Miguel Ángel Escotet

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Entrevista para El Debate

Miguel Ángel Escotet: «Todos los que hemos emigrado somos hijos de Ulises»

En la colección de ensayos Buscando a Ítaca, Miguel Ángel Escotet recorre las grandes ideas que han marcado su trayectoria intelectual y vital

Miguel Ángel Escotet, que actualmente es presidente de Afundación y rector de la Universidad Intercontinental de la Empresa, tiene a sus espaldas una dilatada carrera, con más de cincuenta libros y decenas de artículos científicos y periodísticos publicados. Psicólogo clínico, filósofo e ingeniero, como parte de la entrega a su muy querida vocación docente y de investigación, ha sido decano en la Universidad de Texas, director de posgrado en Deusto, responsable de investigación en la Florida International University, y jefe del departamento de Psicología en el Fort Lewis College de Colorado, además de fundar y dirigir la Universidad Nacional Abierta de Venezuela. En el terreno de la gestión institucional y cultural, ha sido consejero del director general de la Unesco y secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos. Ha vivido, en suma, múltiples vidas en muy variados países. Y la riqueza de estas experiencias impregna cada fragmento de la colección de ensayos Buscando a Ítaca (Planeta, 2026).

–‘Buscando a Ítaca’ reúne mayoritariamente ensayos nuevos y otros escritos a lo largo de varios años. ¿Qué dimensiones de su propia vida pudo descubrir durante el proceso de creación, selección y organización de este libro?

–Los ensayos de Buscando a Ítaca, en su mayoría escritos para esta obra, se ofrecen como exploraciones intelectuales a lo largo del tiempo y como compañeros de un viaje significativo. Son atemporales como la misma cultura helénica, pero reflejan la fusión de algunas experiencias cognitivas y emocionales que me ha tocado vivir en un viaje que está a punto de concluir. Esa fusión la he dividido en secciones temáticas, apoyándome en la literatura y el pensamiento griego, como el origen, la nostalgia, el regreso y el viaje, el ágora particular y colectivo, los asuntos públicos, la semblanza de tus iconos personales, las Ítacas del aprendizaje y de la mente como aliento vital. No es, en ningún caso, una obra autobiográfica.

–En una época que impone la rapidez y la dictadura de lo instantáneo, publica un libro de casi quinientas páginas que invita a detenerse y reflexionar. ¿Se ha convertido hoy la pausa en un acto de resistencia cultural? ¿Reivindica la obra, de alguna manera, la resiliencia del pensamiento humanista?

–Ir más deprisa no significa llegar antes a tu destino final. Casi siempre ocurre lo contrario. Sin un pensamiento reflexivo que saboree los conocimientos y le dé sentido a la vida, nos convertimos en especies inferiores. La clave no está en ir más deprisa, sino en no dar tregua al tiempo y no al revés.

–En estos ensayos aparecen muchas preguntas y pocas certezas. ¿Escribir es para usted una forma de encontrar respuestas o, más bien, de profundizar en las grandes preguntas?

–El tránsito por la vida está permanentemente repleto de incertezas. Hemos vivido apegados al pensamiento de Newton y a las verdades absolutas, y yo me decanto por la flexibilidad, por las ideas sobre el caos y la incertidumbre de Ilya Prigogine, y en ciertos casos, por ambas, pues no son necesariamente excluyentes. El pasado te ayuda muchas veces a intentar no repetir los errores de la historia —aunque el ser humano los perpetra una y otra vez—, pero el avance de la humanidad está en construir el futuro, y este, nos guste o no, es incertidumbre. Es aquí donde radica una de las claves del aprendizaje a lo largo de la vida. En este sentido, muchas de mis preguntas encierran en sí mismas sus propias respuestas. Contestándote por elevación, el futuro no existe, se construye y siempre empieza ahora, en un abrir y cerrar de ojos. Mañana siempre es tarde.

Sin un pensamiento reflexivo que saboree los conocimientos y le dé sentido a la vida, nos convertimos en especies inferiores"

–Reflexiona sobre los diferentes campos en los que ha trabajado y trabaja, como la psicología, la educación y la gestión cultural, así como sobre el papel de sus instituciones. ¿Cuál de esas miradas siente hoy más cercana y cuál le ha obligado a cambiar más de opinión con el paso de los años?

