Los padres de Diego Bello, Pilar Lafuente y Alberto Bello, con el director del NBI y el abogado de la familia, Guillermo Mosquera
Pilar Lafuente, madre de Diego Bello: «El gobernador Villafuerte amenazó con asesinar a mi hijo y tirarlo a un manglar»
La madre del joven coruñés relata a El Debate el calvario de estos seis años de lucha para desmontar el montaje policial que intentó presentar a su hijo como un narcotraficante
Pocas historias han sacudido con tanta fuerza el alma de una ciudad. La Coruña, que conocía a la perfección la vitalidad y el buen corazón de su vecino Diego Bello, se convirtió en el motor de una lucha incansable que hoy, seis años después de su muerte, ha logrado que la verdad empiece a imponerse al miedo y a las mentiras. Los que tuvieron la suerte de conocer a esta alma libre, donde se incluye esta servidora, saben que su luz no se apagó en aquella fatídica noche del 8 de enero de 2020 en la isla filipina de Siargao, donde fue, presuntamente, asesinado a tiros por el capitán Vicente Panuelos, y los sargentos Ronel Azarcón y Nido Boy Esmeralda, ahora en prisión provisional hasta la resolución del juicio.
Lo que intentaron disfrazar como una operación antidroga, no fue más que un burdo montaje para justificar su muerte. Esa etiqueta de narcotraficante que le pusieron cayó por su propio peso cuando las pruebas periciales confirmaron que manipularon la escena del crimen a su antojo. La investigación del NBI (la oficina de investigación filipina) y el informe forense fue tajante: al joven coruñés le plantaron una pistola y una riñonera con droga después de abatirlo. Una verdad que no hubiera podido salir a la luz sin el empeño de una familia que desde entonces trata de hacer justicia. Su madre, Pilar Lafuente, narra a El Debate el calvario que siguen viviendo y la crudeza de su reciente testimonio en el juicio en Manila, el pasado mes de enero.
–Pilar, ¿cómo se encuentra realmente? La entereza de la familia ha sido ejemplar, pero imagino que no siempre ha sido así...
–Sí, caímos y necesitamos ayuda externa. Pero teníamos —y seguimos teniendo— un propósito; esto no es un duelo al uso, es un trabajo y no nos podemos hundir. Es cierto que los dos primeros años ni mi marido ni yo fuimos capaces de enfrentarnos a nadie, ni siquiera hablar de Diego. Estábamos desconectados, pero llegó un punto en el que nos dijimos que este trabajo nos pertenecía a nosotros. Estamos profundamente agradecidos a todos los que nos ayudaron, pero somos quienes debemos estar al frente.
–Contó en el juicio que Diego había recibido amenazas de Miguel Villafuerte, un influyente gobernador filipino que vivía enfrente de su negocio
–Sí, amenazas de muerte.
–Resulta difícil comprender qué pudo motivar el asesinato...
–Llegó a la isla y se convirtió en una persona conocida y querida. Era todo un relaciones públicas y tuvo éxito con los negocios. Despertó envidias. Cuando montó 'La Santa' (un club-restaurante) con su socio, detrás del terreno había una casa cuyo dueño era el gobernador, casado con una miss que tenía un local también allí. Este individuo estaba dominado por unos celos enfermizos y empezó a generar problemas, aunque no se trataba de ningún lío de faldas. Diego, por su parte, no era una persona que se dejara intimidar ni permitía que nadie le dijera lo que tenía que hacer. A raíz de eso, empezaron a hacerles inspecciones y tuvieron visitas constantes de la policía, pese a que estaba todo en regla.
Diego Bello, el joven coruñés asesinado en Filipinas
–¿Qué pasó después?
–Diego estuvo en Coruña en agosto y, al volver a Filipinas, contrajo el dengue. Tuvo que ser trasladado a un hospital de Manila y, mientras él estaba ingresado, el gobernador se presentó en 'La Santa' con dos guardaespaldas. Fue allí donde lanzó la amenaza: 'Mírame bien a la cara: os pego un tiro en la nuca, os tiro a un manglar y no os encuentra nadie'.
–¿Sostiene la tesis de que este gobernador fue quien dio la orden directa a la policía para ejecutar a Diego?
–Creemos que está detrás, sí. Los sueldos de la policía allí son muy bajos y el capitán Pañuelos, uno de los acusados, llevaba apenas seis meses en la isla y procedía precisamente de Camarines del Sur. No encontramos otra explicación. De hecho, el propio alcalde de la zona, que debe estar al tanto de cualquier operación de narcotráfico, declaró en el juicio en enero que no le constaba nada sobre mi hijo, ni como traficante ni como consumidor. Los tres policías están acusados de asesinato y de falsear pruebas, pero el gobernador no. Ellos han confesado que fue una 'orden de un superior', pero se niegan a dar su nombre. Si han decidido cargar ellos solos con la culpa, es su elección.
