La soberanía tecnológica es también una cuestión económica, comercial o estratégica para un país
Ciberseguridad Aliados, pero no amigos
Seamos realistas: al hablar de tecnología, sin apellidos, estamos completamente a merced de Estados Unidos
El giro que ha dado la política estadounidense con la llegada de Donald Trump a la presidencia va a tener consecuencias, buenas o malas, en Europa. Consecuencias que van a llegar a corto plazo, que no se van a hacer esperar, y que puedan cambiar el panorama geopolítico internacional tal y como lo conocemos hoy en día. Que un aliado histórico posiblemente deje de serlo, al menos en parte, tiene consecuencias. Y recordemos que en este mundo no hay amigos, sólo aliados.
Que una alianza pierda solidez (no usaremos el verbo resquebrajarse… todavía) implica cambios. Quizás ahora muchos comiencen a plantearse la necesidad de una soberanía europea en diferentes ámbitos, desde el energético al comercial. Aunque hablar de soberanía en cualquiera de ellos es importante, podemos hacer un foco especial en el ámbito tecnológico, y particularmente en el ámbito tecnológico de la seguridad, la inteligencia y la defensa, que es a lo que nos dedicamos.
Seamos realistas: al hablar de tecnología, sin apellidos, estamos completamente a merced de Estados Unidos. Pongamos como ejemplo el ámbito digital. Elementos como redes sociales, entretenimiento, o incluso elementos de base, como los sistemas operativos o la electrónica de red, son americanos (en el mejor de los casos). Pero si nos vamos a los ámbitos de seguridad, inteligencia o defensa, la situación es mucho peor: los principales elementos son también americanos, pero en este caso hablamos de capacidades críticas para un país. Y hemos dejado estas capacidades críticas en manos de terceros. Como país, podemos estar un mes sin Netflix, o eso espero, pero no podemos estar un mes sin monitorización de redes o capacidades de respuesta a incidentes.
Depender de tecnologías y servicios americanos es, a medio y corto plazo, malo. Muy malo. Fatal. Casi tan malo como depender de cualquier tercero. Mientras seamos aliados, podemos ir tirando, pero cuando dejamos de serlo, la situación se vuelve complicada. Algo similar sucede con Israel: en ciertos ámbitos dependemos de sus tecnologías, únicas en el mundo, con lo que cuando decidimos no comprar a Israel, volvemos a nuestra situación de desventaja.
Estamos dejando nuestra defensa y nuestra seguridad en manos de terceros países, que posiblemente no tengan los mismos intereses que nosotros. En el sector, siempre hemos puesto el grito en el cielo cuando una organización crítica adquiría productos chinos o rusos. ¿Tendremos que hacer lo mismo ahora con los americanos? ¿Nos vamos a reorientar para ser aliados de China o de Rusia? Por supuesto, esto sería igual de malo, cuando no peor: modelos y valores que apenas coinciden con los europeos.
Muchos llevamos años predicando en el desierto sobre las ventajas de la soberanía tecnológica nacional o europea. E incluso apostando por ella de forma directa. Es difícil, pero es el camino. Es muy duro competir con un gigante al que hemos permitido una hegemonía tecnológica mundial, dándole incluso nuestros datos a cambio de servicios y productos. Partimos, por tanto, de una situación de desventaja muy difícil, si no imposible, de superar. Pero como se suele decir, si lo difícil está hecho, lo imposible se hará.
Si queremos una Europa posicionada internacionalmente, dicha posición pasa por alcanzar un mayor grado de soberanía tecnológica. No es posible de otra forma, dependiendo de terceras potencias con intereses alejados, o no, de los nuestros. Nunca es tarde, aunque la distancia a la que estamos de Estados Unidos o China es sin duda un obstáculo. No pretendamos salvarlo, sino reducirlo. Reducir esa dependencia cuando hablamos de capacidades vitales de un país, como son la defensa o la seguridad.
Para lograr esta soberanía tecnológica, aunque sea embrionaria, es necesario invertir en la industria de defensa. ¿Vamos a incrementar realmente nuestro gasto en defensa como nos están pidiendo? Ojalá. Es necesario, y más recordando que el amigo americano no era amigo, sino aliado. De otra forma, nuestra dependencia de terceros acabará pasando factura, más a corto o medio plazo que a largo. Debemos potenciar nuestro ecosistema de defensa europeo, especialmente en el ámbito tecnológico, que sin duda es el que más valor añadido aporta. Aquí es necesario destacar que, aunque en determinadas soluciones tecnológicas, como es el caso de los UXV, puede haber problemas para una fabricación competitiva, por cuestiones de tamaño, en otras soluciones, como el caso del software, esta barrera no existe, o al menos no es tan pronunciada. No hay excusa: el talento existe y como sociedad debemos retenerlo, no permitir que desaparezca por falta de fondos, por burocracia o por legislación.
Adicionalmente a nuestra seguridad y defensa, la soberanía tecnológica es también una cuestión económica, comercial o estratégica para un país. El mejor ejemplo son las tecnologías de uso dual: tecnologías que tienen un uso tanto civil como militar. El desarrollo de estas tecnologías no sólo tiene un impacto directo en el ámbito estratégico, garantizando independencia de terceros e incluso un beneficio diplomático y político, sino que también beneficia la posición comercial de un país, refuerza el conocimiento y las capacidades industriales y genera puestos de trabajo de alto valor añadido. Nacho G. Pandavenes escribía hace un tiempo al hilo de la invasión rusa de Ucrania acerca de la necesidad y los beneficios económicos de romper con el paternalismo político en defensa. El tiempo no sólo le ha dado la razón, sino que la ha potenciado. En especial, en un momento crítico como el actual, tanto por el contexto geopolítico como por los avances de tecnologías como la inteligencia artificial, la computación cuántica o la fotónica. Están ahí, y no podemos perder también este tren.
Antonio Villalón
Director de seguridad de S2GRUPO