Marco Rubio, Donald Trump y Pete Hegseth
Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria
La Estrategia de Defensa Nacional de EE.UU. de 2026
La NDS redefine el concepto de «America First» en clave estrictamente militar y estratégica. No se trata de un repliegue aislacionista, sino de una de jerarquización de amenazas, compromisos y alianzas
La publicación de la nueva Estrategia Nacional de Defensa de los Estados Unidos (NDS) no constituye un mero cambio del aparato militar norteamericano ni uno doctrinal. Se trata de un cambio profundo del modo en que Pentágono concibe la constitución, preparación y empleo del poder militar como instrumento esencial central de su política exterior. La Estrategia de Seguridad Nacional a finales de 2025 establecía una concepción más soberanista y territorial del interés nacional, para lo que es necesario dotar de coherencia operativa y proyección estratégica a ese concepto.
El documento comienza con una admisión de fracaso de la etapa precedente: «Durante demasiado tiempo, el Gobierno de Estados Unidos descuidó, e incluso rechazó, priorizar los intereses estadounidenses. Las administraciones anteriores malgastaron nuestras ventajas militares y las vidas, la buena voluntad y los recursos de nuestro pueblo en grandiosos proyectos de construcción nacional».
La NDS redefine el concepto de «America First» en clave estrictamente militar y estratégica. No se trata de un repliegue aislacionista, sino de una de jerarquización de amenazas, compromisos y alianzas. Estados Unidos considera que no todas las crisis merecen el mismo nivel de implicación, por ello, no todos los socios estratégicos reciben el mismo grado de protección. Esta lógica introduce una clara ruptura con el discurso tradicional de seguridad colectiva universal y preconiza el enfoque selectivo de las Alianzas.
Las pretensiones de la NDS tienen consecuencias sistémicas claras para el orden internacional. Normaliza el uso preventivo y coercitivo de la fuerza en defensa de intereses vitales, reduce el peso práctico del derecho internacional frente a la lógica del poder y acelera la fragmentación del sistema global en bloques estratégicos. Para los aliados, la NDS plantea un dilema creciente: desarrollar autonomía estratégica efectiva o aceptar dependencia condicionada y cada vez más exigente de Washington.
Mientras las doctrinas establecidas en las dos últimas décadas estaban orientadas a la gestión de crisis y a la estabilización de regiones en conflicto permanente, la nueva doctrina parte de la premisa en la que se asume que Estados Unidos ya no puede concebir su Defensa para un Orden Internacional que no controla. Por lo tanto, la estrategia emitida muta desde una proyección global de poder a un centro de gravedad prioritario del territorio nacional, susceptible de extenderse al hemisferio occidental, así como aquellos espacios identificados como vitales para su Seguridad Estructural.
En este sentido, la defensa del territorio deja de ser un concepto relacionado con el control de fronteras para convertirse en una categoría estratégica cuyo ámbito abarca infraestructuras críticas, rutas marítimas, nodos energéticos, ciberseguridad y, especialmente, la estabilidad política del entorno hemisférico inmediato. En este contexto, no resulta casual que la nueva NDS identifique explícitamente a Hispanoamérica y el Caribe como parte integral del dispositivo de seguridad estadounidense y no como un escenario periférico.
Este cambio no es meramente teórico. Las recientes intervenciones de Estados Unidos en el Caribe, y especialmente en Venezuela, frente al avance de redes criminales transnacionales, constituyen una primera manifestación concreta de esta lógica. Ya no se trata de operaciones humanitarias clásicas ni de misiones multilaterales de bajo perfil, sino de acciones concebidas explícitamente como parte de la defensa adelantada del propio territorio frente a amenazas híbridas que combinan crimen organizado, colapso estatal y penetración de actores extrarregionales.
Rapidez, duración y tono
La NDS establece un cambio sostenido a largo plazo para la Seguridad estadounidense. Materializa las prioridades políticas establecidas en la NSS, efectuándolo con el territorio nacional y el hemisferio occidental sobre la anterior proyección global, mientras vuelve a posicionar a Hispanoamérica como espacio crítico de su seguridad. Si bien Estados Unidos mantiene formalmente su compromiso con la OTAN, esperando que los países europeos asuman la responsabilidad principal de su propia Defensa Convencional, este hecho marca el punto de inflexión en las relaciones de seguridad transatlánticas y plantea interrogantes fundamentales sobre la capacidad de los aliados europeos para semejante cambio.
