Dos panes gallegos con sello europeo
Los panes gallegos que están entre los mejores de España y el rasgo que los hace únicos
El prestigio del pan gallego trasciende las fronteras de la comunidad gallega con presencia hasta en la Casa Real
Galicia destaca por la calidad y variedad de sus productos gastronómicos. Mariscos, pescados, carnes y quesos forman parte de una tradición culinaria reconocida tanto dentro como fuera de España. Entre todos ellos, el pan ocupa también un lugar destacado en la mesa gallega como acompañamiento de las comidas y producto emblemático de su cultura gastronómica. Tanto es así, que la Xunta de Galicia lo promueve como uno de los símbolos de identidad gastronómica.
De hecho, ambas indicaciones geográficas han estado presentes recientemente en unas jornadas profesionales de panadería celebradas en Ciudad Real, un encuentro que reunió a las principales IGP panaderas de España con el objetivo de poner en valor el pan tradicional frente a la estandarización industrial.
El prestigio del pan gallego es tal que panaderías artesanas gallegas han llegado a suministrar pan para eventos institucionales, restaurantes de alta gastronomía e incluso a Casa Real.
Los dos panes gallegos con sello europeo
Galicia cuenta con dos Indicaciones Geográficas Protegidas (IGP) dedicadas exclusivamente al pan: Pan de Cea y Pan Gallego, distintivos que certifican su origen, su calidad y su método tradicional de elaboración.
El Pan de Cea, elaborado en el municipio orensano de San Cristovo de Cea, se remonta al siglo XIII. En 2005 se convirtió en el primer pan de Europa en obtener la Indicación Geográfica Protegida, un reconocimiento a su método de elaboración artesanal.
Este monasterio de la provincia de Orense se le conoce como «El Escorial gallego»
La historia de este pan está ligada al Monasterio de Santa María de Oseira. Mientras los religiosos se encargaban de moler el grano, los vecinos del pueblo desarrollaron la actividad panadera hasta convertirla en el motor económico de la localidad.
La elaboración del Pan de Cea sigue hoy el proceso tradicional y se cuece en hornos de piedra calentados con leña, lo que le aporta su característica corteza crujiente. Su aspecto es inconfundible ya que se trata de piezas alargadas con extremos redondeados y una hendidura transversal en la superficie conocida como ‘fenda’, que permite identificarlo fácilmente.
La otra indicación geográfica protegida, el Pan Gallego, fue creada en 2019 para proteger el uso del término ‘gallego’ en la comercialización de pan, ya que, durante años, muchos productos se vendían bajo esa denominación sin tener relación real con la tradición panadera de la comunidad gallega. El Pan Gallego se caracteriza por una corteza gruesa y crujiente y una miga esponjosa con alveolos irregulares, resultado de un proceso de fermentación lenta.
Este pan se cuece en hornos de solera de piedra, un sistema que permite lograr su característica textura y sabor. Y las piezas se comercialicen enteras y etiquetadas individualmente para garantizar su autenticidad.
Quinientas toneladas de pan al año
Las dos IGP gallegas producen en conjunto alrededor de 500 toneladas de pan al año. En un escenario donde la producción industrial domina el mercado, estos sellos de calidad buscan proteger un saber hacer transmitido durante generaciones. Cada pieza elaborada bajo estas indicaciones geográficas es el resultado de técnicas tradicionales, materias primas seleccionadas y una fuerte vinculación con el territorio.
España cuenta actualmente con seis panes reconocidos con Indicación Geográfica Protegida, todos ellos vinculados a tradiciones panaderas locales. Además de los gallegos Pan de Cea y Pan Gallego, el mapa del pan protegido en el país se completa con: Pa de Pagès Català, típico de Cataluña, Pan de Alfacar, originario de la provincia de Granada, Mollete de Antequera, uno de los panes más populares de Andalucía y Pan de Cruz, característico de la provincia de Ciudad Real. Estos productos demuestran la enorme diversidad de la panadería española.
En definitiva, el pan español goza de buena salud y entre ellos los gallegos que se caracterizan por su elaboración artesanal, el respeto por los procesos de fermentación y el uso de materias primas de calidad han permitido que ambos cuenten con el sello de IGP, un reconocimiento que garantiza su origen y su forma de producción. Más allá de su valor gastronómico, estos panes forman parte del patrimonio culinario de Galicia y continúan siendo un alimento que no puede faltar en las mesas gallegas.