Patricia Belinchón, psicóloga: «He tenido niños acosados con calvas por el estrés que les suponía ir al colegio»
La especialista detalla las señales de alerta ante el acoso escolar y aconseja retrasar la entrega del teléfono móvil a los 14 años
El acoso escolar no es un conflicto pasajero de la infancia, sino una dura realidad que se cronifica silenciosamente en los centros educativos. Los datos del informe PISA reflejan esta situación en Galicia, donde el 18,4 % de los estudiantes de 15 años manifiesta sufrir algún tipo de acoso de manera recurrente, a través de situaciones que van desde los rumores y las burlas hasta los golpes o las amenazas.
El escenario actual se complica al romper las barreras físicas del aula: el acoso ya no acaba cuando los alumnos se van a casa. El uso constante de teléfonos y redes sociales hace que el conflicto se extienda al entorno digital en forma de ciberacoso, afectando a un 2,7 % de los estudiantes con la publicación de contenido no consentido.
Señales de alarma
La psicóloga coruñesa Patricia Belinchón, especialista infantil, explica en una entrevista a El Debate que las señales de alarma del acoso escolar varían según cada menor, abarcando desde cambios sutiles en casa hasta indicios más evidentes. La experta detalla que los padres pueden notar conductas de «aislamiento» o ver al niño «más deprimido», percibiendo que «deja de hacer cosas que antes hacía» y que «se vuelven en muchas ocasiones más herméticos».
A lo largo de su dilatada experiencia en su gabinete de La Coruña, ubicado en la plaza de Pontevedra, Belinchón ha llegado a tratar casos graves. «He tenido niños acosados con calvas por el estrés que les suponía ir al colegio», afirma. En los escenarios más complejos, la especialista advierte que «muchas veces hay temas de autolesiones».
Sin embargo, Patricia Belinchón recalca que la detección de este problema no solo compete a los padres. Es una tarea compartida con los centros educativos porque, en muchas casos, el menor no lo exterioriza y hay que estar muy atento a las señales. «Son los que están en primera línea para poder detectar que al niño o niña le pasa algo», afirma.
Apoyo familiar
Tras la detección del problema, la psicóloga insiste en que lo principal es el apoyo familiar: validar lo que siente el menor, arroparlo y asegurarle que no está solo. Los pasos siguientes deben ser claros: poner el caso en conocimiento del colegio para que se tomen medidas y, al mismo tiempo, buscar ayuda psicológica profesional para tratar las secuelas del menor.
En algunos casos, el proceso se complica drásticamente si la respuesta de las instituciones no es la adecuada o se retrasa. Belinchón advierte de que el tratamiento psicológico pierde efectividad si el entorno agresivo no cambia. Cuando el colegio no actúa, la falta de soluciones obliga a las familias a buscar un traslado de centro, una alternativa que suele convertirse en una carrera de obstáculos: «Hay colegios que sí lo hacen muy bien y hay otros que no, entonces los padres terminan denunciando al colegio y cambian al niño de centro, y todo se complica. Es necesario dar respuestas más rápidas en casos de acoso escolar».
Un punto fundamental para Belinchón es anticiparse a los casos de acoso escolar. Para erradicar esta problemática, la psicóloga defiende un cambio de estrategia urgente en las aulas: «Puede ser interesante hacer talleres en los colegios enfocados a los acosadores para intentar modular ese tipo de conductas. Está todo más centrado en las víctimas y no tanto en los acosadores, igual que en violencia de género», lamenta la especialista, aclarando que este enfoque debe aplicarse, obviamente, «sin abandonar a las víctimas».
El peligro digital
El escenario actual del acoso escolar se complica al romper las barreras físicas del aula, una realidad que la experta vive a diario. «Ya no queda solo en las aulas, sino que con Instagram, TikTok, WhatsApp... salen del cole y siguen siendo acosados. Todo empeora», lamenta la psicóloga coruñesa. Esta continuidad elimina el único refugio que tenían las víctimas en el pasado: «Antes iban al cole y una vez salían de ahí, se acababa el sufrimiento».
Respecto a la edad en la que se dispara esta vulnerabilidad digital, Belinchón sitúa la frontera en el momento en que los menores acceden a su primer móvil. «Los niños normalmente empiezan a tener teléfono entre los 11 y 12 años, más o menos por norma, y es cuando aumentan los casos». Como experta, Belinchón lanza una recomendación clara a los padres sobre retrasar el acceso a estos terminales: «Si pudiese ser a partir de los 14, mucho mejor».