la privacidad, crear contenidos académicos o emplear las herramientas digitales de manera crítica y responsable», resaltan las investigadoras.
La brecha de acceso también llega al aula
Junto a la falta de competencias, el estudio identifica una segunda dificultad: la desigualdad en el acceso a los recursos. El 53,3 % del profesorado considera que no todo el alumnado dispone de las herramientas necesarias para trabajar con tecnologías en clase, mientras que el 37,8 % señala que su propio centro carece de recursos suficientes.
Para Belda, Ruiz y Sánchez, estos datos ponen de manifiesto que la integración de dispositivos móviles puede reproducir o ampliar la brecha digital si se parte de la premisa de que todos los estudiantes cuentan con un teléfono, una tableta, conexión a internet o las mismas condiciones tecnológicas en sus hogares.
Por ello, las investigadoras subrayan que la digitalización educativa debe ir acompañada de planificación, medios materiales y formación. «No basta con autorizar el uso de dispositivos personales, ya que su incorporación sin garantías de acceso puede generar diferencias entre estudiantes y dificultar la participación en igualdad de condiciones».
La pizarra tradicional
Entre los resultados de la investigación se observa que, aunque el profesorado se muestra favorable al empleo de las TIC como apoyo, los datos reflejan que su integración sigue siendo limitada y complementaria. «La pizarra tradicional continúa siendo el recurso más utilizado, mientras que los dispositivos móviles se reservan principalmente para momentos o actividades específicas», reconocen.
El 77,8 % de los participantes utiliza herramientas digitales para apoyar sus explicaciones mediante presentaciones o vídeos, y el 73,3 % las emplea para crear materiales didácticos. Un 46,7 % permite que el alumnado trabaje con tabletas o dispositivos propios, y un 31,1 % recurre al aula de informática. Los usos más habituales se concentran en la búsqueda de información en internet, permitida por el 80 % de los docentes, y en la realización de actividades mediante programas educativos como Kahoot, citada por el 68,9 %. En cambio, su empleo para proyectos colaborativos con otros centros, talleres en línea u otras experiencias más complejas sigue siendo poco frecuente.
«Estos datos muestran que la tecnología se utiliza principalmente para reforzar métodos ya existentes —explicar contenidos, proyectar materiales o buscar información—, pero todavía no ha producido una transformación generalizada de las metodologías de enseñanza», señalan las autoras del trabajo.
Motivación frente a distracción
«La investigación confirma que los móviles pueden despertar el interés del alumnado y favorecer su implicación en determinadas actividades. No obstante, este efecto motivador convive con el riesgo de evasión, falta de atención y utilización recreativa de los dispositivos», apuntan las investigadoras.
En las respuestas abiertas del estudio, la mayoría del profesorado se muestra contraria a que el teléfono móvil se integre de manera permanente en la enseñanza secundaria. Los docentes consideran que su uso ininterrumpido dificultaría la supervisión, favorecería las distracciones y podría reforzar comportamientos de dependencia tecnológica.
Una parte minoritaria del profesorado sí contempla su utilización bajo condiciones específicas, como la instalación de aplicaciones con restricciones, la limitación del acceso a internet o el establecimiento de normas claras que permitan orientar su uso exclusivamente hacia las actividades propuestas.
El estudio también recoge la preocupación del 60 % de los docentes por los posibles efectos de estos dispositivos sobre la escritura manual y la ortografía. El 40 % restante, en cambio, considera que pueden ofrecer nuevas vías para trabajar la competencia escrita y desarrollar metodologías innovadoras.
Las autoras concluyen que la incorporación de móviles y tabletas no debe plantearse como una elección entre prohibirlos completamente o convertirlos en la herramienta central del aula. Los resultados respaldan un uso ocasional, supervisado y vinculado a objetivos pedagógicos concretos.
«El profesorado acepta mejor las tabletas y los ordenadores que los teléfonos móviles, al considerar que pueden controlarse con mayor facilidad y se encuentran más claramente asociados a tareas académicas. En cualquier caso, el dispositivo no debe sustituir automáticamente al libro, la pizarra o la explicación del docente, sino incorporarse cuando aporte una ventaja real al proceso de aprendizaje», argumentan.
Las investigadoras destacan que «una integración adecuada requiere fortalecer la competencia digital del alumnado, garantizar el acceso equitativo a las herramientas, ofrecer formación continua al profesorado y establecer estrategias de centro que definan cuándo y cómo deben utilizarse».