Las ‘Catalinas’ de La Coruña: las mujeres del rural que se bañaban vestidas en el Orzán por prescripción médicaRRSS

Las ‘Catalinas’ de La Coruña: las mujeres del rural que se bañaban vestidas en el mar por prescripción médica

Procedentes del rural gallego viajaban a la ciudad a para tomar baños terapéuticos en las playas de Riazor y Orzán, siguiendo una curiosa rutina marcada por la medicina y las supersticiones

Las ciudades también cuentan su historia a través de sus monumentos. A veces una estatua recuerda a un personaje ilustre, una batalla o un acontecimiento que cambió el futuro de un lugar. Pero otras veces representa a personas anónimas cuya vida cotidiana terminó formando parte de la memoria colectiva. En La Coruña, dos mujeres de bronce recuerdan precisamente una de esas historias: la de las conocidas como ‘Catalinas’, mujeres procedentes del rural gallego que, a comienzos del siglo XX, viajaban hasta la ciudad para someterse a baños de mar con fines terapéuticos.

La escultura se encuentra en la zona en la que la avenida de Buenos Aires se bifurca hacia la avenida de Rubine y el paseo de Barrié de la Maza. El conjunto representa a dos mujeres, una aparece sentada y recoge su ropa para introducir los pies en el agua, mientras la otra permanece de pie sujetándose el sombrero.

Quienes eran estas mujeres del rural

Las mujeres llegaban a La Coruña entre los meses de junio y septiembre, muchas de ellas procedentes de pequeñas localidades del interior y con escaso contacto previo con una ciudad y con el mar, cuyo destino eran las playas de Riazor y Orzán.

Allí seguían una particular rutina de baños que, según las creencias y conocimientos médicos de la época, podía ayudar a combatir dolencias como la artrosis, determinados problemas nerviosos o dificultades circulatorias. El agua del mar, el yodo y las algas formaban parte de aquella concepción terapéutica de los baños marítimos.

Estas mujeres no acudían a la playa con los actuales trajes de baño. Muchas entraban en el mar completamente vestidas o con prendas especialmente adaptadas para la ocasión. Algunas utilizaban camisones, sábanas o blusas de lienzo y después se cubrían con gruesos mantones al salir del agua.

Pero la historia de las Catalinas va mucho más allá de aquellos baños. Refleja también el choque entre dos formas de vida: la de una ciudad que comenzaba a transformarse y la de unas mujeres rurales que llegaban a la ciudad herculina con sus propias costumbres, supersticiones, formas de vestir y maneras de entender el mundo.

Cinco o seis días entre baños y misas

Las Catalinas solían viajar acompañadas por amigas o familiares, prácticamente siempre mujeres. Durante su estancia, que podía prolongarse alrededor de cinco o seis días, los baños ocupaban buena parte de la jornada. Se realizaban dos veces al día, aproximadamente a las cinco de la mañana y alrededor de las dos de la tarde, coincidiendo con momentos en los que las playas tenían menor afluencia.

La elección de las horas no era el único elemento singular de aquel ritual. También estaba presente la superstición, profundamente arraigada en la sociedad gallega de aquel momento. Las mujeres podían realizar entre nueve y once baños en una misma jornada de tratamiento, evitando los números pares. Antes de entrar en el agua se preparaban en las piedras de San Roque de Afuera y después se adentraban en el mar siguiendo unas costumbres que combinaban las recomendaciones terapéuticas con creencias populares.

También formaban parte de su rutina otras costumbres religiosas y sociales. Estas mujeres acudían a misa con frecuencia e incluso preguntaban por los horarios de los oficios religiosos. La ciudad era para ellas, en muchos casos, un espacio desconocido en el que se desenvolvían siguiendo unas pautas muy diferentes a las de las coruñesas.

Las Catalinas no solo llevaban consigo sus costumbres. También viajaban preparadas para pasar varios días en la ciudad. Las mujeres se alojaban en hospedajes de la calle de Santa Catalina, de ahí su nombre, que se ubicaba a la entrada de la ciudad.

Las Catalinas terminaron desapareciendo de las playas coruñesas a medida que cambiaron las costumbres, la medicina y la propia ciudad. Sin embargo, su historia quedó fijada en el paseo marítimo. Allí, frente al Orzán, dos mujeres de bronce recuerdan a aquellas visitantes llegadas del rural que acudían al mar en busca de alivio para sus dolencias.