Operación con el vehículo submarino no tripulado Pluto de la Armada española
Armada española A bordo del cazaminas Turia: así rastrea un robot submarino el fondo del mar de Alborán
Apenas una ligera marejadilla rompe la superficie azul oscura que corta el cazaminas Turia (M-34) de la Armada mientras abandona el puerto de Málaga para emprender una nueva operación de vigilancia de infraestructuras submarinas. Basta cruzar la pasarela y recorrer su cubierta para descubrir que el Turia es una embarcación singular. No está diseñado para perseguir submarinos, lanzar misiles ni participar en combates navales. Su principal enemigo es discreto, silencioso y muy peligroso: las minas navales.
Con sus 54 metros de eslora y apenas 583 toneladas de desplazamiento, el Turia resulta pequeño comparado, por ejemplo, con las fragatas o los buques anfibios de la Armada. Pero bajo esa apariencia «modesta» se esconde una de las plataformas tecnológicamente más sofisticadas de la flota. El secreto comienza por su propio casco. A diferencia de otros buques militares, fabricados en acero, el Turia está construido con plástico reforzado con fibra de vidrio (GRP). Esta característica reduce drásticamente su firma magnética, una cualidad clave cuando se trabaja cerca de minas que pueden activarse precisamente por alteraciones magnéticas.
Así son los cazaminas clase Segura
Así son los cazaminas clase Segura
La reducción de la firma acústica también constituye una prioridad. Cuanto menos ruido genere el buque, menor será el riesgo de activar accidentalmente una mina sensible al sonido. Todo está diseñado para operar donde otros barcos no pueden hacerlo. De hecho, la operación que desarrolla la Armada en el mar de Alborán tiene como objetivo vigilar infraestructuras submarinas críticas. Bajo estas aguas discurren cables de telecomunicaciones e infraestructuras submarinas esenciales para la vida cotidiana de millones de personas. La guerra en Ucrania, los incidentes registrados en el mar Báltico y el creciente interés de las potencias por blindar la tupida red de comunicaciones bajo el mar han convertido la protección del lecho marino en una prioridad estratégica.
Un cable umbilical
Sin embargo, el protagonista de la jornada no es el propio buque. Todos los ojos están puestos en una sofisticada «cápsula» preparada en la cubierta de popa. Es el Pluto, el cazador submarino. Un vehículo no tripulado por control remoto, ROV (7), recuperable y esencial en operaciones de caza de minas. Los especialistas comienzan los preparativos para lanzar el robot al agua. Desde fuera parece un vehículo sencillo. En realidad, se trata de uno de los sistemas más importantes de la guerra de minas moderna. Conectado al buque mediante un cable umbilical, el Pluto Plus puede descender a una profundidad de hasta 200 metros y transmitir imágenes en tiempo real a los operadores que trabajan en el interior del barco. La operación requiere precisión quirúrgica. Cuando una posible amenaza es detectada por el sonar AN/SQQ-32, el robot entra en acción. Primero localiza el objeto. Después lo examina. Finalmente, permite determinar si se trata de una roca, un resto metálico, un pecio o una mina real. En caso necesario, puede transportar cargas explosivas destinadas a neutralizar el artefacto.
Desde una consola situada en el centro de operaciones, varios especialistas observan las imágenes que llegan desde el fondo del mar. El silencio es absoluto. Cada movimiento del vehículo se realiza con suavidad milimétrica. Pero el trabajo comienza mucho antes de lanzar el Pluto. La verdadera búsqueda arranca con el sonar de profundidad variable AN/SQQ-32. Suspendido bajo el agua, este sensor explora el fondo marino mediante pulsos acústicos capaces de generar imágenes extremadamente detalladas. Las pantallas muestran formas, sombras y contornos que para un observador inexperto parecen abstractos. Una sombra extraña. Un objeto metálico. Una forma geométrica donde no debería existir nada. Cada contacto debe ser identificado. Y ahí entra nuevamente el Pluto Plus.
A bordo del cazaminas Turia
La primera fase de cualquier operación consiste en cartografiar el fondo mediante los sensores acústicos y vehículos no tripulados. Pero una vez detectado un contacto de interés, entra en acción el componente humano. Los datos recopilados por los sensores son analizados por especialistas que determinan si resulta necesario realizar una inspección directa.
La importancia de los buzos
Para ello, la Armada dispone de buceadores técnicos altamente cualificados capaces de operar hasta profundidades próximas a los 100 metros utilizando equipos de respiración de circuito cerrado. Estos sistemas permiten realizar inmersiones prolongadas, reduciendo la emisión de burbujas y aumentando la discreción de las operaciones.
Los especialistas cuentan además con propulsores submarinos individuales que amplían significativamente su radio de acción bajo el agua y facilitan desplazamientos rápidos entre distintos puntos de inspección.
Equipo Operativo de Buceo durante una inmersión
La dotación se completa con sonares portátiles que permiten con precisión localizar objetivos previamente identificados por los sistemas de búsqueda. Gracias a esta combinación de tecnología y experiencia, los equipos pueden verificar el estado de infraestructuras críticas, inspeccionar pecios, localizar objetos sumergidos o apoyar investigaciones relacionadas con la seguridad marítima.
La Armada también mantiene capacidades de buceo con suministro desde superficie mediante cascos y máscaras especializadas conectadas a plataformas de apoyo. Este sistema permite trabajar hasta los 114 metros de profundidad con comunicaciones permanentes entre el buceador y el personal de control situado en superficie.
Cazaminas 'Turia'
Buena parte de la atención se centra en la protección de infraestructuras submarinas. Aunque tradicionalmente el foco de la seguridad marítima se ha concentrado en la superficie, el creciente volumen de cables de telecomunicaciones, conducciones energéticas y otras instalaciones estratégicas ha convertido el fondo marino en un espacio de especial interés para las marinas occidentales.
Los mandos de la Armada señalan que estas infraestructuras recorren miles de kilómetros a lo largo de la costa española. En algunos casos permanecen enterradas bajo el sedimento, mientras que en otros discurren visibles sobre el fondo marino.