Calles, soportales y callejonesEuropa Press

La calle de Galicia donde mejor se come del mundo: 80 bares y tabernas para tapear en solo 150 metros

Situada en el casco histórico, a pocos pasos de la catedral, la rúa do Franco es hoy una de las arterias más transitadas de Santiago de Compostela

En España hay calles famosas por su ambiente, otras por su historia y algunas por sus tiendas. Pero hay una que ha logrado ser considerada la calle donde mejor se come del mundo. Está en Galicia, en pleno corazón de Santiago de Compostela, y su fama ha traspasado fronteras.

Son numerosas las publicaciones que se han hecho eco de la fama de esta calle y, entre ellas, la revista Viajar la define como: «Un auténtico festín gastronómico donde conviven tradición y modernidad». Y no es una exageración, ya que, en apenas 150 metros, se concentran alrededor de 80 bares y tabernas.

El corazón gastronómico de Santiago

Hablamos de la Rúa do Franco, un auténtico imán para amantes de la buena mesa, peregrinos y viajeros que llegan atraídos por la promesa de comer bien, casi en cualquier puerta.

Situada en el casco histórico, a pocos pasos de la catedral, la Rúa do Franco es hoy una de las arterias más transitadas de Santiago. Su trazado en ligera curva, flanqueado por fachadas de piedra cargadas de símbolos históricos, esconde un legado que se remonta a la Edad Media.

Situada en el casco histórico de Santiago de Compostela, a escasos metros de la catedral, la Rúa do Franco es actualmente una de las calles con mayor afluencia de la ciudad.

Su trazado ligeramente curvo, flanqueado por fachadas de piedra con abundantes elementos simbólicos, conserva un marcado carácter histórico que se remonta a la Edad Media. En esa época, la calle concentraba posadas y tabernas que ofrecían comida y alojamiento a los peregrinos que llegaban tras completar el Camino de Santiago. A estos taberneros medievales se les conocía como ‘francos’, de aquí el nombre de la calle.

Si hay un protagonista indiscutible en la rúa do Franco, ese es el marisco gallego. Percebes, almejas, nécoras, centollas, cigalas, camarones o bogavantes llenan vitrinas y pizarras. La preparación suele ser sencilla, casi minimalista, porque cuando el producto es excepcional no necesita disfraces: cocido, a la plancha o en salpicón, siempre acompañado de un buen vino gallego o una caña bien tirada.

El pulpo merece capítulo aparte. Se sirve á feira, guisado con patatas, a la plancha o incluso en empanada, demostrando la versatilidad de uno de los grandes iconos de la cocina gallega. Junto a él, empanadas de todos los rellenos imaginables, caldos tradicionales, pescados frescos preparados a la gallega o en caldeirada, y postres como la inevitable tarta de Santiago completan una oferta tan amplia como tentadora.

Dónde parar y qué pedir en el Franco

Elegir dónde entrar no es fácil, pero hay locales que se han ganado un lugar destacado en la memoria colectiva. El Trafalgar es famoso por sus mejillones picantes, conocidos como tigres rabiosos. En el antiguo Abellá, hoy convertido en Vila 64, sigue triunfando la mítica tapa de cocodrilo. O Gato Negro, aunque está en la paralela rúa da Raíña, es parada obligatoria por su hígado encebollado y su historia centenaria.

Otros nombres imprescindibles son A Noiesa Casa de Comidas, Mesón El Bombero, abierto desde 1931, A Taberna do Bispo, Orella, con sus populares orejas de cerdo aliñadas, o Mesón A’Charca, ideal para una mariscada generosa. Cada local tiene su personalidad, pero todos comparten un mismo respeto por el producto y la tradición.

La rúa do Franco no es solo una sucesión de bares: es una experiencia social, cultural y gastronómica. Ir de tapa en tapa, compartir mesa con desconocidos, escuchar acentos de medio mundo y dejarse llevar por los aromas que salen de cada cocina forma parte del ritual. Hay muchas calles donde se come bien, incluso muy bien, pero pocas pueden presumir de concentrar tanto sabor en tan poco espacio.

Por eso no sorprende que esta calle gallega haya sido señalada como la mejor del mundo para comer. Quien la recorre entiende rápidamente que no es un título exagerado, sino el reflejo de una realidad que se saborea bocado a bocado.