El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, es recibido por el Rey de Marruecos, Mohamed VI, en 2024
Las tradicionalmente complicadas relaciones España-Marruecos
Tras una desastrosa gestión a todos los niveles, y transcurridos más de dos meses, la invasión de Ceuta ha derivado en un verdadero colapso de la ciudad que ha afectado a la vida cotidiana de sus habitantes
El anuncio de la visita de su Majestad el Rey Felipe VI a Ceuta y Melilla programada para los próximos 13 y 14 de octubre ha provocado, una vez más, la reacción de Marruecos tildando la misma de auténtica provocación. Esta circunstancia viene a unirse a la crisis de Ceuta, de la que acaban de cumplirse dos meses desde su comienzo, y que lejos de estar en vías de solución, se enquista y continúa sirviendo a los intereses de nuestro país vecino del sur en su amenaza híbrida sobre los territorios de soberanía española en el norte de África y supone una clara continuación de los hechos y circunstancias históricas que han marcado el difícil devenir histórico de las relaciones entre ambos países.
La presencia española en África se remonta al siglo XV, cuando portugueses y españoles empezaron a tomar posesión de diversas plazas y enclaves en la costa mediterránea y atlántica del actual Marruecos, asentándose en lugares como Ceuta (1415), Alcazarquivir (1448), Arcila (1471), Tánger (1471) o Melilla (1479). Tras periodos prolongados de convivencia, los hostigamientos y ataques sobre las posesiones españolas han sido constantes, destacando entre otros, el sitio de Ceuta (1694 - 1727) –considerado el más largo de la historia, con una duración de treinta y tres años–; el de Melilla (1774); la Guerra de África (1859 – 1860); la Guerra del General Margallo (1893); la Campaña de Melilla o del Rif (1909) o las Campañas del Kert (1911 y 1912).
Pero sin duda, lo que marcará las relaciones con el sultanato y posterior reino de Marruecos, será nuestra presencia en la zona norte, en forma de protectorado. Tras el acuerdo entre el sultán marroquí y Francia de marzo de 1912, por el cual Marruecos limitaba su condición de estado soberano en favor de la nación gala, Inglaterra, la otra gran potencia concernida en el control del Estrecho de Gibraltar, no iba a permitir que Francia se hiciera con el dominio estratégico del mismo mediante la ocupación de la orilla sur. Para ello, y haciendo valer los derechos históricos de España en Marruecos, presionó al Gobierno francés para que cediese a nuestra nación el control de una porción de terreno en la parte septentrional. España fue forzada así, mediante una política de hechos consumados a entrar en una aventura colonial para la que no estaba preparada ni política, ni social, ni económicamente y tal y como se demostró posteriormente en Annual, tampoco lo estaba militarmente.
La zona asignada a España era la más agreste, improductiva y conflictiva, con una gran parte de las cabilas que la habitaban manifiestamente contrarias a la autoridad del sultán.
En ese contexto, España afronta sus responsabilidades sobre el territorio asignado y los sucesos se desencadenan hasta desembocar en el denominado Desastre de Annual (julio – agosto 1921) en el que un número indeterminado de soldados y civiles españoles, seguramente superior a los diez mil, fue masacrado por las harcas rebeldes de la cabila de los Beni-Urriaguel, lideradas por Abd-el-Krim. En esas circunstancias, el auxilio a la ciudad se convirtió en una cuestión de estado, ordenándose por parte del Gobierno el alistamiento de unidades y su traslado a la ciudad norteafricana para proceder a la reconquista del territorio y lavar la afrenta nacional recibida. Con una verdadera conciencia nacional, y con medidas de carácter global verdaderamente eficaces, en el escaso periodo de cuatro meses, se logró reconquistar el territorio perdido, y poner en jaque a las belicosas tribus rifeñas.
Pero una vez, más, cuando España tenía en su mano la solución del problema marroquí, un bandazo en nuestra política en el Protectorado, motivado esta vez por la llegada al gobierno del General Primo de Rivera, convencido defensor de las tesis abandonistas de Marruecos, provocó la orden de repliegue a la denominada Línea Estella, que implicaba el abandono de muchos territorios que tanta sangre habían costado y el repliegue a zonas limítrofes con las comandancias generales y la capital, Tetuán. En concreto, la retirada de Xauen, a punto estuvo de convertirse en un segundo Annual.
