El pueblo gallego que pertenece a dos municipios
El pueblo gallego que pertenece a dos municipios y que Alfonso VII quiso convertir en un burgo comercial
En Galicia hay lugares que parecen flotar entre el mito y la geografía. Pueblos diminutos, que se convierten en rincones casi secretos, ya que parecen ajenos al paso del tiempo, y conservan intacta la esencia rural.
En una comunidad tan reconocida por su costa como por sus ciudades históricas, aún perviven aldeas que permanecen ocultas a los ojos del visitante y que, al ser descubiertas, sorprenden por su belleza y su historia.
Entre ellas, hay un enclave especialmente singular de apenas una treintena de vecinos, un río que lo divide en dos municipios, y una historia que podría haber cambiado su destino hace siglos, cuando un rey soñó con convertirlo en un importante burgo comercial a orillas del Miño.
Dividido por un río
Nos referimos a Belesar, una pequeña aldea situada en el municipio de Chantada (Lugo) que, aunque hoy destaca por su tranquilidad y su entorno natural, en otro tiempo estuvo llamada a desempeñar un papel más relevante.
Belesar pertenece simultáneamente a los municipios de Chantada y O Saviñao, divididos por el cauce del río Miño: la orilla occidental corresponde a Chantada, mientras que la oriental forma parte de O Saviñao. Esta particularidad geográfica, que convierte al pueblo en una misma entidad repartida entre dos ayuntamientos, constituye uno de los rasgos más distintivos de su identidad.
Su historia se remonta a la época romana. Los conocidos 'Codos de Belesar', un tramo empedrado que trepa en zigzag por la montaña, formaban parte de la vía romana que unía Braga con Astorga. Ese papel de paso natural entre comarcas explicaría por qué el rey Alfonso VII concedió privilegios comerciales a los habitantes de Belesar, con la intención de que se convirtiera en un burgo mercantil.
Aquel proyecto real buscaba aprovechar su posición estratégica para atraer a mercaderes y peregrinos y de hecho, se autorizaron posadas y mercados donde vender carne, frutas, hortalizas o tejidos. Décadas después, Alfonso IX confirmó esos privilegios en 1208, el documento más antiguo conservado sobre la localidad. Pero el sueño no prosperó. Belesar nunca llegó a ser el gran núcleo comercial que imaginaban los reyes; se mantuvo pequeño, aferrado a la ribera y a la vid, resistiendo a su manera el paso de los siglos.
Hoy, Belesar conserva el encanto de las aldeas tradicionales de la Ribeira Sacra, con casas de piedra y viñedos en bancales que descienden hasta las orillas del Miño. El actual núcleo se asienta sobre el valle que quedó tras la construcción del embalse de Belesar, una obra que transformó por completo la fisonomía del lugar, pero que aún así, el pueblo mantiene viva su identidad rural y su valor histórico, atrayendo a quienes buscan conocer la Galicia interior.
Un pueblo en el Camino de Invierno
Hoy, el pueblo ha cambiado poco. El Camino de Invierno, variante jacobea que entra en Galicia evitando las cumbres nevadas de O Cebreiro, pasa justo por aquí. Y desde el puente, cuyos pilares aún conservan bases romanas, parte la Ruta de los Viñedos de Belesar, un sendero lineal de unos cuatro kilómetros que conduce hasta A Veiga entre bancales, lagares y bodegas centenarias.
La iglesia de San Bartolomeu, patrón del pueblo, guarda un retablo barroco de 1747 rescatado de la antigua parroquia anegada por el embalse. Desde el embarcadero, en la parte de O Saviñao, salen las rutas fluviales en catamarán que recorren los cañones más apacibles de la Ribeira Sacra, entre paisajes que parecen pintados.
Belesar es, además, tierra de cerezas, a las que dedica una fiesta cada primavera. Pasear por sus calles empedradas o mirar cómo el Miño refleja el caserío es una experiencia tan sencilla como inolvidable.