Aurora con su familia en una de las casas de la aldea que están rehabilitando
Entrevista para El Debate
Aurora dejó Barcelona para irse a una aldea gallega con su familia: «A nuestros hijos les hizo mucha ilusión»
La vida rural, tal y como defiende Aurora, no es para todo el mundo. Sin embargo, la protagonista de esta entrevista cuenta las claves para irse a vivir a un lugar así y cómo ha cambiado su vida para bien
Desde la pandemia, y su encierro en casa, muchos son los que han decidido cambiar de aires. Sin embargo, el territorio rural continúa despoblado. Para Aurora y su familia es el lugar perfecto. Por ese motivo abandonaron su casa recién reformada en Barcelona para comenzar a vivir en una pequeña aldea orensana, un destino que se ha convertido en hogar y en el que esperan desarrollar su nuevo proyecto de vida.
— ¿Qué os hizo tomar la decisión de dejar Barcelona para empezar una nueva vida en una aldea de Galicia?
— La búsqueda de un estilo de vida más tranquilo y más conectado con la naturaleza. Es algo que siempre nos ha atraído. Siempre que teníamos la oportunidad, nos escapábamos a la montaña.
En un principio compramos esta casa como segunda residencia. Sin embargo, después de pasar aquí tres veranos, nos dimos cuenta de que nos sentíamos tan bien que empezamos a plantearnos cómo convertir este lugar en nuestro hogar permanente.
— ¿Hubo algún momento concreto en el que dijisteis: «Lo hacemos»?
— El verdadero detonante fue mi salud. Empecé a encontrarme muy mal debido al estrés. Teníamos una empresa que funcionaba bien, pero mantenerla exigía dedicarle prácticamente todo nuestro tiempo. Trabajábamos durante todo el día y, cuando terminaba la jornada, el trabajo seguía acompañándonos: los problemas, las preocupaciones y los proyectos estaban presentes también en casa, durante los fines de semana y en nuestro tiempo libre.
Trabajábamos durante todo el día y, cuando terminaba la jornada, el trabajo seguía acompañándonos
En esta casa me encontraba mucho mejor, mientras que cada regreso a Barcelona se hacía más difícil. Volvía con una sensación cada vez más negativa, y fue entonces cuando comprendimos que necesitábamos cambiar de vida.
— Habéis comprado varias casas. ¿Qué visteis en ellas que otras personas quizá no habrían visto?
— Siempre he sido una persona muy creativa. Desde pequeña me encantaba construir cosas. Mi madre decía que el mejor regalo que podían hacerme eran cartones, porque prefería fabricar mis propios juguetes antes que comprarlos.
Nunca me ha dado miedo imaginar el potencial de un espacio. Cuando mi marido y yo nos fuimos a vivir juntos alquilamos un piso que había sido ocupado y estaba completamente destrozado. .
Aurora y su marido en una de las casas que van a reformar
Creo que, gracias a la experiencia, somos capaces de ver cómo quedará una casa antes de reformarla. A los dos nos gusta construir y arreglar cosas y, además, mi marido ha trabajado dieciséis años en la construcción.
—¿Cómo imagináis ese lugar dentro de cinco o diez años?
— Espero que para entonces esté completamente rehabilitado. Me imagino un hogar muy cálido y acogedor, un lugar donde podamos vivir de una forma sencilla, cultivando parte de nuestros propios alimentos y disfrutando del entorno. Ese es nuestro objetivo: tener una vida más autosuficiente y tranquila.
— Tenías una empresa consolidada. ¿No te dio miedo? Y ahora, ¿de dónde vendrán vuestros ingresos?
— La verdad es que estaba tan agobiada que el último año sentía una necesidad enorme de desprenderme de la empresa. Nunca me ha dado demasiado miedo emprender porque tengo 35 años y siempre he vivido de mis propios proyectos. Siempre he conseguido sacar adelante nuevas ideas y confío mucho en mi capacidad para volver a hacerlo cuando llegue el momento.