Abd el-Krim
Finalmente, y ya en 1925, se llegó a la conclusión de que la única posibilidad de pacificar el Protectorado era realizar una acción decisiva en el corazón de la insurrección, la Bahía de Alhucemas, que acabase con la resistencia rifeña. Para ello, el 8 de septiembre se llevó a cabo una operación conjunto combinada del Ejército de Tierra, la aviación del Ejército de Tierra y de la Armada y de las Armadas española y francesa sobre las playas de Alhucemas, lo que provocó, entre otras circunstancias, la derrota del caudillo rifeño y su rendición a los franceses, el 27 de mayo de 1926.
Tras una serie de operaciones exitosas desarrolladas posteriormente, el 27 de julio de 1927, el teniente general Sanjurjo, Alto comisario de España en Marruecos, dirigió una orden al Ejército de África, dando por terminadas las operaciones en la zona española del Protectorado, con la total ocupación de éste y su sumisión al sultán de Marruecos. La presencia española en un Protectorado en paz se prolongaría hasta 1956, año en el que se otorgaría la independencia a Marruecos, siendo arriada la bandera española en Tetuán por última vez el siete de abril.
Pero apenas transcurridos dos años, los hostigamientos y ataques sobre posesiones españolas volverían, esta vez sobre el territorio de Ifni, que no había pertenecido al Protectorado, mediante una serie de ataques de bandas armadas a los puestos y posiciones españolas, dando lugar a la denominada Guerra de Ifni (noviembre de 1957 – junio de 1958), alcanzándose un alto el fuego en junio de 1958 y provocando la entrega del territorio.
Circunstancias semejantes se volvieron a repetir en el Sahara español años más tarde. En 1973, a raíz del auge económico experimentado por el territorio como consecuencia del descubrimiento de yacimientos de fosfatos, se fundó el partido clandestino independentista Frente Polisario, que inmediatamente inició una serie de atentados terroristas y ataques contra las Fuerzas Armadas españolas, la administración nacional y civiles españoles, además de combates basados en una estrategia de guerrillas en el desierto. En 1974, España comunicó oficialmente su intención de celebrar un referéndum de autodeterminación sobre el territorio basado en un censo previamente elaborado en base a la población indígena.
El 16 de octubre de 1975 el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU determinó que no existían ni reconocimiento internacional, ni vínculos jurídicos entre el Sáhara Occidental y el Estado Marroquí y tampoco había evidencias de que Marruecos ejerciera ninguna actividad estatal efectiva y exclusiva en el Sáhara Occidental.
Imagen de la playa por la que entraron decenas de miles de ciudadanos marroquíes sin apenas oposición
En el contexto político de la crisis final del franquismo, Marruecos aprovechó la debilidad del régimen para organizar, con el respaldo de los Estados Unidos, la denominada Marcha Verde que el 6 de noviembre de 1975 atravesó la frontera y se adentró unos pocos kilómetros en territorio español, sin alcanzar los campos de minas , circunstancia previamente pactada, derivando en los denominados Acuerdos de Madrid entre España, Marruecos y Mauritania, por los que nuestra nación interrumpía su proceso de descolonización del territorio y abandonaba el territorio, pero sin traspasar su soberanía, ni su condición de potencia administradora. El 28 de febrero de 1976 se arrió por última vez la bandera española en el edificio del Gobierno General del Sáhara, en El Aaiun, poniendo fin a la presencia española en el territorio.
El 11 de julio de 2002, un grupo de gendarmes marroquíes ocupó el islote de El Perejil, de soberanía española, izando su bandera y justificando su presencia como parte de las operaciones contra el terrorismo y el tráfico de drogas. España interpretó esta acción como una agresión a su soberanía territorial, lo que generó una escalada diplomática y militar. El 17 de julio, se puso en marcha la operación Romeo Sierra para recuperar el islote, en la que participaron unidades de operaciones especiales y helicópteros del Ejército de Tierra, buques de la Armada y aviones del Ejército del Aire. La acción fue un rotundo éxito que se ejecutó con precisión quirúrgica y sin bajas, deteniéndose a los seis gendarmes presentes en la isla y devolviendo el control del islote a España.
