David Foster Wallace en el Gadis
La libertad genuina, nos revela el autor de La broma infinita, la hallamos en la cola del supermercado, a última hora del día y con todos los clientes ansiosos por acabar con el trámite para poder largarse a casa
Cada vez que voy al Gadis, me acuerdo de David Foster Wallace (DFW) y su maravilloso discurso Esto es agua. En el arranque, cuenta una historia sobre dos peces jóvenes que nadan felices e inconscientes: «Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria: el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?».
Esto es agua fue la lección magistral (commencement speech) que DFW pronunció en 2005 en la ceremonia de graduación de los estudiantes de Humanidades de la Universidad de Kenyon. En su intervención, trataba de explicar a los recién licenciados que el estudio de las Humanidades es necesario no solo por los conocimientos concretos que uno adquiere, sino porque te enseña una cierta forma de pensar y te concede la libertad para que sigas pensando, eligiendo y aprendiendo a lo largo de tu existencia: «No tiene que ver en realidad con la capacidad en sí de pensar, sino más bien en la elección de en qué pensar».
La libertad genuina, nos revela el autor de La broma infinita, la hallamos en la cola del supermercado, a última hora del día y con todos los clientes ansiosos por acabar con el trámite para poder largarse a casa cuanto antes. Y sirve para no convertirse en uno de esos alienígenas que van por ahí pisando cráneos para trepar en la escala social. Y para eso hay que tener la capacidad de ver más allá y creer en algo o alguien fuera de los diminutos límites del propio ombligo.
La libertad profunda, aprendemos con Wallace, está muy lejos de los lugares comunes: «El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. Esa es la auténtica libertad. Y esa libertad consiste en que te enseñen a pensar».
David Foster Wallace en 2006
Por eso, porque leer a David Foster Wallace me ha enseñado que puedo elegir en qué quiero pensar cuando estoy frustrado y agobiado en la cola del supermercado —exactamente igual que todos y cada uno de mis compañeros de fila—, prefiero olvidarme de cuánta prisa tengo por volver a casa con la compra y hacer cosas más interesantes que estar allí de pie esperando y opto por imaginar las vidas que arrastrarán sobre sus hombros las personas que me preceden en la hilera y que son lentas y torpes (igual que yo).
Y así, cuando uno es capaz de escoger una mirada más allá de las fronteras del propio yo, la pesadilla de esperar —un mal sueño en el que quien de verdad sufre nuestra impaciencia es la amable cajera, siempre sonriente y atenta— puede incluso convertirse en algo mucho más profundo y poderoso que unos minutos perdidos al final del día.
Así nos explica DFW cómo esa forma de entender la vida nos llena de compasión y lo cambia todo: «Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad última de todas las cosas».
Y entonces, entre los pitidos de las tarjetas de crédito y los códigos de barras, uno descubre que aquello no era una cola. Era el agua.