Teníamos una casa preciosa, completamente reformada después de muchos años de trabajo
Ahora estamos dedicando mucho tiempo a nuestro canal de YouTube. Todavía no genera grandes ingresos, pero una de las decisiones más importantes que tomamos fue dejar de perseguir un nivel de ingresos cada vez mayor para sostener el estilo de vida que teníamos en Barcelona. En lugar de eso, preferimos reducir nuestros gastos para necesitar mucho menos dinero y ganar calidad de vida.
Quizá la decisión más difícil fue precisamente vender nuestra vivienda en Barcelona. Teníamos una casa preciosa, completamente reformada después de muchos años de trabajo. La compramos en 2018 siendo prácticamente una estructura vacía y hace muy poco habíamos terminado de dejarla como queríamos.
—¿Cómo han vivido el cambio vuestros hijos?
— Muy bien. Están encantados. Es verdad que para ellos también fue una decisión bastante repentina, pero habían vivido el mismo proceso que nosotros. Venían todos los veranos, disfrutaban muchísimo de estar aquí y, cuando llegaba el momento de volver a Barcelona, también se iban con pena.
Aurora con sus hijos
Con el tiempo fueron dándose cuenta de que aquí ganaban en calidad de vida. Evidentemente echan de menos a las personas que tienen allí, pero entendieron que esa distancia compensa cuando disfrutas del día a día de otra manera. Cuando les propusimos venirnos a vivir definitivamente, no pusieron ninguna pega. Al contrario, les hizo mucha ilusión.
—¿Qué estereotipos sobre vivir en una aldea se han desmontado desde que llegasteis?
— El primero es que la gente de los pueblos es cerrada. Nuestra experiencia ha sido justo la contraria. Nos han acogido como si fuéramos de aquí de toda la vida.
También está la idea de que en una aldea uno vive aislado y apenas se relaciona con nadie. Nosotros conocemos mucho más a nuestros vecinos aquí que cuando vivíamos en un piso. Hay una convivencia diaria: el paseo de la tarde, la conversación de la mañana si coincides con alguien, echar una mano cuando hace falta o colaborar entre todos si desaparece un animal o hay que organizar alguna tarea para el pueblo.
Paradójicamente, aquí tenemos una vida social mucho más cercana que la que teníamos en la ciudad, donde muchas veces ni siquiera sabes quién vive en la puerta de enfrente.
—¿Hay algún momento en el que hayáis pensado: «¿En qué lío nos hemos metido?»?
— Si hubo dudas fue antes de venir. Cuando empezamos a vender la casa de Barcelona, a meter toda nuestra vida en cajas y a dar un paso tan importante, alguna noche pensamos: «Esto da miedo. ¿Y si nos estamos equivocando? ¿Y si luego llega el choque de realidad?».
Pero una vez aquí ocurrió justo lo contrario. Lo que sentimos fue alivio. Pensamos: «Menos mal que no dejamos que el miedo decidiera por nosotros». Dar el paso imponía mucho respeto, pero hoy sentimos que fue la decisión correcta.
— Si alguien está pensando en hacer lo mismo que vosotros, ¿qué consejo le darías?
— Lo primero que le diría es que se pregunte por qué quiere irse a vivir al rural.
Entiendo que el precio de la vivienda está llevando a muchas personas a buscar una alternativa fuera de las ciudades. Pero si el único motivo es encontrar una casa más barata, quizá se estén equivocando. La vida en una aldea es muy distinta y hay que querer ese estilo de vida.
Aquí existen los sonidos propios del campo: los gallos, las vacas, las ovejas, los tractores... Forman parte del paisaje y estaban aquí mucho antes que nosotros. Ese es precisamente el encanto del rural y lo que mantiene vivos estos lugares.
El único motivo de venirse al rural no puede ser encontrar una vivienda barata
Por eso creo que, si decides venir, debes hacerlo con respeto. Hay que apoyar al rural y entender su forma de vivir, no intentar trasladar las normas y el ritmo de la ciudad a una aldea. Si no aceptas esa realidad, probablemente ni tú serás feliz ni quienes ya viven aquí.
Así que mi consejo es muy sencillo: pregúntate si ese estilo de vida encaja contigo. Si la respuesta es sí, adelante. No dejes que el miedo te frene. Pero si en realidad no te gusta la vida en el rural, probablemente no sea la decisión adecuada.