El 17 de mayo de 2021, y en reacción al deterioro de las relaciones diplomáticas entre Marruecos y España después de que nuestro gobierno admitiera el traslado y tratamiento médico del líder del Frente Polisario, Bahim Gali, en un hospital de la Rioja, las fuerzas de seguridad marroquíes situadas en la frontera con Ceuta, relajaron los mecanismos de control de ésta, permitiendo el paso de inmigrantes procedentes de Marruecos a la ciudad española, en un número cercano a los diez mil, del los que mil quinientos eran menores de edad, lo que realizaron a nado, bordeando los espigones de las playas de Benzú y El Tarajal.
Finalmente, y como el más reciente y claro exponente de esa dificultad en las relaciones bilaterales con el país vecino, el pasado treinta de julio, más de ochenta mil personas cruzaron a nado y a pie la frontera española de El Tarajal, llevando a cabo, en palabras del presidente del Gobierno, una «violación de la soberanía española». Tras una desastrosa gestión a todos los niveles, y transcurridos más de dos meses, la invasión ha derivado en un verdadero colapso de la ciudad que ha afectado a la vida cotidiana de sus habitantes, que han visto conculcados sus derechos fundamentales, afectada gravemente su economía, aumentada exponencialmente la delincuencia, deteriorada grandemente la situación sanitaria, restringido su bienestar social, afectada su situación educativa, y peligrosamente deteriorada su seguridad ciudadana, ante una nación que parece haberlos olvidado.
Tras el relato de esta serie de acontecimientos históricos, se pueden extraer una serie de consecuencias comunes a todos ellos.
Las relaciones entre ambos países han sido a lo largo de los siglos, muy complicadas. Las diferencia religiosas, culturales, económicas y sociales, deben ser identificadas y tenidas en cuenta a la hora de establecer estrategias de colaboración.
En el ideario marroquí subsiste la idea de alcanzar la máxima expansión territorial recogida en el concepto del «Gran Marruecos». en el que se recogen, entre otras, las reivindicaciones sobre Ceuta, Melilla, Canarias y los territorios españoles de soberanía en el norte de África, reclamaciones en las que no cejarán en su empeño y que serán periódicamente esgrimidas con la tradicional paciencia y perseverancia árabes.
Tradicionalmente, por parte española, la política errática e intermitente ha presidido las relaciones con el país vecino a lo largo de la historia, actuando según los vaivenes políticos en una clara estrategia cortoplacista.
En su estrategia híbrida, no cejará en utilizar todos los medios a su alcance para lograr alcanzar sus objetivos. La inmigración ilegal, el tráfico de mercancías, las presiones diplomáticas o las alianzas internacionales son claros ejemplos de esta forma de proceder.
Las relaciones bilaterales deben ser afrontadas con la necesaria cercanía y cordialidad como corresponden a un país vecino y estratégicamente necesario, pero con la suficiente determinación y firmeza para que, en ningún caso, la postura española pueda ser tomada como sinónimo de debilidad. Para ello deben ser empleados todos los recursos a disposición del Estado: diplomáticos, políticos, económicos, de seguridad, sociales, y en su caso, los militares que trasladen la necesaria disuasión que evite una escalada del potencial conflicto.
Dando por sentada la incuestionable españolidad de nuestras posesiones norteafricanas, la postura española debe ser sólida y rotunda, apoyada en la razón y el derecho internacional e histórico que nos ampara, con las adecuadas dosis de cohesión nacional y con el convencimiento de que como manifiestan día a día sus habitantes, Ceuta y Melilla son tan españolas como cualquier otra ciudad o provincia peninsular, debiendo llevarse hasta sus últimas consecuencias. La unidad y la soberanía de España están en juego. ¡No lo olvidemos!