–Existe un término en alemán para referirse a los «especialistas a ultranza»: los Fachidioten, o tontos especializados. Para ser un buen especialista, es indispensable no solo conocer la especialidad en profundidad, sino también todo lo genérico que incide en su comprensión. El desequilibrio entre la visión del especialista y la de una perspectiva global, humanista e intersectorial lleva peligrosamente a buscar soluciones simples a problemas complejos. Por eso, contestando a tu pregunta, la psicología, la educación, la metodología científica, la matemática, la filosofía, las artes y sus aplicaciones a la ética social han sido y continúan siendo mi particular visión renacentista del mundo que he conocido.

–A lo largo de su trayectoria ha vivido en países, culturas y sistemas educativos muy distintos. ¿Hay alguna convicción que consideraba indiscutible hace treinta años y que ya no se sostiene para usted?

–No he sido persona de convicciones eternas; ni siquiera mi formación matemática me ha convencido de que dos más dos son cuatro, al menos, en el ámbito de la cultura. Hace treinta años y más, el mundo era mucho más etnocéntrico que hoy. Hemos avanzado en los derechos fundamentales del ser humano, en la reducción de todo tipo de discriminación y en las conquistas en materia de alfabetización y salud. El mundo es hoy más interétnico, transcultural, transnacional, intercultural. Se ha avanzado en las legítimas conquistas de la mujer, de la infancia vulnerable. Pero esto es insuficiente. Queda mucho por cambiar, pues la transformación de las conductas conlleva cambios generacionales y, a veces, retrocesos. Hemos desaprendido, por ejemplo, a buscar la paz, seguimos buscando opciones para hacer la guerra y no hemos avanzado en el desarrollo democrático y político. De algún modo, el egoísmo y el narcisismo de esta época del primer cuarto de siglo son conductas hermanas que nos alejan del desarrollo individual, social y económico que la humanidad reclama con gritos de angustia.

–Producto de esta trayectoria vital, nos habla en el libro de sus patrias interinas: León, Asturias, Galicia, Madrid, París, Colombia, Venezuela, Argentina, Estados Unidos... ¿Hasta qué punto somos hijos de nuestras raíces y de esos lugares que nos transforman?

–Todo depende del aprendizaje de cada uno, de su aprendizaje social y cultural. Tengo muchas experiencias de personas que cuanto más viajaban, más aumentaba su etnocentrismo. Estas personas no son capaces de aprender de las culturas en las que han vivido o visitado. Todo lo suyo les parece mejor. Viven de una nostalgia prefabricada. Son «viajeros» que llevan consigo un complejo de superioridad, abierto u oculto, con una mezcla de arrogancia, soberbia y un localismo acentuado. Son una suerte de nacionalismo clandestino. Ocurre todo lo contrario cuando se produce la fusión de las patrias interinas. Cuando los principios del aprendizaje cultural funcionan, descubren que las culturas son un conjunto de creencias, intenciones, actitudes, comportamientos y prácticas que enriquecen nuestra propia cultura y la universalidad de esta. Es como lo expresaban el poeta Ernesto Cardenal o el psicólogo Erich Fromm, quienes definían el amor como la capacidad de ser dos sin dejar de ser uno o viceversa. Esto se aplica con igual medida a la relación entre las raíces culturales y las culturas aprendidas. Es una forma de gestalt interétnica. Se puede ser otro sin dejar de ser uno.

Hemos desaprendido, por ejemplo, a buscar la paz, seguimos buscando opciones para hacer la guerra y no hemos avanzado en el desarrollo democrático y político

–Usted define en el libro a Ulises como el primer migrante de la historia. ¿Qué puede enseñarnos hoy ese viaje de regreso a Ítaca sobre la identidad, la pertenencia y la convivencia en un mundo marcado por los movimientos migratorios?

