Imagen de archivo de dos agentes de la Guardia Civil con un ejemplar de atún rojo
El misterio de los gigantes varados: el alto coste que la industria atunera arroja a las playas alicantinas
La aparición simultánea de enormes cadáveres de atún rojo en Torrevieja y Pilar de la Horadada desata las alertas sobre la mortalidad oculta y los riesgos sanitarios de las macrogranjas de la costa murciana
El pasado sábado 22, el litoral de la Vega Baja amaneció con una estampa atípica. Tres inmensos atunes rojos, de aproximadamente 300 kilos cada uno, aparecieron varados en diferentes puntos de la costa de Torrevieja: la cala del Palangre, la playa de Los Locos y las inmediaciones del paseo Juan Aparicio.
La jornada concluyó con un cuarto hallazgo de proporciones similares hacia el final de la tarde en la playa de Mil Palmeras, ubicada en Pilar de la Horadada, justo en el área de la desembocadura del río Seco.
Ante la magnitud de los animales, el Ayuntamiento de Torrevieja, a través de su Concejalía de Playas y Medio Ambiente, activó de inmediato un dispositivo de limpieza.
Para evitar molestias en plena hora punta de bañistas, efectivos de la Policía Local y operarios de la UTE Acciona-Actúa emplearon camiones y grúas para retirar los voluminosos cuerpos de la arena. El destino de estos restos es la incineración directa, un procedimiento estandarizado que descarta la realización de necropsias públicas.
Rutas oceánicas
El origen de estos peces se sitúa mar adentro, concretamente frente a la costa murciana de El Gorguel y San Pedro del Pinatar, donde se localizan importantes instalaciones de engorde de atún rojo en mar abierto. La naturaleza actúa en esta zona como una cinta transportadora: la corriente Almeriense-Balear, potenciada por los vientos de levante, desplaza cualquier cuerpo inerte hacia el norte, depositándolo finalmente en las playas del sur de la provincia de Alicante.
Vista aérea de la playa de los locos de Torrevieja
El notable volumen de los ejemplares responde a la metodología de estas granjas acuícolas. Tras ser capturados vivos con artes de cerco durante su paso migratorio por el entorno de Baleares, los atunes son remolcados hasta los viveros.
Allí se les alimenta con caballa y arenque congelados para maximizar su grasa, un atributo muy valorado en la exportación a Japón, donde el kilo se paga a unos 15 euros en origen. Mientras la FAO establece un peso medio de entrada a las jaulas de entre 150 y 200 kilos, las granjas de España, Malta e Italia crían piezas que pueden rondar los 600 kilos, situando a los especímenes alicantinos en un rango medio-alto de este modelo de producción.
Biología incompatible
La propia naturaleza del atún rojo atlántico (Thunnus thynnus) dificulta su adaptación al cautiverio. Se trata de un depredador capaz de nadar a más de 70 kilómetros por hora y de regular su temperatura por encima de la del mar circundante.
Esta fortaleza se torna en vulnerabilidad dentro de las jaulas, donde el confinamiento, los impactos contra las redes, la carencia puntual de oxígeno o las complicaciones en los traslados entre cercos desencadenan cuadros de estrés agudo que, en ocasiones, resultan letales. Si los operarios no extraen a tiempo los cuerpos, las mareas se encargan de dispersarlos.
Esta especie, que frecuenta el Atlántico Norte y el Mediterráneo para desovar entre junio y agosto, alcanza medidas extraordinarias de hasta 458 centímetros y 684 kilos a lo largo de sus 40 años de vida. Sus rasgos difieren notablemente de los del atún del sur (Thunnus maccoyii).
Este último habita en aguas frías del hemisferio sur, migra a zonas tropicales australianas para reproducirse y presenta unas dimensiones más modestas, con un máximo de 245 centímetros y 260 kilos. A nivel económico, ambas realidades también chocan, ya que el mercado nipón de Toyosu evidenció en 2024 una caída interanual del 40 % en la cotización de la variante austral.
Registro de incidentes
La llegada de cadáveres a las zonas de baño cuenta con registros previos de gran impacto visual y ambiental. Durante el paso de la dana en 2019, la rotura de las mallas de contención frente a San Pedro del Pinatar esparció miles de atunes muertos por el litoral de La Manga y el sur de Alicante.
Imagen de archivo de la Manga del mar Menor
A pesar de las mejoras tecnológicas implementadas desde entonces, diversas entidades insisten en la constante aparición de restos no vinculados a fenómenos meteorológicos adversos. Plataformas como el Pacto por el Mar Menor y WWF documentan la deriva de estos animales desde hace tiempo.
Un caso destacado se produjo en 2023, cuando el velero ELSE de la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE) avistó siete ejemplares sin vida de unos 150 kilos en la periferia del polígono acuícola murciano. La Consejería de Medio Ambiente de Murcia mantiene pendiente la publicación de informes oficiales que detallen la mortalidad regular en estas instalaciones.
Toxicidad invisible
El hallazgo de semejantes cantidades de carne a escasos metros de la orilla suele despertar el interés vecinal por su aprovechamiento, una acción que conlleva un severo riesgo para la salud pública. Inmediatamente después del fallecimiento del pez, las bacterias inician un proceso de descomposición que libera crecientes niveles de histamina. Esta sustancia tóxica resiste cualquier método de cocción, por lo que el consumo resulta inviable.
Imagen del atún intervenido por la Guardia Civil
Además, los análisis post mortem de estos individuos reafirman su crianza artificial al revelar perfiles de grasa excesiva derivados de una alimentación basada en pienso congelado, muy alejada de la fisonomía de un espécimen salvaje.
El contexto de este suceso se enmarca en un periodo de expansión sostenida para el sector. En 2026, las flotas españolas pescaron 7.938,81 toneladas de atún rojo, lo que supone un incremento del 17 % respecto al año anterior, amparado por el límite de 48.403 toneladas establecido por la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT) para el trienio 2026-2028.
Frente a las críticas externas, patronales del sector defienden que su producto criado en granjas posee una mayor concentración de ácidos grasos cardiosaludables. En la práctica, la acumulación estival de miles de toneladas de biomasa frente a áreas turísticas genera una dinámica en la que las corrientes terminan arrastrando parte de la mortalidad natural de las instalaciones hacia las playas, convirtiendo la rápida limpieza en el único remedio visible ante un problema mar adentro.