La nueva estrategia redefine la relación con los aliados, por la que Estados Unidos ya no actuará como el «guardián» de la seguridad global, sino como «socio estratégico dispuesto a apoyar, pero no a sustituir», las responsabilidades primarias de defensa de terceros. Este enfoque implica una redistribución de los costes políticos, financieros y militares de la seguridad internacional. Europa dejaría así de ser un espacio tutelado militarmente por Washington para convertirse en un polo que debe asumir progresivamente su propia Defensa, particularmente frente a Rusia, en la actualidad considerada como una amenaza persistente pero contenible, más regional que sistémica.
Donald Trump presenta la plataforma
La emisión de la NDS ha generado considerable controversia por su lenguaje contundente en el reparto de responsabilidades entre los aliados y su énfasis en las prioridades de «Estados Unidos primero». A primera vista, las críticas asimilan la promulgación del documento como la retirada estadounidense de sus obligaciones globales y el abandono de los aliados. El documento intenta describir una realidad compleja de décadas de un contexto estratégico de contradicciones acumuladas entre los compromisos y las capacidades y establece una nueva estrategia que contempla una genuina asociación entre aliados en lugar de la subordinación por dependencia y reconoce que la disuasión requiere la aportación de una adecuada capacidad industrial.
Mientras las doctrinas estratégicas practicadas en las dos últimas décadas estaban orientadas a la gestión de crisis y a la estabilización de regiones en conflicto permanente, la presente estrategia parte de una premisa por la que se asume que Estados Unidos concibe su Defensa en un Orden Internacional que no controla. En consecuencia, se está ante la mutación desde una proyección global de poder al establecimiento de un centro de gravedad prioritario en territorio estadounidense, susceptible de proyectarse al hemisferio occidental, así como a aquellos otros espacios identificados como vitales para su Seguridad Estructural.
La nueva concepción considera que la Defensa del territorio deja de ser una noción limitada al control fronterizo o a la lucha contra el terrorismo, para convertirse en una amplia función estratégica que abarca infraestructuras críticas, rutas marítimas, nodos energéticos, ciberseguridad y, especialmente, «la estabilidad política del entorno hemisférico inmediato». La nueva NDS señala explícitamente a Hispanoamérica y al Caribe como parte integral del contexto de seguridad estadounidense y no como un escenario periférico. Venezuela y Cuba son dos ejemplos. El hemisferio vuelve así a adquirir una centralidad que no tenía desde la Guerra Fría, en la que privaba la geoestrategia.
La NDS preconiza el planeamiento militar a largo plazo. El esfuerzo principal se orienta a la «competición» con China. Europa sigue siendo estratégicamente importante, consecuencia de la guerra de Ucrania, pero no representa el foco central del Planeamiento de Defensa de EE.UU. Dado que el sistema diseñado se fundamenta en el largo plazo y la toma de decisiones tanto políticas, estratégicas y de recursos, queda afectada en ese sentido. Por lo tanto, los estados europeos no pueden asumir que las debilidades de sus capacidades militares serán compensadas con las estadounidenses.
En este sentido, la NDS establece las funciones que deben asumir los aliados europeos para ejercer la responsabilidad de la Defensa Convencional de Europa. Para ello, Washington seguirá proporcionando capacidades estratégicas esenciales como la disuasión nuclear, la inteligencia, el mando y control, y el refuerzo en tiempos de crisis, pero la preparación, la generación de fuerzas y el mantenimiento logístico serán, progresivamente, responsabilidades europeas. Este modelo aún está por hacerlo viable.
Para la OTAN, esta situación supone que los aliados europeos deberán asumir un mayor liderazgo en la planificación de las operaciones y en el desarrollo de capacidades. La cooperación europea en materia de Defensa, en particular en aspectos como adquisiciones, logística, formación y capacidad industrial, ya no es opcional, sino esencial. Sin ella, el aumento de las expectativas simplemente se traducirá en una mayor presión sobre unas Fuerzas Armadas ya de por sí sobrecargadas, en lugar de una verdadera autonomía estratégica o credibilidad.