–Todos los que hemos emigrado, ya sea por razones económicas, sociales, voluntarias o de exilio, somos hijos de Ulises, exiliados de Ítaca, nostálgicos de ella. Es un proceso de ida y vuelta, de enseñanza y aprendizaje, de ida porque aprendemos y de vuelta porque enseñamos, de partida porque anhelamos y de regreso porque añoramos. A fin de cuentas, como lo experimentó y manifestó el propio Gabriel García Márquez, nos convertimos en intercambiadores permanentes de nostalgia. Emigrar significa asumir con normalidad las identidades fluidas. La identidad jungiana es un arquetipo dialécticamente dinámico, pues se construye en el momento actual, a partir de la elección de qué hacer ahora y en el futuro. Cambio e identidad en la emigración impulsan la evolución, el crecimiento, la visión dilatada del mundo, la amplitud de miras, la tolerancia y la reducción del etnocentrismo y de muchos otros «ismos» y fundamentalismos, aunque no siempre es así. En las conductas humanas, la generalización siempre constituye un error metodológico en la validez externa. Emigrar implica ampliar nuestra identidad social e individual y, casi siempre, responde a la necesidad de ocupar un lugar en relación con los demás. En definitiva, la identidad tiene una doble cara: la que responde a cómo nos ven y nos definen, y la subjetiva, que responde a cómo nos vemos a nosotros mismos. Nada volverá a ser lo mismo, ni a tu partida ni a tu regreso, sin que ello signifique algo positivo o negativo; todo dependerá de cada historia personal.

–Estos ensayos están plagados de referencias al mundo clásico. ¿Qué cree que pueden aportarnos hoy Homero, Platón, Aristóteles o los presocráticos?

–Como ya expresé antes en otra de tus preguntas, para mí las grandes respuestas están en el mundo clásico. Son verdades intangibles, atemporales, que revolotean alrededor de todas las épocas, todos los tiempos, pasados y futuros. La filosofía se convierte en la construcción de un arte de vida o medicina del alma, y la ética inspira las relaciones íntimas e interpersonales y sociales. No se puede definir a una persona como «educada» si no ha cultivado el estudio del mundo clásico. A medida que mi tiempo de vida se ha ido consumiendo, me he dedicado a releer y reestudiar los grandes pensamientos helénicos en todas las disciplinas para poder, de algún modo, entender comparativamente el mundo contemporáneo y su devenir.

–Bertrand Russell, filósofo y matemático, defendía que se necesitan tanto científicos capaces de pensar como humanistas capaces de comprender el mundo. ¿Le preocupa que hayamos convertido las ciencias y las humanidades en compartimentos estancos artificialmente separados?

–Bertrand Russell, mi autor de cabecera y de mi esposa Martha, es un ejemplo del pensamiento renacentista de los tiempos modernos, en el que no se sabe cuándo se inicia el científico y cuándo termina el humanista. C.P. Snow ya se refería a la grave dicotomía artificial de crear dos áreas, las ciencias y las humanidades, como idiomas separados e incomunicados y lenguajes contrapuestos. Tan grave es una persona llena de ciencia que no sepa el significado de la Novena Sinfonía de Beethoven, como es grave que una persona llena de cultura humanística y artística no sepa lo que significan las dos primeras leyes de la termodinámica de Clausius. Creo firmemente que el mundo del futuro inmediato regresará a ese concepto renacentista en el que la formación de mujeres y hombres se incline a que sepan mucho de lo «suyo», pero también lo suficiente de lo «otro», de lo que no es su disciplina, para poder entenderla en profundidad y de forma gestáltica.

Miguel Ángel Escotet

Miguel Ángel Escotet

–Y hablando de esa confluencia entre ciencias y humanidades, la inteligencia artificial se alimenta de matemáticas, datos y algoritmos, pero su uso impacta en la educación, la democracia, la cultura e incluso en la propia idea de ser humanos. ¿Cuál cree que es la gran pregunta ética que todavía no nos estamos haciendo sobre la IA?

