Urbanitas explicando cosas a los lugareños
Han visto pasar a tantas Greta Thunberg de Hacendado contándoles lo genuino que sería volver a vivir en pallozas que ya asumen que estas expediciones van y vienen con las estaciones, como las nabizas
Se habla mucho del mansplaining. El término nació, como tantas otras cosas, en una fiesta. En medio del jolgorio, Rebecca Solnit se encontró hablando con un individuo que elogiaba un ensayo que acababa de publicarse. Ignoraba que el libro lo había escrito Solnit, a la que no dejaba meter baza. Ella lo contó en un artículo titulado Los hombres me explican cosas. Yo creo que el señor de marras, más que paternalista y condescendiente con las mujeres en particular, era idiota en general.
Lo de Solnit es un poco como aquella escena gloriosa de Annie Hall en la cola del cine. Justo detrás de Alvy y Annie aguarda una pareja. Alvy no puede evitar oír las monsergas del individuo, que le está dando una paliza mortal a su acompañante sobre las teorías de Marshall McLuhan. Alvy acaba por afearle su desconocimiento enciclopédico sobre la cuestión. Y, como el tipo se resiste, saca al mismísimo McLuhan de entre bastidores para que le diga a la cara lo que piensa de sus disparates. ¿Se rinde el pedante? Para nada. Qué sabrá McLuhan sobre las teorías de McLuhan.
Como la estupidez está casi tan repartida como el Gordo, hay múltiples variantes del mansplaining. Una de mis favoritas es la de los urbanitas explicando cosas a la gente del campo.
Ahora que estamos en Semana Santa y empieza a asomar el sol, asistimos de nuevo al espectáculo del desembarco de los coruñeses de asfalto en los municipios del contorno. Por supuesto, yo soy el primero que vuelve encantado a la aldea para que me dé un poco el sol y la cardióloga no me riña al ver que, en los análisis, la vitamina D me ha salido a deber. Pero me refiero a ese subidón de clorofila que sufren algunos hijos del cemento con la primera fotosíntesis de la temporada, y que los lleva a empeñarse en evangelizar a las gentes del rural. ¿Hay algo más ridículo que un señor del 15004 haciendo apostolado con un vecino de Paderne?
Un hombre durante la vendimia, en Galicia
La labor evangélica del urbanita que se va a las misiones en las comarcas todavía por civilizar se desarrolla habitualmente en el bar del pueblo. Al tercer café con gotas, el cayetano —se puede ser cayetano y votar al Bloque, no caigamos en los prejuicios— ya se cree con todo el derecho del mundo a cantarle al nativo todos los pecados por los que debe hacer acto de contrición y propósito de enmienda.
Resumiendo mucho, los reproches del desertor del semáforo al indígena serían algo así: en el campo votan mal (solo hay un partido que los puede redimir y no lo eligen porque están alienados por la TVG); hablan un gallego rudimentario y sin palabras acabadas en bel (eso les pasa por ver Luar en vez de leer a Suso de Toro); son adictos al feísmo (cubren la palleira con uralita en lugar de contratar a David Chipperfield); son
ecologistas para lo que les conviene (reciclan viejos somieres para cerrar sus leiras), pero luego en la gasolinera del pueblo no se puede recargar el Tesla; ignoran lo afortunados que son por vivir en comunión con la naturaleza (sentimiento que, como todo el mundo sabe, aflora cuando uno lleva cuatro horas doblado sobre el surco apañando patatas) y no son capaces de imaginar la de negocios ecosostenibles que se podrían montar en la parroquia si tuviesen 5G y visión de país.
Los lugareños ya ni se inmutan ante el sermoneo. Han visto pasar a tantas Greta Thunberg de Hacendado explicándoles lo genuino que sería volver a vivir en pallozas que ya asumen que estas expediciones pedagógicas van y vienen con las estaciones, como las nabizas. Así que, cuando ya están hasta la coronilla de que les cuenten las ventajas del compost frente al purín, desenvainan la kriptonita:
—¿Entonces cuándo vienes a sulfatar?
Como si fuese un vampiro al que muestran un crucifijo empapado en agua bendita, el telepredicador se desvanece, y de él solo queda, olvidada sobre la barra, la tote bag de algodón ecológico con la que se disponía a salvar a los aldeanos de sí mismos.