Atlantic CityLuís Pousa

Los niños del chapapote

Todas las tardes, al volver a casa desde Riazor, nuestra madre examinaba los bañadores y las toallas hasta dar con las manchas parduzcas del petróleo del Urquiola

Recuerdo aquel día. O tal vez no lo recuerde en absoluto y tan solo recuerdo lo que luego me contaron mis padres y mis hermanas, o lo que leí, o lo que se habló durante años en la calle. Vaya usted a saber. Pero en mi memoria estoy en la plaza de Pontevedra y la mitad del cielo es azul y la otra mitad es negra. O igual medio cielo era negro y el otro medio era gris. Porque en aquella época había muchos días grises. Incluso la ciudad era gris por dentro y por fuera. No digamos ya el cielo, que en general en Coruña tiene una tendencia algo suicida al gris perpetuo.

Es mayo de 1976. O sea, que yo tengo cinco años. Y en mis recuerdos estoy plantado en medio de la plaza de Pontevedra mirando un cielo fundido a negro. Seguro que esa película me la monté yo luego en mi cerebro, porque dudo mucho que ese día nadie se acercase al mar si podía evitarlo y mucho menos con un niño de cinco años de la mano. Pero así de tramposa es la memoria.

Aquel día vimos arder el Atlántico. El Urquiola se había estampado contra las agujas de las Yacentes y había empezado a escupir petróleo y fuego sobre Coruña como un dragón herido. Recuerdo dos columnas de humo sin fin. Y el olor a hidrocarburo. Y las aceras y los coches pintados de hollín. O quizás no me acuerdo de nada de eso, porque solo tenía cinco años y mi cerebro era todavía un chicle recién inflado, siempre creciendo y siempre a punto de explotar. Tal vez luego me lo contaron y ahora lo cuento yo, pero qué más da.

De lo que sí me acuerdo es de todos los petroleros que se hundieron después. Luego vinieron a naufragar en nuestros morros el Mar Egeo y el Prestige. Debemos de ser la capital mundial de los naufragios. Y lo que también recuerdo sin titubeos son todos los veranos después de aquel verano del Urquiola. Las manchas de crudo se hicieron eternas en la playa, nuestra playa, que unos días era Riazor y otros días era el Orzán, porque para eso éramos y somos un pedazo de océano al que le han puesto unas casas al lado y tenemos arena para aburrir.

EL IDEAL GALLEGO

Las madres de los setenta se pasaban de junio a septiembre gritándonos que tuviésemos cuidado con la digestión, que tuviésemos cuidado con las olas, que tuviésemos cuidado al trepar por las rocas y, sobre todo, que tuviésemos cuidado con el chapapote, que fue una palabra que descubrimos en 1976 y ya nunca se despegó de nuestra piel.

Todas las tardes, al volver a casa desde Riazor, aferrados a un cubo en el que guardábamos conchas y guijarros limados por las mareas, nuestra madre examinaba con mucha atención los bañadores y las toallas hasta dar con las manchas parduzcas del petróleo del Urquiola, que nunca se acababa de ir del todo.

—Este chapapote no hay quien lo saque de la ropa.

Llegó un momento en que ya nos acostumbramos a aquel estampado petrolífero. Por mucho que se lavasen las toallas y los bañadores, allí seguían las huellas del crudo como para recordarnos que una mañana de mayo el cielo se había partido en dos.

A aquella generación de los setenta que se crio en la calle, jugando al fútbol cuesta arriba en cualquier descampado del barrio, nos quisieron poner muchos nombres y etiquetas. Hay quien nos identificó con los niños de la antigua Grada Infantil de Riazor, que era una de las más bullangueras del estadio y de todos los estadios de España. Tal vez. Pero, aunque solo sea como homenaje a esas benditas madres que lucharon a brazo partido contra el petróleo imborrable del Urquiola, yo creo que nunca hemos dejado de ser los niños del chapapote.