–La IA es una tecnología en evolución. Una herramienta que transformará el mundo. Que le ayudará en todos los ámbitos de la vida. Precisamente le dedico varios ensayos en mi libro, pero, respondiendo a tu pregunta, su desarrollo todavía es muy incipiente como para predecir su futuro. Estas tecnologías presentan tanto oportunidades como peligros potenciales. Las tecnologías no dependen «éticamente» de sí mismas sino de quienes las utilizan o las aplican. La fisión nuclear dio pie a la devastadora bomba atómica, pero también contribuyó al desarrollo de tratamientos eficaces contra el cáncer. Dicho esto, creo que existen, entre otros, dos problemas potenciales que se deben solucionar: uno es el riesgo de que la IA intervenga en el aprendizaje del mundo de los sentimientos humanos y que este sea un proceso oculto de aprendizaje intangible que los mismos humanos no puedan detectar, y el otro problema tiene que ver con los riesgos de involución cognitiva ante lo que defino como «pereza tecnológica cognitiva», generada al ir aparcando preguntas y respuestas que el ser humano se ha hecho, frente a la fácil respuesta de la máquina generativa programada. Se están realizando muchos estudios al respecto. Ojalá que lleguemos a tiempo para reducir y eliminar estos y otros riesgos éticos y de naturaleza humana.

–Si pudiera compartir una sobremesa con Homero, Platón, Aristóteles y un joven universitario de veinte años, ¿de qué cree que hablarían?

–Creo que sería sobre los cambios que estamos experimentando que tocan todos los aspectos de lo que hemos decidido llamar civilización. Es una revolución distinta a la Revolución Industrial, que terminó produciendo una sociedad de masificación desde la producción de dinero y de todo a lo que este da acceso. Ahora vamos hacia una civilización de descentralización, donde todas las estructuras que creíamos eternas e inflexibles están cambiando: la familia, la amistad, el trabajo, la remuneración, la producción a todos los niveles y con ello, la forma de hacer patrimonio para vivir con dignidad. La información se convierte en dinero y la juventud ya no depende solo de un título universitario para alcanzar la independencia económica. La educación universitaria tradicional es un bien para la sociedad que aspira a ser culta, pero no es la única forma de aprender. Al mismo tiempo, va desapareciendo la ambición por el trabajo productivo y crece la ambición de experimentar la vida de otra forma, ver el mundo, recorrerlo, aprender y trabajar al unísono, despreciar el lujo y ver a todos los habitantes del mundo como parte de la humanidad y no como parte de un país determinado o de una cultura distinta a la nuestra. Yo les preguntaría a los filósofos griegos, si pudiera hacerlo en esa tertulia: ¿Hubo alguna vez una democracia en una sociedad irreconciliablemente dividida? ¿El mundo va hacia una humanidad más unida, con mayor solidaridad y menos avaricia, más parecida a una sociedad cristiana en sus orígenes?

–No sé si los griegos le inspiraron en esa tertulia imaginaria, pero también reivindica en ‘Buscando a Ítaca’ la necesidad de los valores, tanto en el proceso de enseñanza-aprendizaje como en el liderazgo de nuestros gobernantes. ¿Cree que la principal crisis de nuestro tiempo es, en el fondo, una crisis de valores?

–Todos los cambios de época han conllevado una crisis de valores, de mayor o menor profundidad. Lo que se está iniciando es más que un cambio de época; es un cambio de era, axiológica, social y económica, una transformación profunda de la civilización, una transformación humana y planetaria, en la que el orden viejo dará paso a una realidad inédita como consecuencia de las grandes alteraciones tecnológicas que modificarán los tiempos y los espacios. Todo ello, constituirá un cambio del sistema de valores, que no es necesariamente mejor o peor. El cambio y la evolución son parte de nuestra existencia y, entre todos, tenemos que lograr que esas transformaciones mejoren la calidad de vida de la humanidad. Habrá valores que naufragarán por desuso o por invalidez y otros que aparecerán con mayor brío. No soy de los que aman a ultranza lo que tienen; por eso no me da ni miedo ni siento nostalgia por su pérdida. El liderazgo político y social actual en el mundo deja mucho que desear; siempre debemos aspirar a un sistema de valores mucho mejor, en el que la ética reine tanto entre los líderes como en la sociedad. Soy optimista, aunque no estaré para verlo ni para saber si estaba equivocado.

–Entre los múltiples temas del libro —educación, democracia, tecnología, cultura, identidad—, ¿cuál le preocupa más cuando piensa en el mundo que heredarán los niños de hoy?

