La aldea recuperado gracias a una ruta que la atraviesa
La aldea gallega que fue parada de viajeros y hogar de una popular curandera renace tras 40 años de abandono
Vuelve a ser accesible gracias a la recuperación de su histórico camino
Cada año son más los pueblos que pierden habitantes en el interior de Galicia. Casas vacías, escuelas cerradas y caminos devorados por la vegetación forman parte de un paisaje que refleja el avance del despoblamiento rural. Sin embargo, frente a esa realidad, también empiezan a surgir iniciativas que buscan conservar la memoria de estos lugares antes de que desaparezcan para siempre.
La recuperación de antiguos senderos, la puesta en valor del patrimonio y el turismo de naturaleza se han convertido en nuevas herramientas para devolver protagonismo a aldeas que parecían condenadas al olvido. Y esto es lo que ha ocurrido con una aldea de Orense que vuelve a ser accesible gracias a la recuperación de su histórico camino.
La curiosa historia de esta aldea gallega
Durante décadas, Paradiña permaneció prácticamente escondida entre la vegetación. El paso del tiempo fue borrando sus senderos, mientras las antiguas viviendas de piedra se convertían en ruinas y el bosque recuperaba poco a poco el espacio que un día ocuparon sus vecinos. Ahora, ese escenario cambió con la restauración del antiguo camino que la unía con la cercana aldea de Infesta. De esta manera, lo que se pretende es devolver visibilidad a uno de los lugares con mayor carga histórica del valle de Monterrey.
Aunque hoy apenas permanecen algunos muros en pie, la historia de Paradiña se remonta al menos al siglo X. Las primeras referencias documentales conocidas sitúan la existencia del asentamiento alrededor del año 950, cuando aparecía citado bajo la denominación de «Paratella».
Su ubicación no era casual. Situada junto al río Rubín y en el cruce de antiguos caminos, la aldea fue durante siglos un lugar de paso para quienes viajaban entre Monterrey y la comarca de A Limia. Su propio nombre hace referencia a esa función como parada para caminantes y viajeros. Todavía en el siglo XIX seguía siendo un pequeño núcleo habitado que figuraba en los registros de la época con varias familias asentadas de forma permanente. Sin embargo, la progresiva emigración y la falta de servicios fueron vaciando el pueblo hasta que terminó completamente abandonado.
La despoblación culminó en 1987, cuando la última vecina dejó definitivamente la aldea para instalarse en Rebordondo junto a otros antiguos habitantes. La ausencia de electricidad, teléfono, carreteras asfaltadas y oportunidades laborales acabó convirtiendo Paradiña en otro de los muchos pueblos vacíos del interior gallego.
La aldea de una curandera
Pero sí existe un elemento que sigue alimentando la memoria colectiva de Paradiña: la figura de ‘María del Arangaño’, una mujer conocida en toda la comarca por ejercer como curandera. Hasta su casa acudían numerosas familias con niños afectados por el llamado ‘arangaño’ o ‘tangaraño’, una dolencia popular a la que antiguamente se atribuían diferentes problemas infantiles relacionados con el crecimiento o trastornos digestivos.
El ritual de curación se desarrollaba junto a la Fuente de los Tres Regatos, una pequeña poza situada bajo el puente de la aldea. Allí participaban tres mujeres llamadas María que, mediante oraciones, agua y diferentes gestos simbólicos, trataban de expulsar la enfermedad.
Aunque estas prácticas carecen hoy de base científica, forman parte del patrimonio inmaterial gallego y conservan un enorme valor etnográfico.
Así es la ruta de la aldea entre ruinas
Quienes recorran la nueva ruta encontrarán un escenario muy diferente al de hace cuarenta años. Las viviendas construidas principalmente en piedra de esquisto aparecen cubiertas por la vegetación, mientras algunos edificios todavía permiten reconocer parte de su estructura. Entre las construcciones que conservan mayor interés destaca la antigua vivienda de María do Arangaño, cuya escalera continúa prácticamente intacta.
También permanecen los restos de la pequeña capilla dedicada a San Payo, uno de los escasos edificios levantados con sillares de granito, así como el puente construido a mediados del siglo XX que daba acceso a Rebordondo.
Todo ello configura un paisaje singular donde patrimonio, naturaleza e historia se mezclan en un entorno que muchos vecinos describen como uno de los lugares con mayor encanto del valle de Monterrei.
La recuperación del camino no devolverá habitantes a Paradiña, pero sí permitirá que su historia vuelva a ser conocida. Después de casi cuatro décadas de silencio, esta pequeña aldea orensana dejará de ser un rincón perdido entre la maleza para convertirse en un nuevo destino para quienes buscan descubrir la Galicia más auténtica que se resiste a desaparecer.