La Defensa no puede reducirse únicamente a presupuestos y armamento. Debe incluir inversión a largo plazo en el factor humano
Una de las debilidades más evidentes en el debate actual sobre la Defensa es la escasa atención que se presta a la dimensión humana. Las Fuerzas Armadas no pueden aumentar su entidad, mantenerse, ni fortalecer su resiliencia sin abordar el reclutamiento, la retención, la capacitación, el desarrollo profesional y las condiciones laborales. Sin embargo, con demasiada frecuencia, las cuestiones de personal se relegan a un segundo plano, en comparación con el equipamiento y los presupuestos. La dimensión humana no es un añadido social, sino un requisito estratégico, ignorarla socava la preparación, la resiliencia y la confianza pública en las Fuerzas Armadas.
Una asociación que cambia, no desaparece
El NDS confirma que la relación transatlántica sigue siendo esencial, pero tiene que evolucionar. Los esfuerzos europeos por fortalecer la responsabilidad y la capacidad aún reciben críticas, incluso cuando responden directamente a las expectativas estadounidenses de larga data. Esta tensión no desaparecerá, pero no debe convertirse en una excusa para la inacción.
De cara al futuro, la mayor, no la totalidad, responsabilidad de Europa de su propia defensa ya no es una opción política, sino una necesidad estratégica. Sin embargo, esta transición solo tendrá éxito si es juiciosa respecto a sus límites desde un enfoque inclusivo. La Defensa no puede reducirse únicamente a presupuestos y armamento. Debe incluir inversión a largo plazo en el factor humano, estableciendo una formación profesional adecuada, condiciones de servicio justas y una atención diálogo social constructiva.
Déficits del NDS 2026
A pesar de un planteamiento simple y claro, la NDS presenta defectos importantes. Minimiza el riesgo militar ruso, en concreto para Alemania, comparando la economías rusa y alemana y sacando la conclusión de que la ventaja germana es suficiente para que Rusia no represente una amenaza existencial para los germanos. Esto obvia el cometido de las fuerzas convencionales y nucleares en la proyección de poder, un error por parte de una administración que ha adoptado una visión del mundo en la que solo el poder es protagonista.
La NDS se basa en capacidades inexistentes como, por ejemplo, las alusiones a la «Golden Dome» que es un proyecto. Sin embargo, la estrategia se basa en gran medida de esta capacidad inexistente. Otro exceso es presentar a Irán como una amenaza reducida, gracias al éxito de las Operaciones Midnight Hammer y Rough Rider. Coincidimos en que el riesgo que representa Irán para los intereses nacionales de Estados Unidos, tanto a nivel nacional como internacional, se ha neutralizado en gran medida a corto, medio y largo plazo, aproximado de cinco años. Sin embargo, esta parte de la estrategia es incompatible con la renovada escalada en la región y la retórica de la administración.
Se está ante la mutación desde una proyección global de poder al establecimiento de un centro de gravedad prioritario en territorio estadounidense
Su trato con aliados y socios sigue siendo problemático, a pesar del valioso objetivo de una mayor distribución de la carga. La estrategia carece de un contexto histórico relevante sobre la dinámica de alianzas de Estados Unidos y culpa indebidamente a sus socios por riesgos que fueron provocados, en parte, por decisiones políticas deliberadas de Estados Unidos durante los últimos ocho decenios. También se descarta la reindustrialización y la revitalización de la Base Industrial de Defensa.
La NDS 2026 identifica la «base industrial de defensa» como uno de los principales puntos débiles acumulados durante décadas. Sin capacidad de producción sostenida, rápida y a gran escala, la superioridad militar resulta insostenible en conflictos prolongados. Desde el documento apuesta por la «movilización industrial nacional», comparable a las grandes fases de rearme del siglo XX. Esto incluye la relocalización de industrias críticas, la aceleración de la producción de municiones y plataformas, la integración de inteligencia artificial y la reducción de barreras regulatorias.
La guerra futura se concibe no solo como un enfrentamiento militar, sino como un conflicto industrial, tecnológico y logístico.
- Enrique Fojón es coronel de Infantería de Marina (R) y analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.