–Sin lugar a duda, lo que más me preocupa es la educación con mayúsculas, que nada tiene que ver necesariamente ni con la escuela ni con la escolarización, ni con la educación como hoy la conocemos. Educar es aprender a saber ser, y esto implica, entre otras variables a las que me refiero en uno de mis ensayos, aprender a ser libre, aprender a ser demócrata, aprender a cuidar (la salud, el planeta, a los demás y a nosotros mismos), aprender a compartir, aprender interculturalmente, aprender a rectificar, aprender a saber escuchar, aprender a conocer y, en definitiva, a practicar día a día el conjunto de valores necesarios para la convivencia en tu comunidad y en el planeta; es decir, aprender a seguir aprendiendo sin pausa.

El liderazgo político y social actual en el mundo deja mucho que desear

–Usted ha conocido de cerca el poder político, el académico y el cultural. ¿Qué ha aprendido sobre la naturaleza humana en esos ámbitos?

–Resumiendo, he aprendido que el poder político está compuesto mayoritariamente por personas cuyo fin es vivir de la política y minoritariamente, por políticos que viven para promover el bienestar de sus ciudadanos, o caracterológicamente políticos con liderazgo narcisista y políticos con liderazgo austero y compasivo; el poder académico tiene dos niveles, uno por aquellos que se sirven de la educación como refugio o trampolín político y otros que lo utilizan para mejorar el sistema de enseñanza-aprendizaje e investigación y el otro nivel está compuesto por personas que se benefician o viven de la universidad (los impostores docentes) y profesionales que viven para sus estudiantes y para su pleno desarrollo (los profesores vocacionales); y en el ámbito cultural es quizá donde la creación, la responsabilidad social y el deseo de servir se encuentran más manifiestos, sin olvidar que aun así, existen dicotomías de altruismo y solidaridad frente al egocentrismo y vanidad de algunos artistas o agentes culturales. Parte del problema general no radica en la naturaleza humana, sino en la naturaleza educativa para formar y liderar a personas éticamente. Pero aquí te confieso que no es posible dar una respuesta sencilla a un problema complejo.

–¿Qué ensayo del libro le costó más escribir y por qué?

–No sabría decirte, pero quizá aquellos a quienes me refiero son semblanzas de mentores, amigos o de uno mismo, pues intento no caer en el halago ni en el desdén gratuitos. Siempre he estado alejado de ofender a los demás; sólo me limito al silencio.

–¿Hay alguna página de ‘Buscando a Ítaca’ que hoy escribiría de manera distinta?

–Uno cambia y sus ideas también. Unas son estables, otras requieren rectificación. El aprendizaje también requiere corregir los errores. En esta obra, que está recién publicada, no lo sé, pues una vez que publico un libro, salvo que sea técnico, no lo vuelvo a leer, ¡pues antes de publicarse ya lo he leído 100 veces!, dado mi sentido perfeccionista, y te aseguro que lo que está escrito en él, lo volvería a escribir igual hoy.

–Ha dedicado toda su vida al conocimiento. ¿Qué valora más de una persona? ¿La inteligencia, la sabiduría o su carácter?

–Todo en la vida debe ir acompañado. Las variables cognitivas, sin las afectivas, son un desperdicio. No hay talento sin talante, pues ambos son indispensables para el desarrollo de la inteligencia. Pero sí te podría decir que, entre otros rasgos, deploro en una persona el egoísmo, la envidia, la falta de transparencia, la falta genuina de compasión y generosidad… y las personas que confunden las creencias con la certeza y lo que les gusta con la virtud. Para filosofar, decía Bertrand Russell, además de un fuerte deseo de conocer la verdad, se necesita cierta cautela para no convertir lo que conocemos en dogma. Definitivamente, rechazo a los dogmáticos, me gustan mucho más los escépticos apasionados como el mismo Russell.

–Si un lector cerrase ‘Buscando a Ítaca’ y solo pudiera conservar una idea, una única brújula para orientarse en la vida, ¿cuál le gustaría que fuese?

–Mi propia concepción del aprender a ser: saber ser, saber estar, saber actuar y saber rectificar.

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