Creemos que el gobernador Villafuerte está detrás de su muerte
–¿Tienen la confianza de que, tras haberse desmontado punto por punto la versión oficial, la sentencia sea finalmente condenatoria?
–Sí, porque se ha ido desmontando punto por punto toda la versión y el informe policial. El problema es que su sistema es muy lento y seguimos en la lucha. Es tal el grado de corrupción que la jueza ordenó el ingreso de los acusados en la cárcel municipal de Manila y estaban en otra. Cuando lo denunciamos, los trasladaron.
–Coincidió con los acusados durante el juicio, ¿mostraron algún tipo de arrepentimiento?
–La primera vez que viajamos a Filipinas los tuvimos tan cerca como estamos tú y yo ahora. Pero si te dejas llevar por lo que sientes en ese momento, nosotros también acabaríamos en la cárcel. El corazón te pide una cosa, pero tienes que obligar a la cabeza a mandar. Lo que queríamos era que nos pusieran cara, que vieran que Diego no estaba solo, que tenía una familia detrás. No puedo evitar desearles exactamente lo mismo que le hicieron a mi hijo, porque nosotros estamos aquí luchando, pero Diego no va a volver nunca.
Cuando los vimos por primera vez estaban muy altivos, venían de estar prácticamente en un hotel. Pero en la sesión de enero, ya no eran los mismos policías, estaban sucios y no miraban para arriba. Pero aún así estaban allí. En la sala del juicio podíamos escucharles respirar, pero no podíamos dejarnos llevar. Es un ejercicio de control constante: mantener la cabeza fría y pensar que esto es un objetivo, un trabajo, y que no podemos fallar a Diego.
Concentración para reclamar justicia para Diego Bello
–¿Cómo fue su declaración?
–Mi testimonio se basó en una declaración jurada previa. La defensa apenas me hizo un par de preguntas; imagino que para no echarse más mierda encima, intentaron cuestionar si yo conocía realmente a mi hijo. Al final, fue la jueza quien me preguntó si había leído el informe del NBI, donde dice que lo asesinaron.
–Cuando finalmente se dicte sentencia, ¿cree que llegará la paz a sus vidas?
–Vamos a sentir paz, primero porque disfrutaremos de un descanso tanto físico como mental. Aunque sí que es cierto que tampoco vamos a bajar los brazos, de vez en cuando, constataremos que siguen en la cárcel. Es un trabajo que nos va a llevar hasta los últimos días de nuestra vida.
Hacer justicia por Diego es un trabajo para el resto de nuestras vidas»
–¿Llega uno a sentirse culpable en esos pequeños momentos en los que consigue desconectar de la tragedia?
–En el fondo es una contradicción, porque mientras peleas por justicia, Diego sigue estando ahí. Lo he sentido en todo este proceso; es una sensación extraña. Al principio te vuelves loca: te culpas por esos momentos en los que eres capaz de no estar pensando en él. Con el tiempo, hemos tenido que aprender que, aunque no estemos pensando en Diego, estamos haciendo algo con él o para él. Esa es la tabla a la que te agarras, porque si no, lo fácil es dejarte ir.
Mi vida cambió en un segundo. Si yo pudiera cambiar ese instante... si hubiera podido advertirle. Sé que no tuve la culpa, pero ese minuto de culpabilidad por no haber estado allí te persigue. Todo es confuso; durante mucho tiempo tuve la idea de que aparecería, e incluso fui incapaz de ir al cementerio. Ahora voy en automático. Sé que tengo mucho trabajo emocional por delante, porque pensar en él todavía me hace mucho daño. Por eso intento pensar en otra cosa: en que esto es, simplemente, un trabajo.
–¿Han pensado en ayudar a otras familias cuando todo acabe?
–Ya hemos ayudado a otros, aunque es algo que no me gusta hacer público. Además, cuando fuimos a Filipinas con la Comisión de Derechos Humanos, les dijimos que, una vez termine todo el proceso, si sobraba algo de dinero, lo donaríamos como agradecimiento por todo lo que nos han apoyado.
Barajamos la idea de ceder su marca para que continúe su legado
También nos gustaría que su marca de ropa continuara, pero es mucho trabajo para nosotros ahora mismo. Barajamos la idea de cederle la marca —que tenemos registrada— a alguien, no con el fin de lucrarnos, sino para que continúe su legado. A Diego le haría muchísima ilusión saber que su ropa sigue en la calle. Pero, de momento, estamos a lo que estamos: necesitamos todas nuestras fuerzas para no fallarle en este juicio.